Dominio público

Violencias “naturales”

María Márquez Guerrero

Universidad de Sevilla

María Márquez Guerrero
Universidad de Sevilla

Un día después del asesinato de Matilde Teresa, el magistrado de la Sala I del Tribunal Supremo, Antonio Salas, explicaba el feminicidio por la desigualdad en la fuerza física de hombres y mujeres; en un solo tuit, diluía el concepto mismo de "violencia de género", agrupado junto a otras violencias "naturales" dentro de la categoría general de la "maldad humana". No quiere ello decir que se pueda acusar al magistrado de una deliberada misoginia, ni siquiera de que conscientemente quisiera negar el fenómeno del machismo; simplemente, pensaba y se manifestaba a través de las metáforas, tópicos y estereotipos en los que involuntariamente vivimos (G. Lakoff y Johnson). Sin proponérselo, sin duda, tocaba uno de los problemas fundamentales del pensamiento teológico y filosófico occidental: la maldad vs. bondad natural del ser humano, y más allá de éste, el de la propia vigencia de la dicotomía que opone radicalmente Naturaleza / Cultura.

Aunque, en este mundo global en el que habitamos, la destructividad que nos rodea induzca a pensar como axioma incuestionable el principio de la maldad humana, lo cierto es que está muy lejos de poder ser considerado un dogma. Frente a la afirmación de Hobbes de que "el hombre es un lobo para el hombre", los filósofos y teólogos humanistas del Renacimiento y la Ilustración, por ejemplo, sostenían que toda la maldad del ser humano no era más que el resultado de las circunstancias, y que, por tanto, cambiando las circunstancias que producen el mal, se manifestaría la bondad original de la persona. Esta opinión era resultado de la confianza del ser humano en sí mismo, consecuencia del progreso económico y político que empezó con el Renacimiento. Por el contrario, el hundimiento moral de Occidente, que empezó con la primera Guerra Mundial y que llega a la actual situación de guerra o terrorismo global, ha puesto nuevamente el acento en la idea tradicional de la predisposición del hombre al mal (E. Fromm, El corazón del hombre).

Obviamente, una premisa tan cuestionable como esta no puede constituir la base de nuestro razonamiento. Pero, incluso si la aceptáramos como un dogma, no serviría como fundamento explicativo de los fenómenos sociales y políticos. Como señala Fromm, conviene reparar en la trampa latente en el "psicologismo" utilizado para explicar procesos y acontecimientos de naturaleza social, económica, política o cultural. Efectivamente, la guerra de Iraq, por ejemplo, fue el dramático resultado de decisiones políticas e intereses económicos que condujeron a ella. La actuación interesada de líderes políticos, militares, empresarios deseosos de conseguir recursos naturales y ventajas comerciales, o la necesidad de reforzar el prestigio y la gloria personal del gobernante son factores con mayor fuerza explicativa que la "maldad humana". Ciertamente, las pasiones del odio, la indignación, la destrucción y el miedo, junto a la indiferencia hacia unas vidas previamente desposeídas de dignidad humana, son elementos indispensables para llevar a cabo esas acciones, pero no constituyen su causa.

La argumentación de Salas contiene además otras falacias que es interesante desvelar. En primer lugar, la consideración de la maldad como una pasión absoluta, imposible de controlar o de orientar hacia fines no destructivos, canalización que constituye el objetivo último de toda educación y el origen de la propia cultura (S. Freud). Por otra parte, en sus tuits, el magistrado manifiesta un pensamiento muy primitivo que identifica el poder con la fuerza física, la cual no deja de ser un elemento, y no el más importante, del ejercicio de la dominación y el sometimiento de la voluntad ajena. Factores mucho más complejos urden la red que mantiene maniatados al 99 % de la población frente a una minoría que la explota.

Pero tal vez la falacia más eficaz, desde el punto de vista comunicativo y persuasivo, sea la de considerar a la naturaleza y a la cultura como polos antagónicos incomunicados. Porque para el ser humano lo natural puro es inaccesible; la única vía para llegar a la naturaleza es la cultura, las herramientas conceptuales y lingüísticas a través de las que percibimos y vivimos nuestra existencia. La misma realidad del cuerpo es cultural, la manera en que nos concebimos como personas sexuadas, nuestros hábitos de higiene y cuidado, o de abandono y destrucción, son una manifestación de la cultura. La naturaleza entera, tal como la experimentamos está transida de cultura.

Desde esa oposición primordial de Cultura / Naturaleza, el discurso oficial ha construido los estereotipos del hombre y la mujer a través de una serie de oposiciones de gran fuerza simbólica: la mujer es al hombre lo que lo húmedo es a lo seco, lo débil a lo fuerte, la pasión a la razón, la superstición a la ciencia, el hogar al trabajo, lo pasivo a lo activo, la reproducción a la producción, lo espiritual a lo material, lo doméstico a lo público, lo dependiente a lo independiente, la comunidad al individuo, y, en definitiva, la impotencia al poder (Wallach Scott, P. Bourdieu). Fue así cómo, asociando al varón con la cultura, lo político y lo público, y a la mujer con la naturaleza, lo doméstico y lo privado, y subordinando la conducta de ambos a la "biología", quedó perfectamente justificada la exclusión de la mujer de numerosos ámbitos de la vida política y social.

Explicar la realidad del feminicidio o de otras violencias como una manifestación de la maldad humana legitima estas situaciones, pues algo definido como "natural" es, por principio, inmodificable. El razonamiento muestra la voluntad de no mirar las condiciones sociales, económicas y culturales sobre las que se construye la desigualdad de género. Más que una idea, es un prejuicio, una racionalización que justifica la opinión derrotista de que no se puede evitar la violencia.

Como toda ideología de dominación, el machismo culpabiliza a la víctima (por su falta de fuerza física, audacia, inteligencia…) y no puede ocultar la admiración por quien representa la fuerza, la ley y el orden establecidos, los mismos por los que vela el arzobispo Cañizares cuando acusa a la "insidiosa" ideología de género de querer colonizar las conciencias apartándolas de "la lectura fiel del magisterio de la Iglesia sobre el hombre y la familia". Razonamientos como este se inspiran en el miedo a la destrucción de "la familia" tal y como la Iglesia la ha concebido hasta hoy, núcleo sobre el que se levanta todo el sistema, célula primitiva y básica que hasta ahora ha descansado sobre la dominación del hombre y la desigualdad, los orígenes mismos de una violencia que no es nada natural.