Opinion · Dominio público

Rajoy, a contramano

ELENA VALENCIANO

07-02.jpgDesde que se desató esta profunda crisis económica –que nos vino de afuera–, Rajoy no ha estado, en ningún momento, en el lugar que se espera de un jefe de la oposición supuestamente preparado para asumir el relevo en el Gobierno de España si la ciudadanía le otorgara su confianza en la siguiente cita electoral.

La tormenta económica que se gestó en la banca estadounidense, y que acabó sacudiendo a las principales economías occidentales, ha sido utilizada sistemáticamente por Mariano Rajoy con el único objetivo de perjudicar, desgastar y cuestionar, sin tregua, a Zapatero. El Gobierno no ha podido contar, ni en los peores momentos de la crisis, con la más mínima “lealtad nacional” por parte de Rajoy.

Cuando los líderes europeos decidieron lanzar, en la mayor parte de los países, un programa de estímulos para sus gripadas economías, España hizo lo propio. El primer Plan E de Zapatero, abrazado por todos los ayuntamientos del país, recibió una sonora abstención del PP en el Parlamento tras una durísima intervención de Montoro –en realidad, su discurso en la tribuna era el propio de un voto negativo al que no se atrevieron, finalmente, para no enfadar a sus propios alcaldes–.

A la crisis financiera inicial y a la de la economía productiva se sumó, más tarde, la de la deuda soberana. Entonces, fue urgente lanzar un mensaje de seguridad a favor del euro. La UE puso en marcha un inédito plan de estabilización, dotado con 750.000 millones de euros, para garantizar su solvencia económica y detener el ataque de los especuladores en los mercados. En paralelo, los líderes europeos concertaron un programa de ajuste urgente de los déficits públicos de los estados. Cuando el presidente Zapatero –antes que ninguno– presentó en el Parlamento su plan de ajuste, Rajoy dijo que no, afirmó que nos habíamos convertido en un protectorado e hizo pender de un hilo la solución para España. En definitiva, cuando hubo que inyectar dinero público en la economía para que no se detuviera, Rajoy estuvo en contra. Y cuando, de acuerdo con la UE, se ha requerido un programa de ajuste fiscal, también se ha opuesto. No ha escuchado al FMI ni a la Comisión Europea, ni tampoco a la OCDE, instituciones que han señalado lo acertado de las medidas propuestas por el Gobierno.

Rajoy se ha situado fuera del consenso internacional y del acuerdo entre los 27. Pero hay algo aún peor. Los días previos al último Consejo Europeo surgieron insistentes rumores, posteriormente desmentidos por todos los responsables políticos y económicos internacionales, sobre la solvencia de la deuda soberana de España. Y Rajoy no sólo no los combatió, sino que optó por alimentarlos. Los portavoces del PP llegaron a compararnos con Grecia y con Hungría, jugando con fuego a ver si se quemaba Zapatero aunque fuera a costa de incendiar el país. Sus correligionarios en Francia, Alemania, Italia y Reino Unido se quedaron perplejos ante la dosis de irresponsabilidad de la que hizo gala, en esos días tan difíciles, el PP español.

Los gobiernos europeos están tratando de afrontar la salida de la crisis coordinando sus actuaciones. Es más que evidente que la situación requiere esfuerzos concertados y determinación política. Lo más importante, ahora, es limitar los daños y sentar las bases de una nueva economía con capacidad para resolver los problemas que venimos arrastrando y que la crisis ha puesto de manifiesto de la forma más cruda. Crecimiento, competitividad, lucha contra el paro y la precariedad, protección del modelo social, mantenimiento de la inversión en educación, investigación, innovación y desarrollo, saneamiento y control de los flujos financieros… todo ello forma parte del programa de los gobiernos europeos, también del español.

Sin embargo, Rajoy no lo comparte. El líder del PP se ha apuntado a una estrategia destructiva convirtiéndose en una sorprendente y molesta excepción en la derecha europea. Sus dos últimas aportaciones confirman el peor diagnóstico: habla Rajoy de reformar la Constitución para incorporarle una limitación del déficit público (ya contemplado en el Plan de Estabilidad y Crecimiento Europeo) y se opone a un nuevo impuesto a la banca aprobado por la UE en el último Consejo. No parece razonable que un partido como el PP, que gobierna en importantes comunidades autónomas del Estado y que aspira a ser alternativa en el Gobierno de la nación, haya abrazado una hoja de ruta tan desviada del concierto europeo.

Su cálculo electoral no justifica que el PP se haya convertido en el único que no camina en la misma dirección que el conjunto de los países de nuestro entorno político. La economía española está solidamente interrelacionada con el resto de economías occidentales, particularmente la de la eurozona, por eso son imprescindibles la coordinación, el acuerdo y, antes o después, un verdadero gobierno económico en la UE. ¿Podemos, para todo ello, contar con el Partido Popular? Durante los últimos meses, el PP de Rajoy se ha erigido en el antiembajador de España, cuestionando nuestra solvencia como país y generando desconfianza en los mercados, los inversores y los ciudadanos. Su apuesta por desgastar al Gobierno, a lomos de la crisis, empieza a resultar grotesca y dañina para todos. En algún momento, Rajoy deberá decidir si quiere ser un líder serio de la derecha europea o si va a seguir yendo a contramano mientras, como en el chiste, afirma que el resto del mundo se equivoca.

Elena Valenciano es secretaria de política internacional y cooperación del PSOE

Ilustración de Miguel Ordóñez