Opinion · Dominio público

¿Por qué estamos en Afganistán?

JESÚS CUADRADO BAUSELA

Reconozca que es una guerra”. Es toda la doctrina que es capaz de aportar el PP de Rajoy al debate sobre Afganistán; que es una guerra, como la de Irak, por supuesto. El líder del PP no está sólo; le acompañan quienes la consideran una guerra de ocupación, imperialista, como la de Vietnam. Unos y otros le han declarado la guerra a Obama. Unos, por pusilánime, los otros, por belicista. Tanto manual de guerra fría conduce a demasiados tópicos sobre Afganistán. Tópicos que, por necesidades del guión, convierten a los asesinos de pequeñas escolares en una especie de “movimiento de liberación talibán”.
En 1995, en poco más de dos meses, fueron asesinados a machetazos en Ruanda más de 800.000 tutsis y hutus moderados. En dos meses. Y seguimos cómodamente, por televisión, ese espectáculo. ¿Debió la comunidad internacional emplear la fuerza militar? En 2005, en la cumbre mundial de la ONU, al fin, se aprobó el principio de “la responsabilidad de proteger”. Es decir, “la aceptación clara e inequívoca de todos los gobiernos de la responsabilidad colectiva internacional de proteger a las poblaciones del genocidio, los crímenes de guerra, la depuración étnica y los crímenes de lesa humanidad”. En Ruanda en 1995, y hoy en Afganistán. Y frente a los genocidios en marcha en Somalia, en Sudán o en el Congo. ¿Saben quiénes se han estado resistiendo a aprobar ese principio kantiano de solidaridad? Neoconservadores y neomarxistas. No confundir, pues, con guerras de ocupación, la obligación de imponer la paz en aquellas situaciones en las que, como en Ruanda o en el Afganistán de los talibán, “los cielos se abren”.
Quienes califican la misión de “imposición de la paz” de Naciones Unidas en Afganistán como una “guerra de ocupación” necesitan demostrar la oposición de los afganos a los ocupantes, como los vietnamitas en su día, o los propios afganos contra los británicos o contra los soviéticos. Pero ¿qué piensan los afganos? Contamos con muchos encuestas y todas coinciden en un rasgo común: los afganos temen y odian a los talibanes. En el pasado mes de febrero se publicaba el resultado de una encuesta de la BBC, ABC News y de la ARD alemana con un resultado claro. El 90% se opone a los talibán y sólo un 8% los apoya; el 66% culpa a los talibanes y a Al Qaeda de la violencia en el país; el 76% rechaza los ataques a las tropas de la ISAF (Fuerza Internacional de Asistencia para la Seguridad). Si a los afganos se les pregunta, como en un estudio reciente de intermón y otras organizaciones, por su recuerdo de la violencia sufrida en estos 30 años, tienen pocas dudas: los peores, los soviéticos, seguidos de cerca por los talibanes. Apenas citan a las tropas de la ISAF. Los afganos saben que sin Estado no hay seguridad, y sin seguridad no hay desarrollo. Ni escuelas a las que puedan asistir las niñas, a las que los valientes patriotas talibanes arrojan ácido a la cara.
Hace unos días se publicaba el último informe sobre “la protección de civiles” de la Misión de Asistencia de Naciones Unidas en Afganistán (UNAMA). ¿Está aumentando el número de víctimas civiles por acciones de la ISAF? En realidad, lo que UNAMA destaca es un descenso del 30% y un aumento del 53% de víctimas de los ataques terroristas de los talibanes, que, como recoge el propio estudio, son los causantes de la inmensa mayoría. En realidad, como reconocen las ONG que trabajan sobre el terreno, desde que Estados Unidos, con Obama, se ha unido a la estrategia de la ISAF
–que hace de la seguridad de los civiles la máxima prioridad–, los resultados son evidentes y el informe de UNAMA lo avala. Sí, han aumentado las víctimas civiles por acciones terroristas de los talibanes.
¿Ha habido resultados? Tanto a los neoconservadores como a los neomarxistas les suele molestar que se recuerde cuántos niños, y niñas, pueden ir a la escuela, cuántos millones de refugiados han vuelto a casa, cuántos han sido vacunados contra la polio, o cuántos servicios sanitarios han sido posibles gracias a la seguridad que proporciona la ISAF. El ejército no es una “oenege”, que diría Rajoy. Veamos, pues, otros resultados. Si me piden que elija un baremo para medir el éxito de una acción de la comunidad internacional ante un “Estado fallido”, seleccionaría la construcción de su propio sistema de seguridad nacional. Pues bien, en Afganistán había en 2004 menos de 20.000 militares y 5.000 policías afganos, y hoy están desplegados más de 80.000 policías y 134.000 militares nacionales. Sí, hay avances para ir programando ya una retirada progresiva, “provincia a provincia, distrito a distrito”. Como ya se ha hecho en Kabul.
¿Qué alternativa proponen quienes consideran que se trata de una guerra imperialista de ocupación? Proponen que las tropas de la ISAF salgan del país. ¿Y después? Que el dinero que se gasta con la presencia militar allí se dedique a programas de desarrollo. ¿Y quién proporcionará la seguridad para hacerlo posible? Con seriedad, en un mundo de amenazas y riesgos globales, uno de los mayores desafíos de la comunidad internacional es la respuesta coordinada y legitimada a los “estados fallidos” en Afganistán, en Somalia o en el Sahel. Para no equivocarse en este nuevo escenario de seguridad, conviene olvidarse de manuales de otras épocas, inútiles y peligrosos en esta. Y para el futuro de la izquierda, le iría bien no confundir a Afganistán con Irak, a Obama con Bush o a Zapatero con Aznar.

Jesús Cuadrado Bausela es portavoz de Defensa del Grupo Socialista en el Congreso.

Ilustración de Enric Jardí