Opinión · Dominio público

El cambio pasa por el alquiler

Jorge Moruno

Curiosamente, la plataforma Airbnb nació a raíz de los problemas que arrastraban sus fundadores, dos jóvenes diseñadores, con los excesivos precios de los alquileres en la ciudad de San Francisco. En su travesía para conseguir pagar el alquiler cada mes, Brian Chesky y Joe Gebbia, aprovecharon en 2007 la celebración en la ciudad de un congreso de diseñadores, para ofrecer a los asistentes alojamiento en su casa durmiendo en colchones inflables. Sorprendidos por la demandada entre los asistentes al congreso, se percataron de que existía un mercado al que ofrecer un servicio; así nació Airbed & Breakfast, (colchón inflable y desayuno) Airbnb.

En marzo de 2014 Chesky definía a las ciudades como “plataformas colaborativas”. Se trata de ciudades “compartidas donde las personas se conviertan en microempresarios y las madres y los padres del barrio vuelvan a florecer. Imagina una ciudad que fomente la comunidad”. Sin embargo, toda esta retórica de neoliberalismo progresista que incorpora ciertos valores de respeto, comunidad y apertura,  nada tiene que ver, como pretenden los fundadores de Airbnb, con una lógica parecida a la que mantienen dos vecinos cuando uno le presta sal al otro, ni tampoco su éxito se basa en brindar la oportunidad a “personas normales” para sacarse un dinerillo extra al mes alquilando su piso. El problema, como en todo, no suelen ser ciertas ideas o conceptos tomados de forma aislada, como puede ser compartir, generar comunidad o cooperar, lo fundamental tiene que ver con las relaciones sociales que le dan sentido y se apoderan de ellas, no porque “perviertan” los valores,  sino porque son capaces de capturar el deseo.

La mejor manera de impedir una nueva burbuja inmobiliaria centrada en los alquileres y en el desplazamiento y expulsión de los vecinos, pasa por disputar el sentido de comunidad y por poner al alquiler social en el centro del debate político. En España las élites siempre han apostado por la cultura del propietario, primero para fomentar una cultura conservadora, luego para hacer de la especulación con el suelo y la vivienda el epicentro dinamizador de la economía. A día de hoy el 78% de los españoles son propietarios, pero el 48% de estos están hipotecados. La total ausencia de una política de alquiler, como si sucede en otros países de Europa, busca igualar alquiler a inseguridad y empuja al endeudamiento de la sociedad  en la vivienda.

Quienes no pueden ser propietarios, y afortunadamente cada vez más quienes no quieren serlo, se ven enfrentados en las ciudades a una realidad plagada de dificultades y precios de alquiler desorbitados, que entorpecen la viabilidad de una vida que cuente con un mínimo de garantías. Desde el portal web Idealista, afirman, que tras la subida de un 16% en los precios de los alquileres en el último año, nos estamos equiparando a los precios europeos, pero se olvidan de que el salario medio español es un 15% menos que la media europea, especialmente entre los jóvenes que arrastran  un 40% de paro y un 25% de los que sí tienen trabajo se encuentran en riesgo de pobreza. De este modo se explica que en 2015 solo el 20% de los jóvenes  entre 16 y 29 años se hayan emancipado de casa de sus padres, y entre quienes sí lo hicieron, el 84% compartía piso con dos o más personas. Precios altos, salarios bajos, paro, riesgo de pobreza, emancipación tardía. Frente al gobierno del PP que no hace nada, contrasta la actitud –y las políticas- de los Ayuntamientos de Madrid y Barcelona, que le han pedido al Gobierno que cambie la Ley de Arrendamientos Urbanos para que regule el precio.

La escasez de oferta de alquiler provoca que aumenten los precios, no solo en el centro de la ciudad, pues como un terremoto, sus réplicas se expandes más allá. Así aumentan los precios en el barrio de Tetuán, o vemos que Airbnb señala a Usera, más allá de la corona, como el próximo barrio de moda gracias a sus parques y el ambiente “Chinatown”. El problema, dicen sus defensores, es que todo el mundo pretende vivir dentro de la M-30 y no quieren renunciar a eso. Aquí suceden varias cosas, la primera es que tenemos que avanzar hacia modelos urbanos que permitan a las personas poder desarrollar sus vidas dentro de un ciclo corto. Evitando así, que por culpa de estos desequilibrios regionales que concentran las empresas grandes en el norte, cada día muchísima gente tenga que moverse del sur al norte para ir a trabajar, lo que les resta en tiempo, calidad de vida y dinero.

La segunda cuestión tiene que ver con el hecho de aceptar como algo natural, que todo lo que está dentro de la M-30 se convierta en un progresivo espacio vetado y que sus habitantes sean gradualmente expulsados. Además, el origen del problema persiste, porque ¿con qué parque de alquiler se cuenta capaz de acoger a tanto inquilino? ¿No aumentaría eso los precios? Ya están pensando en eso. Según la consultora Ivermax, se ha disparado la inversión en vivienda para ponerla en alquiler sobre todo en la periferia, fuera de la de la M-30.

El problema tiene un nombre, suelo, y un apellido, especulación. Invertir en propiedades para ponerlas en alquiler se presenta como una nueva oportunidad para volcar los excedentes de capital, oportunidad que tapona, no solo, pero sobre todo, a toda una generación. Las plataformas “colaborativas” también son muy útiles para que los multipropietarios coloquen su capital en bienes inmobiliarios y los pongan en alquiler, tal y como sucede en el barrio del Trastévere en Roma, donde el alojamiento más caro de Airbnb en la ciudad le pertenece a un norteamericano, Martin, propietario de una empresa de Software en Austin, Texas, que cuenta con 6 propiedades repartidas entre Barcelona, Mónaco y Roma.

Para empezar a pensar la solución es necesario hacerlo de manera integral: el cambio de la ciudad es el cambio de modelo productivo, lo que a su vez implica un cambio en el funcionamiento y planteamiento de nuestros sistemas de trabajo y bienestar, donde se debe repensar la relación entre los ingresos y el trabajo. La reciente aparición de Sindicatos de inquilinos en Barcelona y Madrid es una gran noticia, no solo para quienes alquilan sino para la mayoría del país. Poner en el centro de la política al alquiler, es poner en cuestión e impugnar el modelo económico centrado en la especulación del suelo, lo que puede llegar a socavar las bases subjetivas y culturales del boom inmobiliario y por lo tanto, generar el terreno desde hacer posible otras políticas y otro sentido común. El conjunto de la vida atravesada por la precariedad, la incertidumbre, la deuda, la falta de acceso a la vivienda, o los cuidados, marcan los contornos que definen el archipiélago proletario en el siglo XXI. Renta básica incondicional, alquiler social, movilidad y modelo agroalimentario sostenible, democracia: esas son bases, que sumadas a la sanidad y la educación, pueden diseñar nuevos criterios de ciudadanía.