Opinion · Dominio público

Una Constitución feminista

Sofía Castañón

Diputada de Unidas Podemos y secretaria de Feminismos Interseccional y LGTBI

La vicepresidenta comparece como ministra de Igualdad por primera vez. Tras ella, los padres de la Constitución. Acabamos de darle una invitación a la presentación de nuestra ley de protección integral de la libertad sexual y contras las violencias sexuales. Nos confiesa que ya sabe dónde es y que irá la secretaria de Estado de Igualdad. Empieza su comparecencia y yo me agarro al café, tras toda la noche viajando para poder llegar desde Xixón. Es martes.

Cercana al cierre de su primera intervención, Calvo dice que ha encargado a la RAE que estudien cómo modificar la Constitución para que sea inclusiva en su lenguaje. Nos ilustra esta demanda con que ella misma ha tenido que prometer su cargo identificándose como ministro. Pienso que yo también, al entrar en el Congreso, sólo pude identificarme como “diputado”. Y si algo a una la mueve es el uso del lenguaje y qué realidades generamos o reafirmamos con él.

Aunque de nuevo pienso en el foco. Me preocupa más que si unas trabajadoras no se reconocen como trabajadores se queden sin seis meses de salario adeudado porque la patronal tiene en su empresa más cara que espalda a la hora de analizar el lenguaje en el que está escrito el convenio. Y me preocupa, profundamente, que en ese momento la RAE, desde sus cómodos sillones que no se parecen a las cadenas de montaje, a las sillas de los supermercados ni a la espalda doblada de las recolectoras, digan que tanto lenguaje inclusivo engendra monstruos, cual sueño de la razón. Me sorprende, por tanto, que sea esa misma RAE quien tenga que acometer la tarea de borrarle el patriarcado al idioma de la Constitución, porque primero tendrán que limpiar, fijar y dejar de ponerlo todo perdido de alcanfor, como están haciendo ahora. No porque no se haya hecho siempre (quienes para mí han cuidado la lengua y me han dado un espacio de vida y relación con el mundo a través de las palabras, nunca entraron en la institución porque nunca se les, se las, consideró) sino porque ahora revelan continuamente esa obstinación por no dejar que algunas cosas cambien. Almóndiga sí, heteropatriarcado no, amigovio sí, y así todo el rato.

El lenguaje no es esencialmente  patriarcal ni clasista, lo es su fijación. Y esto ocurre con facilidad cuando quienes fijan el lenguaje son mayoritariamente de la misma clase, género, edad, etnia y cultura. Si Carmen Calvo quiere que la RAE se remangue para que nuestra Constitución sea inclusiva, primero tendrá que ser inclusiva la RAE, que, como organismo con vías públicas de financiación, no debería seguir incumpliendo la ley socialista 3/2007 por la igualdad efectiva entre hombres y mujeres. Que tiene tarea, además de que haya académicos llamando a la buambulancia porque no les apetece nada dar cumplimiento al mandato. Si la vicepresidenta logra que algunos señoros, que destilan misoginia y clasismo desde espacios privilegiados de opinión alimentando mensajes de odio, dejen su sillón, desde luego muchas feministas le reconoceremos el mérito.

Pero con todo, quizás porque la poesía anda siempre con la imposible disociación del cómo se dice y el qué, me desconcierta un tanto que sea la RAE quien vaya a estudiar cómo hacer feminista la Constitución. Porque esto no se hace únicamente en el lenguaje. La Constitución nos debe incluir a todas y garantizar nuestra ciudadanía de pleno derecho y sin duda lo hará con palabras, porque la Carta Magna es una carta escrita, pero lo hará con fondo o no será feminista.

Señora Calvo, quienes podemos hacer la Constitución feminista somos quienes tenemos la responsabilidad de la representación popular. La haremos feminista de palabra y de vida pero no de boquilla, porque la trampa rescampla y no emancipa.

Garantizar vidas libres de violencias machistas, proteger nuestra libertad sexual, acabar con la división sexual del trabajo, reconocer nuestra genealogía, la que se ha silenciado tan intencionadamente, todo eso es lo que nos permitirá reconocer que nuestra Constitución será feminista. Una Constitución que además de padres tenga madres, abuelas, hermanas. Que de verdad asiente el derecho, como dice Irene Montero, a vidas dignas de ser vividas. Hacer otra cosa será un gesto, y los gestos acaban siendo coreografía pero no razón para bailar. La revolución ya es feminista y en las calles se está luchando y también bailando. Ojalá no veamos al nuevo Ejecutivo, como le pasó al anterior, con el pie cambiado.