Opinion · Dominio público

Libertad, sí, ¿pero de quienes?

Jorge Moruno

Sociólogo

Jorge Moruno
Sociólogo

Lo sucedido en la UAM con Felipe y Cebrián me recuerda un poco a cuando la PAH llamó al timbre de la casa de González Pons con sus hijos dentro. Digo me recuerda, no por los hechos en sí sino por la lógica desplegada en defensa de «la libertad», defensa que suele reivindicarse en unos casos pero no en otros. Los golpeados del CIE siguen esperando la catarata de condenas morales en los titulares. La pregunta que se hizo en su momento, tan oportuna como comprensible fue, ¿acaso los hijos de González Pons son más importantes que los hijos de las familias desahuciadas? Esto, teniendo en cuenta que unos eran sacados por la fuerza de su casa mientras que a los otros no les pasó nada, salvo estar en casa y escuchar el timbre. Pero aun así, sin tapujo alguno, lo intolerable no era desahuciar familias sino llamar a un timbre. El problema de este país no es la desigualdad o los recortes, lo que debe preocuparnos son los abucheos a las élites.

La libertad es igual para todos, pero no todos somos iguales ante la libertad. Usted vota independientemente de que acumule un patrimonio de 30 millones de euros o cobre 2 euros la hora por limpiar habitaciones de hotel. Todos somos jurídicamente iguales pero materialmente desiguales. Ahora bien, todos votan pero la economía no se toca, bueno sí, la de los primeros mejora y la economía de las segundas empeora. ¿Por qué el poder de la economía no está sujeto a la democracia cuando nos afecta directamente en la vida? Porque es algo privado e individual fruto de un contrato entre iguales, afirma la teoría.

Nadie te pone una pistola en la cabeza para firmar ese contrato por horas donde pagan tan poco, eres libre de no cogerlo, pero de lo que no eres libre es de comer, dormir y de vivir. ¿Se puede entonces separar a la libertad de las condiciones que hacen posible ejercer la libertad? La libertad no es solo defender «unas ideas», es también contar con la capacidad real de poder defenderlas, de lo que se deduce que quien vive hundido en la precariedad no es libre. Es la libertad donde unos son libres de utilizar a otros y otros son libres de dejarse utilizar como un medio para el deseo de los primeros.

Preocupado por la libertad de dos de las personas que más libertad tienen, pienso, ojalá el resto de españoles tuviese la misma libertad de expresión. Lamentablemente quien está endeudado, quien tiene un trabajo precario, quien busca trabajo, quien cobra dos euros por limpiar habitaciones, o las 13 millones de personas en riesgo de pobreza, no gozan de esa libertad. ¿Por qué no se denuncia del mismo modo? Porque la economía nada tiene que ver con la política, afirman. Pero, ¿acaso es más importante la libertad de Felipe y de Cebrián, que apoyan los recortes, que la libertad de los miles de estudiantes que se han visto «expulsados» de la Universidad por culpa de los recortes en educación?

El supuesto libre mercado, lejos de cohesionar a la sociedad y acabar con los conflictos, la segrega y los fomenta. Sin embargo, libertad y liberalizar casi que se funden de tanto que se han confundido una con la otra. El sentido común es ese producto histórico capaz de borrar su propio rastro, de borrar el “inventario” que contiene una determinada forma de dominar y ordenar los actos en la vida. Así pues, el aparato de la hegemonía consigue construir un mapa mental y moral capaz de provocar la indignación general en torno a la preocupación particular, en este caso de una minoría privilegiada.

Las tradiciones liberales suelen observar en toda forma de “colectivismo” un germen de totalitarismo, da igual el signo del que se reclame siempre es depositario del ataque a la “libertad del individuo”. Se olvidan que fue Mussolini quien defendía que “uno de los postulados esenciales del fascismo es: el restablecimiento de la libertad económica”. Fuera esas máscaras fariseos hipócritas: la libertad es un derecho de todas las personas no un privilegio de pocas.