Dominio público

No salen las cuentas

Sara Porras

 SánchezLicenciada en Cc. Políticas, especialista en sociología urbana y en teoría y crítica feminista @sara_en_madrid

Sara Porras Sánchez
Licenciada en Cc. Políticas, especialista en sociología urbana y en teoría y crítica feminista @sara_en_madrid

Comenzó con un simple #MeToo y rápidamente las redes sociales de todo el mundo se revolucionaron. Miles de mujeres nos sumamos a esa campaña, revelando distintos episodios de acoso y agresiones sexuales. Desde Hollywood, al Parlamento Europeo, pasando por el manifiesto contra el acoso de La Liga de Mujeres Profesionales del Teatro (LMPT). Múltiples manifestaciones públicas de mujeres venían a desvelar una verdad conocida por todas y voluntariamente desconocida por todos: la gran mayoría a lo largo del mundo nos hemos visto sometidas a diferentes episodios de agresiones sexuales.

El aluvión de comentarios en redes sociales, así como artículos de opinión que han visto la luz estas últimas semanas deben servirnos para situar la cuestión mucho más allá del hecho aislado. Ni sólo existe una manada – ni tan siquiera varias- ni es un problema de determinados depredadores sexuales. El acoso sexual es una manifestación de poder terriblemente cotidiana en nuestras sociedades que forma parte inextricable de la lógica patriarcal. Una lógica que, primero nos cosifica como objetos de deseo para después tratar de poseernos. Una lógica que en el espacio público pretende hacernos sentir como invitadas permanentes y que como buenas invitadas debemos estar sujetas a las normas de quien nos invita. Mientras que en el espacio privado, bajo la excusa de lo íntimo, pretende aislar tras los muros de nuestras viviendas las agresiones para que sean tratadas como problemas de pareja.

No es un comportamiento achacable a determinados individuos, es una forma de relación que, en determinadas circunstancias se manifiesta de maneras más violentas, pero que, en distintas intensidades, está inserta naturalmente en nuestro sistema de relaciones. Plantear esta afirmación es sin duda un hecho doloroso y lo es mucho más cuando realizamos la operación de descentramiento de las agredidas a los agresores. Es un hecho doloroso también para nosotras plantearnos que no salen las cuentas. ¿Cómo puede ser que la mayoría de las mujeres a las que conocemos – empezando por nosotras mismas- hayamos sufrido agresiones sexuales y sin embargo ningún amigo, hermano, padre, vecino o conocido sea un agresor? ¿Qué supone realmente dejar de sospechar de nosotras para comenzar a sospechar de ellos? Y he aquí el punto de inflexión.

El patriarcado es sin duda el sistema de poder más resiliente y lo es debido a múltiples factores, pero uno de los elementos que lo hace tan resistente es la capacidad para que todo empiece y acabe en nosotras.

¿Cómo es posible que en un juicio por violación múltiple en el que existen grabaciones de lo ocurrido, en el que la mujer presenta claros síntomas de shock post-traumático acreditado por diferentes profesionales, en el que los testimonios de los policías que la encuentran son consistentes con el hecho, acabe una vez más convirtiéndose en un juicio sobre la veracidad de la víctima? ¿Qué más pruebas se podrían haber presentado salvo la autoinculpación de los agresores? Que, por otro lado, sólo cuentan con su palabra y la habilidad que pueda desplegar su abogado.  De la misma manera en la que los protocolos por violencia machista establecen los dispositivos de vigilancia sobre la víctima y no sobre el agresor. O de la misma manera en la que en estos días lo que vemos es un sinfín de testimonios de mujeres que reconocemos las agresiones, pero, ¿quién nos agrede? ¿Qué pasa con esos hombres?

Es un hecho realmente doloroso, decía en líneas precedentes, pues supone poner en cuestión parte sustancial de nuestros afectos. Porque reconocer a una mujer que ha sufrido una agresión no significa quebrar nuestros sentimientos hacia ella, pero reconocer a un agresor si supone una ruptura emocional.

Cada vez que veo esas campañas, leo los comentarios en redes sociales o los manifiestos no puedo evitar hacerme esa terrible pregunta, ¿si no son hechos aislados, si es un problema social, qué pasa con mis hermanos, compañeros y amigos?