Dominio público

Los guerreros del mañana

Richard Gowan

RICHARD GOWAN

El fin de las operaciones de combate estadounidenses de este mes en Irak ha sido un anti-clímax. No nos ha dejado ninguna imagen significativa para el recuerdo –nada como el último helicóptero en salir de Saigón o el último tanque ruso en abandonar Afganistán–. 50.000 instructores militares estadounidenses continúan en Irak.
Incluso aunque no haya habido mucho drama, los historiadores pueden concluir que ha sido un momento muy importante. Mientras EEUU se retira de Irak, los estrategas políticos se empiezan a cuestionar si la atormentada superpotencia seguirá destinando con devoción vastas cantidades de dinero a los gastos de Defensa.
Un escéptico es Robert Gates, secretario de Defensa, que ha anunciado recortes iniciales al presupuesto de su departamento y sugiere que se necesitará mucho más.
Un crítico mucho más franco es Michael Mandelbaum, veterano intelectual en política internacional del Partido Demócrata. En un libro publicado en EEUU a principios de agosto, argumenta que Washington necesitará dedicar crecientes cantidades de dinero a mantener a la cada vez más envejecida población americana. Uno de los resultados, dice Mandelbaum, es que no habrá más iraks: "Evitar intervenciones militares y construcción de estados es una manera de reducir el coste de la política exterior de EEUU".
Esto puede sonar familiar a los europeos. Los pocos jugadores militares significativos de la UE quieren reducir los presupuestos de Defensa. La campaña afgana ha acabado con el apoyo popular a las aventuras en el extranjero. Y, para mayor sorpresa, el Gobierno conservador de Londres se está planteando recortes que podrían terminar con la larga tradición del Reino Unido como potencia militar global.
Occidente no está de precipitada retirada. Las fuerzas especiales de EEUU matan terroristas en estados débiles como Yemen. Las tropas francesas recientemente atacaron una base de Al-Qaeda en Mauritania. Pero es difícil imaginar a la OTAN embarcándose en nuevas operaciones de gran envergadura como las de Kosovo o Afganistán. Si la campaña afgana termina en fracaso, las cosas serán incluso más difíciles.
Algunos expertos militares estadounidenses no se preocupan por esto. El poder de EEUU se repuso después de Vietnam. A Wa-
shington no le gusta perder las guerras, pero puede permitirse derrotas ambiguas. Esto no es así para los europeos. A lo largo de la última década, la OTAN y la UE han arriesgado su credibilidad por estabilizar los Balcanes y Afganistán. Las guerras de los Balcanes han tardado en resolverse más de lo esperado, pero Afganistán ha hecho parecer que lo de los Balcanes se vea sencillo. Incluso si EEUU recobrara su espíritu intervencionista, la mayoría de los miembros de la UE no le seguiría.

Pero es demasiado pronto para sostener que la era del intervencionismo y de la "construcción de estados" ha llegado a su fin. Potencias emergentes como Brasil, China o India pueden reemplazar a los europeos en la tarea. A EEUU le puede resultar más fácil trabajar con estas potencias que con la OTAN.
Observe la respuesta internacional al terremoto de Haití en enero. Tropas latinoamericanas a las órdenes de la ONU –ayudados por un contingente de policías chinos– ya eran responsables de la seguridad en Puerto Príncipe. El terremoto sacudió la misión, pero esta consiguió mantener el orden. Los marines de EEUU desplegados en Haití estaban impresionados por la profesionalidad de las tropas de la ONU.
Esto dejaría pasmados a los oficiales europeos que sirvieron al mando de Naciones Unidas en Bosnia en los noventa y vieron a la organización como ineficaz y cobarde. Podría sorprender un poco menos a los europeos que han llevado cascos azules en el sur del Líbano desde la guerra de 2006, porque las Naciones Unidas han realizado enormes esfuerzos para mejorar su gestión. La fuerza del Líbano, ahora liderada por un general español, es una amalgama de tropas de la UE y soldados de lugares tan lejanos como China, Ghana, India e Indonesia. Más o menos funciona. Naciones Unidas no es capaz de impedir que Hizbulá acopie misiles para preparar otra guerra con Israel, pero ha taponado la olla a presión de la frontera.
Nadie va a fingir que las fuerzas de la ONU en Haití y Líbano son perfectas. La trágica fuerza de la ONU en Darfur se tambalea de una crisis a otra. Pero la realidad es que, mientras los miembros de la OTAN buscan recortar sus gastos militares, partidarios de Naciones Unidas como Brasil e India están aumentando su envergadura militar. El presupuesto de Defensa brasileño creció casi un 25% el año pasado. Estos son los guerreros del mañana.
Afrontando estas dinámicas, EEUU y Europa deben hacer una elección estratégica. ¿Van a esconderse tras las altas murallas de la alianza de la OTAN (y en el caso norteamericano, seguir proyectando poder en el Pacífico) o van a colaborar con las potencias emergentes?
La cooperación puede ser confusa. Puede significar trabajar menos a través de las largamente asentadas estructuras de la OTAN o más a través de los imprecisos mecanismos de la ONU con los que no están familiarizados.
También significará respetar lo que las potencias no occidentales piensen. Se dice que algunos oficiales europeos en el Líbano ven a sus homólogos asiáticos y africanos como "exóticos". Esto hace que suenen como animales poco comunes en un zoo. Pero debemos aceptar que, una vez que hayamos reducido drásticamente los presupuestos de Defensa al mínimo, puede que los soldados europeos estén entre los animales más raros de todos.

Richard Gowan es Investigador principal del European Council on Foreign Relations

Traducción de Borja Novoa

Ilustración de Federico Yankelevich