Opinion · Dominio público

El 15M, Manning, Assange y Sánchez. Los olvidados y los enterradores.

Víctor Sampedro

www.victorsampedro.com

Víctor Sampedro
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La semana pasada fue el 6º aniversario de los Indignados y dos activistas, que fueron turbina y modelos a seguir en las plazas, lograron sendas victorias memorables. Chelsea Manning salía después de 7 años de prisión (1/5 parte de la sentencia) y Julian Assange veía como Suecia archivaba la causa contra él y consideraba “no proporcionado” mantener el arresto. El silencio mediático ha sido lapidario en los tres casos. Una lápida que da por zanjados los temas que traían a debate y sepulta la memoria reciente más rebelde. Una losa para quienes se preguntan por qué el periodismo y la política pierden público y votantes, sobre todo entre los más jóvenes. A lo mejor es que demandan y generan otras noticias y otra política.

Si Pedro Sánchez simboliza para algunos el 15M y quieren que imprima un giro social y de izquierdas al PSOE deberían conceder protagonismo a los actores colectivos sobre los que se ha apoyado. El año pasado el 15M llegaba a los medios. En su 7º aniversario, la Indignación ha impactado en uno de los partidos del Régimen del 78. Impulsar su aggiornamento es reivindicar la trama social y activista que está llamada a reemplazar a la trama del clientelismo y la corrupción. En 2011 Sánchez calló y consintió que su partido reprimiese al 15M allí donde co-gobernaba con el PP. No se le conoce una sola frase de apoyo (tampoco empatía o siquiera simpatía) cuando el movimiento lo necesitaba más. Por eso la forma más honesta de impulsar la renovación y regeneración del PSOE es reivindicar el protagonismo de aquellos que hace 7 años sembraron la tempestad que estalló en Ferraz el pasado domingo.

Los enterradores mediáticos del 15M, Manning y Assange acallan climas de opinión e invisibilizan formas de participación ciudadana que, de seguir desatendidas, cavarán su tumba. La de los medios convencionales, los opinadores a sueldo y los políticos-profesionales en democracia, quiero decir. Tertulianos, políticos y periodistas ocuparon la agenda de la semana pasada en deshojar si el quincemayismo socialdemócrata se reencarnaba en Pedro Sánchez o en el agit-prop podemita contra la casta-trama. Hablan de movilizaciones ciudadanas solo cuando hacen tambalearse las estructuras de partido y las urnas. Y peor, dando voz a las nomenclaturas de la “nueva” política. Los links anteriores demuestran que es una fijación sin línea editorial partidista o ideológica. Bipartidismo en bruto.

Una pena para un país, que no puede reconocerse en sus instituciones ni en sus medios. Pero también para la Prensa. Porque la sordera y ceguera hacia los nuevos públicos impiden repensar un modelo profesional y de negocio. Quienes sigan haciendo oídos sordos y tapándose con las mismas anteojeras morirán antes. Están discapacitados, incapacitados para ejercer su trabajo. Y, si los “nuevos” medios digitales se cavan la misma tumba, morirán lloriqueando que nadie quiere pagarles una suscripción.

La Prensa entierra un país indignado. Ignora a la mujer que desobedeció siendo chico y demostró valor para plantarse ante el Ejército y el Gobierno con más poder. Y los medios siguen ninguneando al hacker que les enseñó a hacer el periodismo de investigación formato siglo XXI. Es fruto de carencias intelectuales y rutinas profesionales, que se han transformado en pereza letal. Y también por intereses creados.

El 15M expresó un consenso conflictivo con las instituciones y las políticas del régimen del 78. La novedad residía en que ese consenso ya no se fraguaba detrás de las puertas y con silencios pactados. Se expresaba en las calles con un lenguaje aún incomprensible para muchos supuestos representantes de la opinión pública: gritos radicales (yendo a la raíz), modulados con diálogo institucional y tolerancia personal. Tan novedoso era aquel consenso que los uniformados lo recibieron a palos y los editorialistas lo tacharon de antipolítico. Tan extendido, transversal y duradero era el consenso que se mantiene hasta el día de hoy. Ninguna socióloga ni ningún politólogo de los que tertulianean lo pronosticó. Mucho menos celebró y acompañó a los indignados en las plazas. Ni entonces, ni ahora.

Seis años más tarde han enterrado el 15M. En 2011 y 2012 las encuestas de Metroscopia señalaban de 8 de cada 10 españoles y españolas estaban de acuerdo sin apenas distingos de género, edad, clase, lugar de residencia o situación laboral. Todos y todas coincidían en que había que hacer una nueva ley electoral, acabar con la corrupción y los recortes austeritarios. El País editorializaba en contra del 15M y la inmensa mayoría de la Prensa y resto de medios hacían de corifeos del bipartidismo y las finanzas que habían traído la crisis.

Seis años más tarde la inmensa mayoría de la población suscribe las demandas del 15M. No puedo aportar datos, porque las sociólogas y los politólogos con recursos no hacen ni comentan encuestas sobre ello. No sintieron la indignación hasta que Podemos logró cuatro eurodiputados. Y ahora certifican, como la inmensa mayoría de plumillas del reino, que el ciclo de movilización ciudadana ha muerto. ¿Porque Podemos se “ha estancado”? ¿Dirán que renace ahora con P. Sánchez?

Los enterradores del 15M tienen estirpes varias y razones variadas: politólogos y sociólogos ajenos (cuando no hostiles) a los actores que dicen estudiar. Académicos y opinadores que fijan los techos de cristal de la expresión ciudadana según escaños o cargos de gobierno. Es decir, “especialistas” con presupuestos y nociones de la vieja política. Amén de activistas instalados en puestos de responsabilidad institucional, atragantados con la gestión o encumbrados en sus cargos.

Las causas y los causantes del olvido del 15M tienen un rasgo común, además de una cultura política y comunicativa obsoleta. Y se rebelan como artífices de una amnesia inducida (en esto tienen sobrada experiencia). El consenso quincemayista les sigue interpelando con igual fuerza que hace seis años. Puesto encima de la mesa de las redacciones y de los despachos de los parlamentarios, el Gobierno del PP habría reventado esta semana pasada. Y P. Sánchez Habría arrasado de verdad. ¿Se imaginan? Filtraciones (no interesadas, también del PPSOE) a cascoporro y gente de nuevo en las plazas. Cierto es que desde 2011 cada celebración anual del 15M equivale a una década en su biografía. He  intentado señalarlo así en cada cumpleaños. Pero jubilarle a los 60 resulta bastante anticipado y precipitado. Una urgencia tipo el muerto al hoyo y el vivo al bollo.

Quienes se han forrado a manos llenas con las iniciativas ciudadanas y los públicos más activos parecen darse por satisfechos. O disimulan el hambre que pasan. No pueden estar ahítos, ni de votos ni de audiencias, pero ahí siguen. Será autosuficiencia, ombliguismo, carencia de autocrítica, pereza intelectual y puede que hasta vital; porque van/vamos para viejos. Pero no necesariamente a más tontos. La Prensa española ha olvidado al par de hackers que le hicieron el mejor lifting de su historia, justo en el periodo en que el bipartidismo demuestra con claridad que se asienta en la corrupción sistémica.

Ni en sueños podía imaginar El País unirse al NYTimes, The Guardian, Der Spiegel y Le Monde para publicar los cables que Manning filtró a Wikileaks y ésta a la Prensa mundial. Se demostró entonces que el Periodismo de Datos era la respuesta profesional a la (des)información política secuestrada por el marketing y la industria del espectáculo. Que las filtraciones ciudadanas eran la expresión más nítida y contundente de una ciudadanía digital, que sabe que trabaja en el capitalismo cognitivo y ejerce la desobediencia civil. Que libera las bases de datos con las que trabaja como herramienta de autodefensa y control democrático. Y, por último, ya en 2010 quedó meridiano que el periodismo debía dotarse del código abierto y libre de los hackers y Djs: cooperando de manera federada y transnacional, entre sí y con los públicos más empoderados en la Red.

Salvo honrosísimas excepciones (ahí un ejemplo y aquí otro) los periodistas no han celebrado la liberación de Manning y la mejora legal de Assange. Supongo que se debe a que ambas cosas (igual que el 15M) ocurrieron a pesar de ellos o (no sé si es peor) sin que intuyan (siquiera ahora) su trascendencia. Reconocimiento desde luego apenas ha habido (todavía no he leído un solo editorial o columna estrella sobre ellos). Ninguna llamada tampoco a convertir la libertad de Manning o la nueva situación de Assange en una celebración compartida. Menos aún en una oportunidad para devolver, con algo de reconocimiento, los enormes beneficios que lograron los medios que publicaron sus filtraciones, tanto en dinero como prestigio.

Algunas consecuencias  de una agenda mediática tan obsoleta son patentes y otras menos. Va una retahíla. Una: que muchos periodistas arrancan una semana más pensando si la redacción y la web seguirán abiertas el viernes. Dos: que andarán contando y comentando los votos de las primarias internas del PSOE y sus politólogos, encuestas con preguntas-respuesta. Tres: que las contadas unidades en los medios que hacen periodismo de datos seguirán siendo (otra vez, con honrosísimas excepciones) una cosa de frikis, auto-explotados la mayoría de las veces. Cuatro: que los buzones de filtraciones existentes no verán reconocidos sus logros y mira que son muchos para 6 años (Black Cards, Panamá y Castellana papers; por señalar los que vieron la luz). Cinco: que seguiremos asistiendo a escándalos cuando la fosa séptica institucional esté a rebosar, el hedor resulte inaguantable y las ratas más repugnantes abandonen el barco que se hunde. Seis: que nadie anima a los ciudadanos a que filtren y denuncien. Siete: que haber recordado esta última posibilidad y la indignación habría convertido el 6º aniversario del 15M en una fiesta inimaginable. Propia de alguien que ha cumplido los 60 y se prejubila como le da la gana… Ocho: sigan ustedes… Pero para mí queda claro que si filtráramos y nos movilizáramos más P. Sánchez lo tendría más fácil. Y el PPSOE ya no podría esgrimir contra el gobierno que ha de desalojar a Rajoy el fantoche de izquierda venezolana, republicana y separatista.