Opinion · Dominio público

Política zombie

José García Molina

Secretario General de Podemos Castilla-La Mancha

José García Molina
Secretario General de Podemos Castilla-La Mancha

Es más que probable que tras la investidura de Rajoy —propiciada por la rendición de la Gestora del PSOE— muchos militantes socialistas vivan una sensación similar a los zan-ry? Nippon hei, aquellos soldados japoneses abandonados por su ejército en pequeñas islas después del final de la Segunda Guerra Mundial que continuaron combatiendo años sin aceptar que la guerra había terminado. No les será fácil comprender y digerir a los militantes perdidos en pequeñas islas metafóricas repartidas por toda España, llamadas sedes, que lo que defendieron durante décadas como una posición antagónica, que les dotaba de una identidad política y social frente a la derecha y el conservadurismo reaccionario, debe abandonarse por razones tácticas. Abstención por rendición que para muchos socialistas de corazón —“socialistas con agujeros en los bolsillos”, se decía en la magnífica Novecento— supone un atentado contra sus convicciones más arraigadas. La táctica de los dirigentes socialistas está llamada a ser la tragedia de muchos de sus militantes y simpatizantes y, por extensión, para las aspiraciones de recuperación y mejoría de la gente de este país que lo está pasando mal, o muy mal.

Lo es porque, aunque hay quien no se da por aludido, hay un mundo de gente ahí fuera que espera bastante más de la clase política, y de la política misma. Algunos debieron comprender el trasfondo de la letra de Mercury y Bowie: “It’s the terror of knowing what the world is about”. No es agradable “saber de qué va este mundo”, quizás por ello hay quien ha preferido atrincherarse en la tranquilidad acomodaticia de unas instituciones políticas cada vez más desconectadas de la calle y de los problemas concretos de la gente concreta. Pero la canción sigue: Pressure on people… People on streets. Lo hemos vivido recientemente y en primera persona. La gente ya no tolera resignada que una minoría se crea investida de la autoridad de una casta rectora de sus vidas. Hemos aprendido a politizar el miedo y el dolor, también la esperanza, a través de la acción colectiva e institucional. Crecemos aprendiendo lecciones que nos hacen más fuertes, más maduros y, sobre todo, más conscientes de “qué va este mundo”… Y no, no nos gusta.

No nos gusta cómo las viejas organizaciones piensan la política: a veces contra la gente, casi siempre sin la gente. Tenían razón quienes apuntaban que las diferencias entre izquierda y derecha ya no son suficientes para explicar las lógicas políticas de nuestro tiempo. Tenían razón los diagnósticos, aunque tras las razones y las disputas por el relato político de la realidad social haya lecturas diversas y divergentes. En la actual lectura del “PSOE de arriba” los intereses extra-políticos de determinadas élites pesan lo suficiente como para sacrificar la coherencia y la cohesión de la organización política más importante de nuestro país. No debe tratarse, consecuentemente, de un mero ejercicio de Grouxomarxismo ilustrado –“estos son mis principios pero si no le gustan tengo otros”- sino de un acto sacrificial en toda regla con tal de mantener el control de los aparatos del Estado. Deben pensar que lo que está en riesgo es demasiado importante para dejarlo en manos de la política y del ejercicio democrático, y el alto mando procedió al golpe de establishment para poder firmar la capitulación sin demasiadas resistencias.

El golpe revela la obscenidad de la verdad desnuda. La escena parlamentaria que mantenía una vehemente pero controlada confrontación agonista se deshace porque en ella no latía ninguna tensión fundamental. Ahora vemos el armazón y el atrezzo que la sostenía. Los límites del escenario, y de la propia escena, estaban marcados de antemano, guionizados desde fuera de la política. Ahora, rota la cuarta pared, las intensidades de las interpretaciones se apagan y los actores políticos pierden el guion. Ya no hay papel en esta obra para quien no asuma el giro argumental. Se acabó el teatro y, por eso, el Régimen se vuelve más y más peligroso. Es la reacción habitual del animal moribundo.

¿Ha terminado entonces la guerra? Es evidente que el Régimen del 78 se descompone, pero hay quien se resiste a dejarlo morir en paz porque, en buena medida, vive de él y respira en él. En cualquier caso, su triste insistencia por revivir al zombie político, y a su galería de muertos vivientes, está condenada a un final poco feliz. El zombie es un ser apático, falto de voluntad propia, impulsado por un automatismo empecinado en devorar a los vivos. Pero si no paran de incordiar a los vivos es porque algo falló durante su entierro, algo no les deja descansar en paz. Tenemos un deber ético y político que cumplir: esforzarnos más y mejor por procurarles un entierro digno; permitir que la vida y lo vivo sigan su curso.

Con nosotros sólo hay un camino. Somos terriblemente sinceros en este submundo tan proclive al disimulo y la ambigüedad. Nosotros no vamos a permitir ni por activa ni por pasiva ni por gestora, ni en Madrid ni en Castilla-La Mancha, un gobierno del Partido Popular. Ahora bien, tampoco que bajo las siglas del PSOE se hagan las mismas políticas del PP. No es un capricho nominalista. No se trata de nombres o de caras, no se trata de siglas. Se trata de la dignidad de la política misma. Y esa dignidad solo se materializa cuando se hace política con, por y para la gente.