Dominio público

Vivir entre integrismos

SAÏD EL KADAOUI

Hablar del reverendo pirómano, no hablar del reverendo pirómano… Así, como quien deshoja una margarita esperando encontrar la respuesta a un dilema, han transcurrido mis días posteriores a la noticia que recogía por primera vez la propuesta de quemar ejemplares del Corán el pasado sábado 11 de septiembre, coincidiendo con el noveno aniversario de los atentados del 11-S, realizada por el pastor protestante Terry Jones. Un auténtico desconocido hasta la fecha y que hoy debe de ser una de las personas más nombradas del mundo. Su particular piromanía selectiva así lo ha querido.
Hablaré de él, pero solamente como síntoma visible de una enfermedad muy grave y, desgraciadamente, muy extendida: el fanatismo (que puede cursar con piromanía, pulsiones aniquiladoras, apoderamiento de Dios, etc.).
En su ensayo (o conjunto de ensayos, para ser más exactos) Reflexiones sobre el exilio, Edward Said dedicó una contundente crítica a la teoría del choque de civilizaciones de Samuel Huntington. Entre otras muchas cosas, señalaba lo habitual que ha llegado a ser entre la gente hablar en nombre de vastas abstracciones. Occidente, Islam, confucionismo, etc., obviando, y es una de las críticas más repetidas a la teoría de Huntington, las abrumadoras evidencias de que el mundo de hoy día es, de hecho, un mundo de mezclas, de migraciones y cruces de fronteras. Y lo más interesante: estas divisiones que reafirman la identidad grupal se producen, decía Edward Said, en épocas de profunda inseguridad.
Y la inseguridad genera miedo y el miedo división, y así andamos metidos en nuestra particular calle ciega. La solución es tan compleja como fácil de formular, y también la enunciaba Edward Said en este mismo ensayo: participar todos de una mentalidad global que tenga en cuenta los peligros a los cuales nos enfrentamos desde el punto de vista de la raza humana en su conjunto. No parece que estemos en este camino.
Que el pirómano selectivo haya acaparado tantos focos y haya generado tantas reacciones (ha estado en la boca y en la agenda de personalidades tan importantes como los presidentes y jefes de Gobierno de innumerables países, el mismísimo Obama entre ellos) da miedo. Mucho miedo. ¿En qué mundo vivimos?
En esta nuestra parte del mundo (demasiado dada a verse por encima del resto), es evidente que se está cocinando, y desde hace ya mucho tiempo, un desprecio humillante a todo lo musulmán. Cosa que nos obliga a muchos a convivir con la nada agradable situación de tener que explicarse a cada paso.
En su libro Cubriendo el Islam, publicado mucho antes de los atentados del 11-S, Edward Said ya nos anunciaba que la cobertura informativa del Islam que se hace en Occidente es una actividad parcial que, muy frecuentemente, desdibuja lo que "nosotros" hacemos y destaca lo que los musulmanes y árabes son por su defectuosa naturaleza.
Pero, francamente, la noticia del pirómano selectivo y todo el ruido generado a su alrededor me ha llevado a preguntarme, una vez más, sobre el estado actual de los países musulmanes y árabo-musulmanes. ¿Será cierto que su problema más grave es el desprecio de su religión por parte de su abominado Occidente? ¿No hay otros motivos para salir a la calle?
Esas manifestaciones que nos estamos acostumbrando a ver por la televisión esconden muchas otras frustraciones y seguramente, mucho más importantes.
En un interesante artículo publicado en Le Monde diplomatique, con el sugerente título de "Intelectuales árabes entre estados e integrismos", Hichham Ben Abdallah El Alaoui afirmaba que con la emergencia de los movimientos fundamentalistas nació una norma que prácticamente todo el mundo denomina salafismo. Esta visión rigorista del Islam, dice, encarna la resistencia a la occidentalización y al neocolonialismo y ocupa un lugar cada vez más importante en la identidad árabe. Por otra parte, señalaba que el Estado árabe moderno ha aceptado la salafización de las normas sociales en materia de costumbres y comportamientos (presiones a favor del velo, etc.), y consolida su política de alianza tácita con los ulemas y guardianes oficiales del Islam que se muestran más preocupados por obtener favores del régimen que por reformarlo. Y los intelectuales, ¿qué papel juegan? Interesante observación la que hace Hisham Ben Abdellah: los gobernantes no tienen nada que temer mientras sus intelectuales abracen causas consensuales como Palestina e Irak en lugar de comprometerse en el terreno de la vida política nacional.
Así es que el cambio que necesita cada uno de los países que componen esta entidad que denominamos mundo árabe está huérfano de discurso.
Observo con mucho interés la irrupción en la política egipcia del premio Nobel de la Paz Mohamed ElBaradei y espero que su Coalición Nacional por el Cambio, con la que están comprometidos muchos egipcios, pueda presentarse a las elecciones presidenciales del año que viene. Sería una fantástica inspiración para el resto de los países árabes. Su particular "Yes, we can".
Resumiendo: los pirómanos de nuestras democracias narcisistas encuentran cada vez más apoyos de intelectuales al servicio de la división y más focos de los mass media. Y los pirómanos del otro lado –en connivencia con sus estados autocráticos y sin la oposición de la clase intelectual– controlan y manipulan las vidas de las gentes sencillas.
Mientras tanto, una buena parte de la ciudadanía de todo el globo observamos con inquietud este mundo atrapado entre integrismos varios, estados autocráticos que se sirven de ellos y democracias que excluyen a todo aquel que juzguen como
diferente.
¡Que Dios nos coja confesados! (o mejor, que Dios nos deje en paz).

Saïd El Kadaoui es psicólogo y escritor

Ilustración de Alberto Aragón