Opinión · Dominio público

Europa frente a la pobreza

EDUARDO SÁNCHEZ Y MARINA NAVARRO

02-17.jpgEl año 2010 es una fecha clave para la lucha contra la pobreza y la consecución de los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM), suscritos por todos los países miembros de la ONU. Este año entramos en los últimos cinco del plazo fijado para alcanzar el compromiso histórico de erradicar la pobreza extrema en el mundo para 2015.
La entrada en esta recta final coincide, no obstante, con un contexto de crisis económica y financiera que ha agravado la situación de los países más pobres, amenazando con frenar o incluso revertir muchos de los avances conseguidos hasta la fecha. Se estima que, en 2009, 90 millones de personas más han pasado a vivir en la pobreza y, por primera vez en la historia, la cifra de personas que pasan hambre en el mundo ha superado los 1.000 millones. De hecho, de no cambiar las tendencias actuales, los ODM no serán alcanzados para 2015.
Consciente de la trascendencia y gravedad del momento, Naciones Unidas tiene prevista una cumbre sobre los ODM que se celebrará en Nueva York en el marco de la Asamblea General durante el mes de septiembre, y que buscará que los gobiernos, de los países ricos y de los países empobrecidos, adopten medidas concretas para acelerar el cumplimiento de sus compromisos en la lucha contra la pobreza. Estrategias que, para ser realmente eficaces y legítimas, deben contar en su formulación con la participación activa de la sociedad civil.
En este sentido, los resultados de la reunión que mantendrán hoy y mañana los ministros de Exteriores y Desarrollo de la Unión Europea en La Granja (Segovia) son de vital importancia. Si la UE quiere contribuir definitivamente a la consecución de los ODM, debe llevar a Nueva York un plan de reactivación ambicioso que establezca plazos específicos, tanto individuales como colectivos, para cumplir con sus compromisos en materia de ayuda oficial al desarrollo, comercio y deuda. España, anfitriona del encuentro, tiene en su mano la oportunidad de ejercer su voluntad de liderazgo en materia de desarrollo y dirigir este proceso, convirtiéndolo en uno de sus objetivos prioritarios durante su presidencia.
Es evidente que alcanzar los ODM requerirá grandes esfuerzos, especialmente en un escenario de crisis, pero Europa no puede eludir su responsabilidad con las personas más pobres y vulnerables. Así lo apoya la mayoría de la ciudadanía europea, tal y como refleja el Eurobarómetro de 2009: a pesar de la situación económica, un 90% de los europeos piensan que la cooperación al desarrollo es importante, y un 72% quiere que su gobierno cumpla y vaya más allá de sus compromisos para ayudar a los países pobres.
El conjunto de los países de la Unión Europea es hoy el principal donante internacional, pero en 2008 la ayuda conjunta apenas alcanzó el 0,42% de la Renta Nacional Bruta (RNB) europea, lo que nos sitúa lejos del compromiso europeo de lograr el 0,56% para 2010 y avanzar hacia el 0,7% de la RNB para 2015.
Además, junto al cumplimiento de los compromisos relativos a la cantidad de recursos destinados a cooperación y desarrollo, es necesario avanzar firmemente en la eficacia de la ayuda para mejorar su impacto. Europa debe dar pasos en la aplicación del Código de Conducta para la Complementariedad y la División del Trabajo que garantice una mayor coordinación entre los donantes presentes en un mismo país y evite la duplicación de esfuerzos. Se evitarían así situaciones como las que atraviesan países como Camboya, que debe destinar buena parte de su funcionariado a responder a las demandas de la multiplicidad de donantes con presencia en su territorio en vez de destinar ese capital humano a atender las necesidades básicas de su ciudadanía. Un proceso que debería estar basado en las necesidades que los países socios hayan identificado.
Una ayuda más eficaz es también una ayuda más transparente y previsible en el tiempo. Difícilmente un gobierno podrá poner en marcha estrategias de aumento de su gasto público para mejorar sus servicios de salud o educación si no puede prever de antemano los recursos que recibirá por parte de los donantes en apoyo a esos sectores. Otra medida urgente es la eliminación de la ayuda ligada a los intereses económicos o geoestratégicos europeos. Por ejemplo, diversos estudios han demostrado que la ayuda ligada a la compra de bienes del donante encarece un 30% su precio, cantidad que podría destinarse directamente a desarrollo.
Por último, los esfuerzos en cooperación servirán de poco si Europa y sus estados miembros no avanzan en la puesta en marcha de políticas comerciales, financieras, agrícolas o migratorias coherentes también con esos objetivos internacionales de desarrollo. La ONU estima, por ejemplo, que África pierde al año 700 millones de dólares por condiciones de comercio desfavorables, diez veces más que la ayuda al desarrollo que recibe al año. La propia Comisión Europea ha reconocido que la coherencia de políticas es un elemento estrechamente vinculado a los ODM.
El futuro de los ODM pasa porque los estados miembros de la UE empiecen a trabajar desde este mismo momento en medidas concretas y vinculantes en todos estos ámbitos que hagan de la erradicación de la pobreza una realidad. Los progresos conseguidos hasta la fecha –los 40 millones de niños y niñas más que han tenido acceso a la escuela primaria o los más de 1.100 millones de personas que cuentan hoy con agua potable, entre otros– han sido precisamente resultado de la alianza efectiva entre los países del norte y del sur que los ODM promueven en la lucha contra la pobreza.

Eduardo Sánchez es presidente de la Coordinadora de ONG para el Desarrollo-España

Marina Navarro es coordinadora de la Campaña del Milenio de Naciones Unidas en España

Ilustración de Miguel Ordóñez