Dominio público

Cuatro cambios catalanes

JOSEP-LLUÍS CAROD-ROVIRA

La primavera ha venido, nadie sabe cómo ha sido". Esa es la reacción de asombro ante la irrupción del independentismo catalán, tras la manifestación del 10 de julio en Barcelona, así como en distintas ciudades de Europa y América, por primera vez en la historia, coordinadamente, por parte de las comunidades catalanas allí establecidas. Sorpresa para quienes menospreciaban las profundas transformaciones producidas en el seno de la sociedad catalana los últimos años, o, peor aún, preferían ignorarlas, Catalunya ha cambiado muchísimo en un proceso dinámico de innovación nacional, en contraste con una España inmutable, reacia a reconocer la diversidad y a valorarla positivamente. Cuatro son, a nuestro entender, los cambios fundamentales producidos:
1. Cambio en el horizonte político.Tradicionalmente, el conservadurismo catalán aspiraba a influir en la política española en lo socioeconómico, enarbolaba un cierto catalanismo cultural y navegaba con destreza por las aguas de la indefinición política, llegando a lo sumo al puerto de la autonomía. La izquierda, a su vez, esgrimía el federalismo republicano, hoy ya federalismo a secas. El resto era marginal. La disyuntiva era, pues, entre autonomía y federación. En menos de cien años, España no ha aceptado ninguno de los estatutos de autonomía tal y como los había propuesto Catalunya (1918, 1931, 1978, 2005). Y nunca se ha vislumbrado el menor atisbo federal, ni siquiera gobernando los supuestos federales. El rechazo permanente a toda idea de pluralidad nacional y cultural, por parte de un Estado agazapado en el inmovilismo institucional y el uniformismo, ha dado alas al independentismo, que ha dejado de ser socialmente minoritario. Presente como opción posible en todos los partidos, sensible a la creación de nuevos estados europeos en las dos últimas décadas, animado por las expectativas de Escocia y Quebec, siempre por la vía democrática y pacífica, hoy el debate público ya no se ciñe a autonomía o federación, sino entre un federalismo utópico, porque depende de dos, y una independencia posible que, en la Unión Europea y tras la última sentencia de La Haya, depende únicamente de nuestra voluntad. La autonomía es ya insuficiente para resolver nuestros problemas, nunca más habrá un nuevo estatuto de autonomía y el horizonte de la independencia se ha instalado en la centralidad del debate social, no sólo político.

2. Cambio de clases sociales. A pesar de que siempre ha existido un catalanismo popular y de izquierdas, expresado en la etapa republicana por ERC, la hegemonía de lo nacional ha residido, generalmente, en la zona alta de la sociedad, a través de la Lliga de Cambó primero y de CiU después. Pero hoy, el independentismo catalán es interclasista y transversal, desde sectores de la burguesía y las capas medias catalanas, tan extensas, hasta las clases populares e incluso a la nueva inmigración. El monopolio simbólico ya no pertenece a las clases altas sino que es nacional, es decir, de todos. Y sólo ha fijado unos objetivos tan ambiciosos como la estatalidad, cuando la idea ha llegado a la base de la pirámide social, con el nuevo protagonismo de los sectores populares y las clases medias bajas. Sobre esta posibilidad ya teorizó Joaquim Maurín, en su artículo "Las tres etapas de la cuestión nacional" (1931).
3. Cambio de motivos. Tradicionalmente, la reivindicación independentista se basaba en los elementos clásicos: la lengua nacional, la cultura, la historia y el derecho propio, las tradiciones y el folklore popular, etc. La identidad cultural, siendo lógicamente muy importante, ha dejado de ser ya el motivo fundamental para reclamar la soberanía, pasando en todas las encuestas a un tercer lugar. El primer lugar lo ocupa el factor democrático. Felipe de Borbón afirmó hace un par de décadas que "Catalunya será lo que quiera ser". Catalunya quería el Estatut que aprobó en referéndum y lo que ella quería no ha sido tenido en cuenta, como tampoco lo fue nunca antes. Por eso aumenta el número de catalanes partidarios de decidir su futuro como país, en las urnas, y sin límite alguno. Ante todo, democracia. Y en segundo lugar, figura el factor bienestar y progreso. Según una encuesta de la Universitat Oberta de Catalunya, más del 80% de los catalanes cree que en una Catalunya independiente, en el marco europeo, se viviría igual o mejor que ahora. ¿Por qué no intentarlo, entonces? España, hoy, aparece más como una carga, un freno o un obstáculo que como un estímulo, un motor o una compañía cómplice.
4. Cambio de modelo nacional. Desde posiciones progresistas catalanas hemos contribuido a que el actual proyecto catalán de nación no sea étnico, ni nacionalista, sino nacional, a diferencia del modelo clásico español, hecho de una suma de características y requisitos identitarios. Aún hoy, para negar mi catalanidad, se apela al origen aragonés de mi rama familiar paterna, como si eso fuera un impedimento. Tamaña miopía nacionalista es incapaz de aceptar que uno es lo quiere ser, lo que se siente. Y para ser catalán, no es preciso que nadie renuncie a ser lo que ya era antes, o lo que siempre se ha sentido (español, argentino, marroquí, rumano o senegalés). Ser catalán no es ni una herencia, ni una imposición, sino una elección, una voluntad. Catalunya es una nación en construcción, un proyecto dinámico, que deja un espacio de participación democrática en lo colectivo, tanto para los que sólo son catalanes, como para quienes lo son también. Los referentes nacionalpopulares catalanes del siglo XXI están aún por construir, van a ser nuevos y vamos a construirlos entre todos. Por esto la nación catalana es inclusiva, integradora, cívica, flexible, abierta, moderna, cosmopolita, plural. Por esto, precisamente, tiene futuro.

Josep-Lluís Carod-Rovira es Vicepresidente de la Generalitat de Catalunya

Ilustración de Iker Ayestaran