Dominio público

El debate federalista

PERE ALMEDA
MIQUEL CAMINAL
CARME VALLS

En España vivimos dentro de un orden constitucional bloqueado, donde no se vislumbra ningún desarrollo federal. Los principales partidos políticos españoles no son nada federales. Del Partido Popular no hace falta decir nada. Es un partido antifederal. El PSOE es un partido que se autodenomina federal, pero que por diversas razones no ejerce de federalista. Así fue en los años ochenta y noventa. Con José Luís Rodríguez Zapatero, parecía que el PSOE asumía el proyecto de encabezar el desarrollo federal del orden constitucional español por medio de la reforma pactada de los estatutos y, posteriormente, mediante una reforma constitucional. Pero el miedo a regalar la bandera del patriotismo español al PP y la falta de una cultura realmente federal en la mayoría de los dirigentes socialistas dejó descarrilar una reforma que por lo demás ya era menos que tímida en su planteamiento.
Así es que hablar de federalistas españoles podría ser un ejercicio retórico, pero no por si hay muchos o pocos federalistas españoles, sino porque una reforma federal está de momento fuera de la agenda política.
Para que el federalismo sea un camino a seguir, debe salir de los círculos académicos y darse a conocer como opción viable y de futuro para una sociedad plural y compleja como la nuestra. Ello requiere que la alternativa federal se haga cada vez más visible en el debate político y mediático, y que los liderazgos políticos tomen buena nota de las exigencias de una ciudadanía que aspira a seguir avanzando para alcanzar mayores cotas de legitimidad y calidad democrática.
La idea federal supone una tercera vía, que escapa de la dialéctica nacionalista, para articular un modelo que combina autogobierno y gobierno compartido, adaptado a una sociedad plural y a un sistema policéntrico de poderes, en un contexto de creciente complejidad y mayores interdependencias.

Hay que decir, ante todo, que de federalismos, como de nacionalismos, hay de distintos tipos y seria erróneo hablar de una sola vía federalista. El debate federal en España tiene más matices y hay diferencias sustanciales en la definición de un modelo federal para España. Algunos la ven casi como un Estado unitario descentralizado y, en el otro extremo, otros lo conciben como una federación asimétrica y plurinacional.
Podríamos decir que en España hay principalmente tres posturas federalistas. Los hay que abogan por un Estado autonómico simétrico y recentralizado, que asegure una jerarquía entre la nación española soberana y lo que denominan "nacionalidades culturales". A nuestro parecer, este tipo de federalismo orgánico y centralizador ha quedado superado por las demandas democráticas de mayor autogobierno y la necesidad de dar reconocimiento constitucional a la realidad plurinacional de España. Una segunda postura sería la de aquellos que defienden un desarrollo federal de la Constitución española de 1978, como mínimo a un nivel equiparable al de la República Federal Alemana o que incluso conciben el modelo suizo como un buen referente para España, con relación al igual reconocimiento de las lenguas oficiales de la federación. Finalmente, estamos aquellos que defendemos un planteamiento democrático y plurinacional de las federaciones. Un planteamiento que promueve el reconocimiento de las diversidades existentes y que defiende un modelo avanzado de organización política, que incluye la simetría y la asimetría, como vías de unión en la equidad de la diversidad cultural, lingüística y nacional.
Este último es un reflejo del debate existente en los últimos 20 años, entre teóricos de la democracia como Rawls, Habermas, Taylor, Norman, Kymlicka, Miller, Tully, McGarry y varios más, sobre los principios constitucional y democrático aplicados a la resolución de los nuevos problemas de las sociedades plurales. Un debate abierto a la necesidad de avanzar hacia fórmulas más flexibles y adecuadas de organización política, superando conceptos absolutos como el de la soberanía indivisible o el axioma Estado igual a nación. Conceptos intocables hace unas décadas y que aún a algunos les cuesta bajar del pedestal dogmático. Esta corriente del federalismo, además, bebe de unas fuentes históricas con una larga tradición en nuestro país y que tiene sus orígenes en el siglo XIX con el federalismo republicano de Pi i Margall y el federalismo catalanista de Valentí Almirall.
De todos modos, la sentencia del Tribunal Constitucional contra el Estatut de Autonomía de Catalunya de 2006 y la respuesta de los principales partidos españoles, PP y PSOE, no sólo cierra, hoy por hoy, toda posibilidad de avanzar en esta dirección, sino que también se hace incompatible con el desarrollo federal del Estado autonómico hacia modelos como el alemán o el suizo. Si la Constitución y la política española persisten en no tratar equitativamente ni de manera justa los distintos hechos nacionales existentes en España y no se respetan las demandas de mayor autogobierno, nuestro marco constitucional acabará debilitándose de tal manera que será considerado ilegítimo por una parte considerable de la sociedad y resultará inviable e ineficaz como marco institucional, generado mayores incertidumbres y una creciente inestabilidad.
La especificidad de una democracia no recae en la ausencia del conflicto, sino en el establecimiento de un conjunto de instituciones a través de las cuales los conflictos se pueden afrontar democráticamente. Si la cerrazón hace fracasar la federalización de España, no queda otro camino que explorar otras vías democráticas para expresar las voluntades de la ciudadanía y ejercer el derecho de las naciones a la autodeterminación para decidir libremente su futuro colectivo.

Pere Almeda, Miquel Caminal y Carme Valls son miembros de Fundación Catalunya Segle XXI

Ilustración de Alberto Aragón