Opinión · Dominio público

La insumisión antimilitarista en la “nueva política”

Pedro Oliver Olmo

Muchas iniciativas movimentistas del Estado español, especialmente las ecologistas y feministas pero también otras tantas de tipo sectorial (anticarcelarias y antiautoritarias, autogestionarios y vecinales, jornaleras, culturales, de solidaridad internacional y con las personas migrantes, etcétera) o de ámbitos locales concretos, se vieron profunda y positivamente afectadas por el desarrollo exitoso de la insumisión desde 1989, sin que tampoco sea difícil descubrir su estela en el surgimiento de los nuevos movimientos globales y altermundialistas, pues a fin de cuentas y aunque sus metas más transformadoras -las de la desmilitarización social- quedaran muy lejos de ser alcanzadas con el fin de la mili obligatoria, por primera vez un movimiento social alternativo demostraba que se podía “ganar” al Estado. Ni que decir tiene que la insumisión no fue exactamente una derrota del Estado. Pero sí fue una derrota de la razón de Estado. En toda regla.

Aquello no fue azaroso, aunque también hubiera que aprovechar las contingencias y las dificultades de las instituciones a la hora de reaccionar y aprender. Digamos que la apuesta por la desobediencia civil fue ganando veteranía a lo largo de los años y a caballo de los titubeos de los gobiernos socialistas, porque la militancia antimilitarista tuvo tiempo para pensarla bien y prefigurarla. Construirla.

Durante los noventa la insumisión se convertiría en un fenómeno social y cultural que acentuaba la crisis de reclutamiento, ayudando a multiplicar de forma masiva la objeción de conciencia legal al tiempo que se boicoteaba el funcionamiento del servicio civil que la ley planteaba como sustituto del militar (la PSS), obstruyendo de manera caótica su ya imposible capacidad de reajuste funcional y sometiendo a la conscripción militar a un profundo desgaste (el que se popularizó como “la puta mili”). Se agigantaban las cifras de objetores hasta cotas desconocidas en la historia de Europa y la posibilidad de la abolición del SMO se hacía plausible en un horizonte de crisis política que podía obligar a un pacto con aquellas fuerzas nacionalistas que, precisamente, eran hegemónicas allí donde el rechazo de la mili y el apoyo a los insumisos se había convertido en multitudinario, sobre todo en Cataluña y en Euskal Herria, territorios en los que el Estado fracasó estrepitosamente en sus intentos de desactivación de la insumisión a través de la criminalización.

Algunos mandatarios comprenderían demasiado tarde que el reto de la insumisión estaba afectando directamente a la razón de Estado: fue en mayo de 1994 cuando el entonces ministro de Defensa, Julián García Vargas, quien se autodefinía como “un conservador de izquierdas”, tras arremeter con dureza contra los insumisos por “extravagantes” e “insolidarios”, lamentó el hecho de que el fenómeno de la objeción y la insumisión se estuviera convirtiendo en un verdadero “problema de Estado” que llevaba “a España a un callejón sin salida”.

El éxito de la insumisión dejó un legado fructífero en la cultura de protesta, una influencia que perdura. Quedó como experiencia única y referencial para los movimientos antimilitaristas del mundo entero. La peculiaridad de la movilización española no tenía parangón: por su legitimación social (pues había alcanzado apoyos ciudadanos que diversas encuestas cifraban en más del 70% de la opinión pública), por la dimensión del compromiso de sus activistas y protagonistas (con decenas de miles de insumisos y cientos de miles de objetores); y por la metodología radical y noviolenta que había desarrollado hasta sus últimas consecuencias (la desobediencia civil).

Difícilmente se puede obviar su influencia en la cultura política de la sociedad vasca. Hoy toma mucho más sentido lo que ya se afirmaba entonces, cada vez que un político o un periodista manipulaban la opinión para criminalizar a los insumisos asociándolos con ETA o llegando a decir que actuaban al dictado de ETA. Ocurrió todo lo contrario. La pregunta debía hacerse a la inversa: ¿cómo estaba influyendo la insumisión en esa juventud vasca que era tan invocada por el MLNV? La campaña de insumisión afectó de lleno a HB y a Jarrai avivando sus contradicciones. Lo expresó magistralmente el sociólogo Pedro Ibarra al hacer balance de la insumisión 25 años después de haberse iniciado: “Nunca nadie hizo las cosas tan bien como aquel movimiento social: utilizaron la represión a su favor, crearon un magma de apoyo social e institucional con una estrategia de noviolencia. Y demostraron a la izquierda abertzale que había fórmulas radicales de lucha más allá de la violencia de ETA. De alguna manera, la cultura proETA empieza a tambalearse a partir de ahí”.

La experiencia intensa de la insumisión quedó como un referente metodológico en el acervo colectivo de la protesta democrática y democratizadora. Pero, como no había sido un mero método de lucha sino una vivencia de la desobediencia civil que afectó a la vida de centenares de miles de personas a lo largo y ancho del Estado español (a los desobedientes y sus familias, amigos y grupos de apoyo, a su vecindario y entorno académico o laboral, a sus otros colectivos sindicales o ciudadanos y ONG en los que militaba o con los que colaboraba, etcétera), la memoria de la insumisión se convirtió en una especie de ADN asambleario, noviolento y desobediente que quedó inserto en la mayor parte de los movimientos sociales locales y globales de principios del nuevo milenio y de no pocos fenómenos de protesta de antes y después de la crisis iniciada en 2008, hasta la eclosión del 15M. En especial, según el sociólogo Ángel Calle, para los nuevos movimientos globales de principios del siglo XXI, la desobediencia civil era una práctica de reafirmación de los principios de democracia radical.

Precisamente fue en el ambiente del 15M, en las plazas de la indignación y la insurrección noviolenta contra un régimen democrático adulterado por el establishment y dominado por los intereses económicos y financieros, donde mejor se pudo evidenciar que la insumisión también aflora sin que se le invoque, de manera vital, en asambleas nutridas por jóvenes que no la vivieron. Estaba ahí. No era un libro, ni siquiera una película reportaje. Estaba en el aire de la protesta.

No nos cabe la más mínima duda de que el prestigio de la acción noviolenta en España se debe en gran medida al ciclo de 30 años de desobediencia civil protagonizado por el movimiento antimilitarista y, más en concreto, a la experiencia referencial de la campaña de insumisión. Con todo, lo mejor de todo es que esa memoria sigue viva. Quien la obvie, se encontrará con ella más temprano que tarde, y quien la desprecie, chocará de frente con su legado más emotivo y simbólico. ¿Cómo es posible que la “nueva política” de izquierda y el populismo de izquierda minusvaloren el legado de la insumisión y al mismo tiempo se declaran herederos del 15M? ¿Acaso creen que semejante contradicción no les perjudica?

Es verdad que, por un lado, se vislumbra el arraigo de la memoria insumisa en las “guerras culturales” que han posicionado a algunos de los llamados “ayuntamientos del cambio” en contra de la presencia de las Fuerzas Armadas en las ferias infantiles, haciendo suyo aquel viejo lema del MOC que rezaba “la guerra no es un juego”. Pero por otro, no parece que se debata demasiado sobre gestos y discursos que ningunean y desprecian el poso del antimilitarismo en la cultura libertaria y de izquierda, lo que con total seguridad perjudica electoralmente a esa “nueva política” que tanto ha primado la vía del asalto a las instituciones: ¿por qué muchos eventuales electores de Podemos no han podido estomagar que Pablo Iglesias se haya empeñado personalmente en colocar una y otra vez a su amigo exJEMAD como candidato non grato o que el alcalde de Cádiz justifique la venta de armas a Arabia Saudí para no posicionarse en contra de la industria de guerra radicada en la ciudad andaluza? No es menos cierto que también se puede escuchar el eco de la insumisión antimilitarista en algunas proclamas de los líderes de IU o EQUO, pero ni sus programas electorales en materia de Defensa son coherentes ni se esfuerzan demasiado en acompañar a los movimientos de protesta contra bases militares y campos de tiro, ni tampoco parecen muy dispuestos a contrarrestar el militarismo manifiesto de su aliado electoral más potente.