Dominio público

Arreglos Rubalcaba

Luis Arroyo

LUIS ARROYO

Si tienes una fuga de agua que te inunda la cocina, no te paras a pensar en la nueva decoración del jardín. Llamas al técnico que te arregle el desaguisado y luego ya veremos. Rubalcaba es el hombre que soluciona la avería. 24 horas al día, 7 días a la semana, 365 días al año: servicios de fontanería, electricidad, comunicaciones y antenas. Siempre dispuesto para un roto o un descosido. Puede que no sea un visionario y es difícil saber si es pro-empresa o pro-trabajadores, o qué piensa de la crisis de la socialdemocracia, de las relaciones Iglesia - Estado o del cambio climático. Pero ahora la gente no está en eso, sino en la búsqueda de buenos fontaneros. Él mismo ha dicho recientemente que no es un hombre de estrategia sino del corto plazo. Cuando Felipe González las pasaba canutas bajo la presión del "paro, despilfarro y corrupción" entre 1993 y 1996, Rubalcaba era el portavoz impermeable.

Zapatero ha elegido al técnico que te hace un apaño, que es lo que hay que hacer cuando los indicadores electorales a un año y medio de las elecciones son tan malos como los que tenía el PSOE entre 1996 y 2000. Alfredo Pérez Rubalcaba y el leal, moderado y carismático Ramón Jáuregui, más el experimentado Marcelino Iglesias los lunes desde el Partido Socialista, van a ofrecer al personal una alineación nueva: tres hombres, más el presidente, positivos, moderados, habilidosos, maduros, solventes. Curiosamente, este perfil en línea con el antiguo y aún corriente estereotipo masculino, de la fuerza y la experiencia, contrastará con la línea suave, más junior y más en el viejo arquetipo femenino que presentan los acompañantes de Mariano Rajoy: Cospedal, Soraya Sáenz, González Pons o Ayllón. Ese contraste paradójico, inverso al que había con Zaplana y Acebes, favorece claramente al Gobierno a la hora de arreglar los agujeros de la crisis.

Pocos lo saben, pero en Moncloa se acusaba no sólo ya un cierto cansancio, sino la presencia de unos muros invisibles pero muy sólidos que bloqueaban la acción unificada, disciplinada y estratégica. Unos muros que separaban al gabinete del presidente y Comunicación, por un lado, y, por otro, a la vicepresidencia política, que había perdido buena parte de la garra de los tiempos iniciales de la primera legislatura de Zapatero. De la Vega, también al servicio de la causa día y noche, ha respondido con eficacia a miles de preguntas los viernes, no se ha salido del guión ni una vez y ha evitado silenciosamente más de un lío. Pero seis años y medio, de lejos el mayor período que ningún portavoz ha aguantado en la democracia, es demasiado tiempo para no acusar agotamiento. Ojalá se rescaten ahora las rutinas de las reuniones estratégicas, se alineen las prioridades, se acuerden por anticipado los pasos a dar, se mande en el Gobierno y se apoye al presidente para que mantenga firme el timón, y para que lo parezca. Con estos cambios en el Gobierno el presidente ha demostrado, una vez más, una paradigmática habilidad táctica.

Ahora bien, no creo que la gente, especialmente los desencantados votantes de la izquierda, derrochen entusiasmo por estos cambios. Podrán pensar que nos han arreglado temporalmente la avería, pero la pregunta es si las novedades servirán para aguantar lo que se avecina. ¿Bastarán estos arreglos de urgencia para mantener la casa presentable para 2011 y 2012? En eso, en la decoración del jardín y el saneamiento de los cimientos de la casa, tendrán que pensar también en breve los socialistas. Esa tarea está aún pendiente: un nuevo relato de futuro para los progresistas, que explique que hay una manera distinta de afrontar las crisis, que muestre una obsesión verdadera por proteger a la gente corriente pero desde un nuevo pragmatismo que proclame una ética no sólo de los derechos sino también de las obligaciones, que rediseñe el Estado del bienestar, que ofrezca una renovación del discurso integrador de la inmigración para que no sucumba a los miedos que tan bien explotan los racistas y los lobos con piel de cordero de la derecha supuestamente moderada. Los progresistas han de demostrar que no son unos idealistas ingenuos, sino tan realistas o más que los conservadores, pero con más alma.

Puede que unos meros apaños, que es lo que ahora el presidente podía hacer, sean suficientes para pararle el paso a un Rajoy descafeinado, que no se compromete y que calla esperando a que la crisis se lleve por delante al Gobierno. Hoy el PP está más preocupado que el martes pasado, está claro. Pero, a medio y largo plazo, los socialistas deben renovar el discurso, los liderazgos jóvenes, la emoción que suscitó el presidente feminista, pacifista, tolerante y positivo de 2004. El problema es que ya no pueden contraponer idealismo de formas y colores suaves al discurso pragmático, duro y de tonos fuertes de la derecha. En situaciones de crisis, la gente se refugia en la autoridad, la fuerza y la madurez de sus líderes: cambia el ecualizador, que ahora pide música rock en sustitución del chill out.

Pero los progresistas de España y del resto del mundo no se conformarán sólo con eso y pedirán luego un nuevo relato que, compitiendo con la supuesta solvencia de la derecha en asuntos como la unidad, el rigor, la gestión económica, la resolución y la disciplina, sea capaz de seguir mostrando su énfasis en la justicia social y la protección de los débiles. Por decirlo de manera sencilla, los conservadores se han preocupado de comunicar que pueden ser tan compasivos y sociales como los progresistas. Los progresistas no han comunicado que podemos ser tan duros, rigurosos, disciplinados y patriotas como los conservadores.

Los jóvenes y no tan jóvenes progresistas que se movilizaron en masa contra Aznar y con Zapatero por una política nueva, integradora, social, tolerante y solidaria, no han salido en masa a aplaudir los cambios en su Gobierno. Quizá no es el momento, porque la prioridad era atajar la inundación. Esperemos que, hechos los apaños, el presidente y los socialistas le dediquen un tiempo a renovar la decoración del jardín y los cimientos algo envejecidos de la cálida casa progresista.

Luis Arroyo es presidente de Asesores de Comunicación Pública

Ilustración de Mikel Casal