Dominio público

Elogio de Egiguren

IGNACIO SÁNCHEZ-CUENCA

07-03.jpgNo conozco personalmente a Jesús Egiguren. Pero he seguido su trayectoria con cierto detalle desde que contribuyó de manera decisiva a lanzar el proceso de paz impulsado en la primera legislatura de Zapatero para acelerar el final de ETA. El papel que ha desempeñado Egiguren en todo este tiempo ha sido sin duda incómodo, pues ha tenido que aproximarse al mundo etarra buscando vías de salida a un problema que lleva enquistado varias décadas y a propósito del cual el diagnóstico oficial establece que no hay más alternativa que una política represiva dentro de los límites marcados por el Estado de derecho.
Sus esfuerzos le han valido toda clase de ataques y vilipendios por parte de la prensa reaccionaria. Egiguren, sin embargo, es una de las personas que más han hecho para acabar con el terrorismo en España, al margen de que, como cualquier otra persona, haya podido cometer errores en un contexto tan endiabladamente complejo.
Quienes minimizan su tarea repiten machaconamente que el proceso de paz fue un fracaso y significó un retroceso en el combate contra ETA. Curiosa apreciación. El proceso de paz, ciertamente, no acabó con el terrorismo. Sería absurdo afirmar lo contrario. Era una apuesta de indudable riesgo, cargada de incertidumbre. Diversos elementos impidieron que se llegara a un acuerdo: fundamentalmente, las divisiones en el seno de ETA y la cobarde subordinación de la izquierda abertzale a los terroristas. Hubo otros factores que tampoco ayudaron, como el exagerado activismo judicial contra Batasuna o la división que se produjo en la opinión pública española como consecuencia de una politización insólita de este asunto por parte de la derecha.
Reconozcamos, pues, que fue un proceso fallido o fracasado. Ahora bien, si admitimos este diagnóstico, si consideramos que el único criterio para juzgar el proceso de paz consiste en determinar si acabó definitivamente con el terrorismo, no nos queda más remedio que concluir asimismo que la política represiva basada en el acoso policial y judicial a ETA ha sido todavía un fracaso mayor, incomparablemente mayor, pues llevamos más de 40 años tratando de acabar con ETA por esa vía y no lo hemos conseguido. ETA ha logrado el triste record de ser la organización terrorista más longeva en activo de Europa. Cuando se opone el proceso de paz a la vía policial y se dice que aquel fue un fracaso y esta un éxito, ¿de qué estamos hablando exactamente?
Visto con algo de perspectiva y con categorías menos esquemáticas que las que suelen utilizarse, debe reconocerse que el proceso de paz tuvo algunas consecuencias no enteramente negativas. En primer lugar, el proceso de paz trajo el periodo más largo de nuestra historia democrática sin víctimas mortales. Aquello, extrañamente, puso al país en un estado de máxima agitación, mientras que las aguas volvieron a su cauce en cuanto ETA volvió a asesinar y el Gobierno recuperó el discurso habitual de la firmeza.
Además, el proceso mismo contribuyó de forma crucial a transmitir la impresión entre las bases de la izquierda abertzale de que el tiempo de las armas había tocado a su fin. Tras más de tres años sin víctimas mortales, estaba claro que ETA no iba a lograr mucho mediante la actividad terrorista. De hecho, la violencia de ETA tras el proceso ha sido considerablemente menor que aquella otra que sufrimos tras la tregua de 1998-99. Desde que ETA rompió el alto el fuego en diciembre de 2006, ha asesinado a 12 personas. Tras el final de la tregua del pacto de Lizarra, ETA causó 47 víctimas mortales. En este sentido, el alto el fuego de 2006 no parece que fuera una tregua trampa ni sirvió para que ETA
se rearmara y se reorganizara.
Por último, las disensiones internas en el seno de ETA como consecuencia del proceso de paz son bien conocidas a estas alturas y han contribuido decisivamente al debilitamiento de la organización terrorista. Y, más importante todavía, el hecho de que el Estado se mostrara dispuesto a negociar con los terroristas posibilitó que se abriera una brecha entre la rama política y la rama armada del movimiento. Esa brecha ha ido ahondándose desde entonces, según se ha puesto de manifiesto en la evolución de Batasuna en los últimos tiempos.
Estos logros no habrían sido tales sin la apuesta valiente y decidida de Egiguren. Egiguren considera ahora que pueden darse algunos pasos a fin de que Batasuna introduzca la máxima presión sobre ETA para que esta pare de una vez y, si eso no es factible, para que Batasuna rompa el cordón umbilical con ETA. Su postura consiste en utilizar la política de forma inteligente, mediante el palo y la zanahoria. Está de acuerdo en que la Justicia y la policía apliquen toda la fuerza posible contra ETA, pero también cree que se pueden ofrecer incentivos positivos para que Batasuna evolucione en la dirección que todos deseamos. Se trata, en suma, de mantener un fuerte acoso al terrorismo a la vez que se facilita la opción de desenganche de Batasuna.
Algunos piensan que es mejor no correr riesgos y esperar a que la situación madure por sí misma gracias a la tarea de las fuerzas de seguridad y a la aplicación de la Ley de Partidos. Es una postura razonable. Pero también es razonable y merece la pena discutir la postura de Egiguren, orientada a acelerar lo que de todas formas parece previsible que acabe sucediendo. Con todo, el clima sofocante que se ha impuesto en el debate sobre el terrorismo, en el que sólo resultan aceptables mensajes simplistas y contundentes, hace parecer escandaloso este tipo de propuestas.

Ignacio Sánchez-Cuenca es profesor de Sociología de la Universidad Complutense

Ilustración de Mikel Casal