Dominio público

Un siglo después: Adéu, Espanya!

FELIPE PUIG

"¿Dónde estás España, dónde que no te veo?
¿No oyes mi voz atronadora?
¿No comprendes esta lengua que entre peligros te habla?
¿A tus hijos no sabes ya entender?
¡Adiós, España!"

Escribió Joan Maragall en 1898 Oda a España. Un poema que plasmaba las inquietudes de una sociedad catalana descontenta con los incumplimientos del Gobierno español. Poco pensó que, un siglo después, el pesar del literato catalán se mantendría y vería incrementado. Aburriría al lector si me remontara a la Guerra de Sucesión de 1714 y al Decreto de Nueva Planta que menguó los derechos de los catalanes. Fue con la democracia, y mediante un pacto constituyente, que Catalunya empezó a vislumbrar la recuperación. No fue fácil para nadie el final de la dictadura y los primeros pasos de la democracia, pero todos hicimos un ejercicio de responsabilidad para lograr un Estado moderno, democrático e integrado a Europa. Catalunya apostó fuerte por la democracia y por Europa y trabajó como el que más para superar el bache económico legado por la dictadura. Y el paso se hizo aparcando reivindicaciones.

Pero ahora Catalunya no puede seguir el ritmo de la Europa moderna si sus instituciones no disponen de más poder y si sus recursos económicos no están gestionados por su Administración. Y esto no significa romper con España sino entender a Catalunya como Catalunya ha entendido a España durante tantos años.

Hasta ahora la mayoría de los catalanes creían que podíamos reconstruir nuestro país sin la necesidad de crear un Estado propio. Creían en un Estado, el español, que albergara diferentes culturas, diferentes identidades que apuestan democráticamente por seguir unidos. Hasta ahora creíamos que la realidad catalana sería posible en una encrucijada constitucional basada en el respeto mutuo, el pacto y en la necesidad de sumar para afrontar los retos de la globalización.

Catalunya, durante años, ha sido la locomotora del Estado como también lo fueron el País Vasco, Castilla o Andalucía. Ser la locomotora no implica ser superior. Significa que las coyunturas económico-sociales favorecen el desarrollo de ese territorio y repercuten positivamente en el enriquecimiento del resto. Abastecer de carbón a la máquina no es, en ningún caso, contrario a mejorar la calidad de los vagones.

Pero cuando el conductor decide no atender las necesidades energéticas de la locomotora o no engrasar los ejes que la unen con los vagones, baja su rendimiento y transforma el duro enganche en un hilo de seda expuesto a romperse en cualquier curva.

Esto es lo que para nosotros representa la sentencia del Tribunal Constitucional. La locomotora catalana necesitaba fuelle. Y para conseguirlo propusimos al Estado un nuevo pacto que nos permitiera enderezar una situación ya saturada. La respuesta en forma de no ha representado para la sociedad catalana un jarro de agua fría que puede transformarse en un bloque de hielo difícil de sortear. "Demasiado pensaste en tu honor, y escasamente en tu vida", decía Maragall en su Oda.

La sentencia pone punto y final a una etapa de la historia: el Estado de las Autonomías. Creíamos que este podía adaptarse a los tiempos que nos ocupan. Pero la realidad es tozuda y, tras tres siglos de convivencia, nos vemos en la necesidad de replantear un pacto que los actuales gobernantes españoles han hecho añicos por intereses de partido.

Estoy convencido de que si la talla política de los gobernantes actuales fuera similar a la de los políticos de la Transición, el "problema catalán" hubiera tenido soluciones mas satisfactorias para ambas partes. Si PSOE y PP no hubieran hecho de Catalunya arma electoral, ni Catalunya se plantearía continuar la carrera en solitario ni España vería en ella una amenaza al "honor" que referenciaba el poeta.

Ni Zapatero ni Rajoy han lucido como estadistas como sí lo hicieron Adolfo Suárez, Felipe González o Santiago Carrillo, que entendieron que la velocidad se demuestra andando. Con sus pequeñeces, han puesto a Catalunya en un callejón sin salida y han cerrado una etapa sin tener en cuenta que la mayoría de edad permite no poner la otra mejilla. Catalunya ha mostrado con creces que podía sentirse cómoda en este Estado. Rechazadas sus reivindicaciones democráticas, la necesidad de superar la asfixia económica y política a la que está sometida supera la voluntad de seguir en la vía.

Quien suscribe este artículo forma parte de una formación política que ha contribuido al desarrollo del Estado como el PSOE y el PP. Aunque los estatutos constituyentes de CiU plasman el objetivo de la plena soberanía catalana, hasta ahora no nos habíamos visto en la necesidad de ejercer el derecho a la autodeterminación. No será este nuestro primer planteamiento si llegamos a la Generalitat porque ahora ni Catalunya está preparada para un referéndum de estas características ni la situación económica lo permite. Pero sin duda, si el Estado español se mantiene en sus trece, una vez recuperada la curva económica y, si una mayoría social lo requiere, Convergència i Unió puede encabezar, una vez más, la reivindicación nacional y poner sobre la mesa el legítimo derecho del pueblo catalán a decidir qué camino quiere seguir.

"Adéu, Espanya!", decía Maragall. Adéu, Espanya! nos obligan a decir. Qué silogismo tan peculiar si tenemos en cuenta que estamos en la era del diálogo y de la comunicación.

Felipe Puig es secretario general adjunto de Convergència Democràtica de Catalunya