Dominio público

Resignificar la política

María Márquez Guerrero

Universidad de Sevilla

María Márquez Guerrero
Universidad de Sevilla

El rasgo más sobresaliente de la política contemporánea, decía Cornelius Castoriadis, es su insignificancia: "Los políticos son impotentes, […] Ya no tienen un programa, su único objetivo es seguir en el poder", recuerda Zygmunt Bauman en su magnífica obra En busca de la política.

En un mundo globalizado y "desregularizado", sin normas ni límites sujetos al control del Estado, la capacidad de decisión queda fuera del ámbito de la política. Los mecanismos del poder se han vuelto invisibles: fuerzas ajenas a las instituciones toman las decisiones más importantes que determinan nuestra vida. Esos poderes invisibles, como los señores de El castillo de Kafka, organizan y desorganizan la vida de los habitantes del globo sin que entendamos la lógica de sus actos, sin que podamos predecir su comportamiento futuro y mucho menos controlarlo. Sus presencias difusas los vuelven inaprehensibles: no hay nadie concreto a quién dirigirse para interrogar sobre los acuerdos, nadie a quien reclamar derechos o contra quien elevar protestas. El poder invisible es incontrolable y, por eso mismo, absoluto. Ante él, los estados soberanos se arrodillan humillados. Progresivamente se ha ido traspasando el control de las gestiones económicas esenciales de manos de las instituciones a manos de las fuerzas del mercado, que, como dioses omnipotentes y caprichosos, imponen sus normas y exigen los sacrificios más cruentos. No resultan extrañas, por tanto, la incredulidad, la desconfianza y la apatía, así como el desinterés por todo lo político. Por todo… salvo por los entresijos de la vida de los representantes políticos, por los escándalos que rodean con un hálito morboso sus existencias, como si de glamurosos artistas se tratara; en fin, salvo por todo lo que configura el espectáculo banal de lo que podemos llamar pseudopolítica.

En general, no disponemos de un conocimiento directo y personal de los acontecimientos políticos; la política es una actividad mediática (transmitida  a través de los medios) y mediatizada (condicionada por ellos). Ello supone su inmersión en una lógica comercial –se trata de conseguir la mayor audiencia posible– y, como consecuencia, su espectacularización. La búsqueda del máximo número de espectadores determina la utilización de un discurso muy emocional, de argumentos débiles, especialmente descalificadores de las personas, en lugar de un repaso crítico de las diferentes propuestas y de su viabilidad.

Esta banalización de la vida política explica, por ejemplo, que tras el programa de Jordi Évole, donde Pedro Sánchez confesaba la existencia de presiones por parte de grandes empresas (grupo PRISA y Telefónica, entre otras) -fuerzas que, a través de un golpe mediático, lo han defenestrado y han propiciado la continuidad del gobierno conservador de Rajoy-, los medios de comunicación no plantearan interrogantes a propósito de cómo actúan esas empresas, de qué naturaleza son las presiones, cuál es el alcance de su influencia, cómo establecer garantías que salvaguarden la independencia del poder político y respeten la voluntad de los ciudadanos. Se personalizó el conflicto en Pedro Sánchez, se analizaba su discurso buscando contradicciones, pero no se reflexionaba sobre la legitimidad de la actuación de quienes mueven los hilos invisibles que determinan la calidad o la irrelevancia de esta democracia en la que vivimos.

Al contrario, numerosos programas de radio y televisión, igual que gran parte de la prensa escrita, no dieron ninguna cobertura al tema. Es cierto que a lo largo de la historia los gobiernos siempre han monopolizado los canales de comunicación para manipular las mentes y garantizar su continuidad en el poder, y que, por tanto, no se trataba de ninguna novedad. Sin embargo, sí llamaba la atención el modo tan visible de actuar, tanta arrogancia y tanto cinismo. Estupefactos, hemos observado cómo el silencio naturalizaba una intervención que supone la negación de la democracia misma.

Aquellos que sí informaron, dedicaron horas interminables a dilucidar si Pedro Sánchez era o no coherente o sincero. La "infalible" hemeroteca traía antiguas declaraciones suyas totalmente descontextualizadas, fragmentadas, ignorando en qué momento del proceso de las negociaciones se formularon las declaraciones, o el hecho, evidente, de que se trataba de un emisor complejo y unas enunciaciones polifónicas: un Pedro Sánchez Secretario general, que transmitía el argumentario del partido, y sus líneas rojas, y otro Pedro Sánchez, ya derrotado y vencido, que hablaba por sí mismo. No siempre el estilo directo es fiable: la maldita hemeroteca nos mostraba cómo se puede engañar también con la verdad.

Lo más interesante, sin embargo, ha sido ver cómo el silencio, en un caso, y la personalización, en otro, difuminaban y encubrían el escandaloso tema que revelaban las confesiones. Esta parecía ser la consigna general: ocultar la cuestión central. Por otra parte, personalizando el conflicto democracia vs dictadura de los poderes fácticos, y cuestionando la sinceridad de Sánchez, se trataba de rematar a la víctima, de desligitimar completamente al político justificando el golpe de Ferraz y la necesidad ineludible de la Gestora. Para crear realidades…, los medios. Su discurso distorsiona fragmentando, enfocando el detalle personal e impidiendo la visión de conjunto, el análisis crítico que nos permitiría comprender el mundo en el que vivimos. Por otra parte, es muy evidente la orientación argumentativa de ese "discurso fuerte" (E. Goffman) que impone un único punto de vista, el del "sistema", es decir, de las fuerzas hegemónicas interesadas en impedir cualquier cambio. Con la selección de los temas y con el silencio, con el encuadre, a través de los contenidos implícitos y la utilización de elementos valorativos, la prensa ha hallado las estrategias discursivas adecuadas para manipular y contribuir a la "formación de la mentalidad sumisa" (V. Romano).

El poder en la sombra extiende sus manos mediáticas para poner y quitar secretarios, para levantar o derrocar gobiernos, para fragmentar partidos con total impunidad. El periodismo imparcial y objetivo deja paso al espectáculo de la infamia. Sin ningún código deontológico, los medios destruyen la imagen pública de los adversarios, sin escrúpulos. Tampoco aquí existen normas éticas. Parece que la enfermedad de nuestro tiempo no es ya el narcisismo, como señalaba A. Lowen. Más bien, se diría que vivimos en un mundo borderline que se autodestruye por la impulsividad, la agresividad y la falta de límites.

Como la amenaza de las fuerzas del cambio sigue muy viva, una vez derrotada la facción rebelde ("díscola") del PSOE, el objetivo es Podemos. Las horas interminables de las tertulias pseudopolíticas diseccionan la compra-venta legal del piso de Ramón Espinar. Los medios siguen enfangando el pozo: se da cobertura de máxima relevancia al caso del tuit de Zapata, o a la cuestión de Estado de que Pablo Iglesias viva con su madre en un piso de protección oficial. El monstruo mediático se nutre de escándalos y de mentiras, pero consigue, a través de sus arbitrarios castigos, generar indefensión y desesperanza: ver a los representantes dando explicaciones sobre aspectos íntimos de su vida -quién le dejó el dinero, el hipotético desacuerdo con el padre y otros dolorosos detalles- provoca indignación y rabia. La existencia de una doble vara de medir de por sí ya es humillante, y el mismo hecho del castigo, no importa que sea injusto, despierta retroactivamente los sentimientos de vergüenza y de culpa que conducen a la sumisión.

Las fuerzas que actúan en la sombra son muy poderosas, pero no es cierto, como quiere convencernos el credo neoliberal, que no exista alternativa. Frente a la impotencia y el hastío, se trata de resignificar la política, de rescatarla y reivindicar su poder transformador. Para eso, como señala M. Castells (Redes de indignación y de esperanza), es vital construir nuevos significados, lo cual sólo es posible si interactuamos, nos comunicamos y ocupamos el espacio público. Internet puede ser de gran ayuda, pero para desarrollar "redes autónomas de comunicación horizontal" que sean profundas y sólidas hemos de salir de nuestras casas y compartir experiencias, construir proyectos. Solo el compañerismo, la solidaridad tejida con ideas y emociones, nos permitirán superar el miedo, condición necesaria para que renazcan la dignidad, el entusiasmo y la esperanza.

No se trata de negar la necesidad de la representación política, ni de renegar de las instituciones. Al contrario, creemos que lo fundamental es que éstas representen los valores e intereses reales de los ciudadanos, quienes hemos de articular y formular nuestras demandas. Se trata sencillamente de asumir el carácter agentivo, dejar de ser los receptores de mensajes que construyen otros, no más el eco donde resuene una interpretación del mundo que no es la nuestra. Ciertamente, el peligro es que la política desaparezca entre flashes, convertida en ruido y humo.