Opinion · Dominio público

Oda a los festivales de extrarradio

Diana López Varela

Periodista y guionista

La primera vez que fui a un concierto, varias chicas se desmayaron y tuvieron que salir en camilla del foso. Yo las miraba estupefacta desde las gradas de la plaza de toros de Pontevedra; Alejandro Sanz cantaba La Margarita dijo no y mi madre me agarraba por si me daba por desmayarme a mí también. Yo nunca he sido tan fan de nadie como para llegar al desmayo. De hecho, solo me desmayé una vez en toda mi vida: cuando me hice el piercing del ombligo. Después me hice el de la lengua (tres veces, por diferentes motivos que incluían infecciones y atragantamientos nocturnos), pero nunca más me desmayé. Ni con una barra afilada de 4 centímetros clavada en mi garganta. Recuerdo haber pensado exactamente eso aquel día, a mis 12 años: “A esas les gusta mucho más que a mí, yo jamás me desmayaría por Alejandro Sanz. Ni siquiera estoy segura de poder perder el conocimiento por AJ de los Backstreet Boys”.

Me sentía frustrada por ser tan poco efusiva, jamás me llevarían a Música Sí ni a Sorpresa Sorpresa; no habría ninguna fantasía con perros y mermelada en mi vida. Yo no estaba diseñada para perder el juicio por nadie y, por tanto, no podría saborear las mieles del fanatismo absoluto cuando al caerme y abrirme la crisma contra la esquina del bafle me despertase en el hospital con la penetrante mirada azul de Nek al lado de mi camilla. Por aquel entonces, a mí sólo me penetraban las miradas.

Las imágenes de desmayos en conciertos eran muy habituales en los 90 y a principios de los 2000, pero no porque las adolescentes de entonces fuésemos víctimas de incontrolables rubores sexuales, sino más bien por sospechosos aforos que jugaban con la integridad de las que llenábamos los estadios. De esto me di cuenta unos pocos años después, cuando con 16 recién cumplidos fui sola a mi primer concierto. En esta ocasión, era yo la que estaba en el foso para ver a El Canto del Loco y tal fue la cantidad de gente que habían metido en aquel recinto ferial de Pontevedra que las lipotimias se intentaron apaciguar a manguerazo limpio desde el escenario mientras Dani Martín fingía ser un sublevado con zapatillas.

Desde entonces no soporto las grandes concentraciones de gente. Me provocan taquicardias, angustia y ansiedad. La sensación de estar atrapada en una maraña imposible de atravesar. Indómita. Pero cada vez son más los grandes festivales de música que apuestan por aforos gigantescos y la oportunidad de ver a determinados grupos por los que una no se desmaya, pero suspira bastante, se suelen reducir a este tipo de eventos. Así que te jodes y bailas.

O no bailas.

Estos días, mientras transcurría el Mad Cool de Madrid, la indignación sacudía nuevamente las redes sociales por las colas kilométricas formadas en los accesos durante las primeras horas, que estuvieron absolutamente colapsados por miles de coches y de personas intentando acceder al recinto para conseguir su pulsera. Algunos, hartos de esperar mientras la música sonaba dentro, decidieron ir por las bravas y tirar las vallas para asaltar el recinto, importándoles poco la seguridad de propios y extraños. Y pudieron hacerlo porque no había suficiente personal que lo impidiese. Parece que la experiencia de las tragedias recientes no ha calado todavía en los promotores de espectáculos que se aprovechan de nuestro dinero y de nuestro tiempo para mantenernos de cola en cola todo el verano, como si de misa de ocho se tratara. Cada vez que me veo en uno de estos fregados multitudinarios me pregunto hasta qué punto es sensato meter a miles de personas en un recinto –por muy grande que este sea– cuando no se cuenta con un protocolo para entradas y salidas similar al de los grandes eventos deportivos y resulta imposible controlar los movimientos de grupos enteros de personas.

Mientras el Mad Cool indigna de nuevo, en una esquina perdida de Galicia ruge un festival heavy que mueve a 80.000 personas hacia Viveiro, un pueblo con menos de 2000 plazas hoteleras en el que todo parece transcurrir con normalidad y decoro desde hace 13 años. El Resurrection Fest nos enseña que la buena educación, el compromiso municipal y las medidas de seguridad no están reñidas con el extrarradio. La consolidación de este festival hard-rock que mueve más de 100 bandas (este año han abierto el cupo a otras más mainstream como Scorpions y Kiss) lo ha llevado a convertirse en el Mejor Festival de Gran Formato en los Premios Fest 2016.

Mientras la burbuja festivalera Madrid-Barcelona se deshincha por saturación y dolor de tarjeta para las personas que nos tenemos que sufragar no solo las entradas, sino también el desplazamiento y un techo bajo el que cobijarnos los días de conciertos, los festivales en provincias y entornos privilegiados se multiplican sin descanso. Las personas sin ningún criterio musical y ex-grupies del Canto del Loco (eclécticas, como me gusta llamarnos) tenemos también grandes festivales sin acercarnos a la M-30.

En Galicia, el cartel de festivales medianos es cada vez más amplio en cuanto a pop-indie (Portamérica, SonRías Baixas, Atlantic Fest, Vive Nigrán, O Marisquiño, Festival de la Luz y varias decenas más) música folk (como el Mundo Celta de Ortigueira) y rock. Hace un par de semanas, la primera edición de O Son do Camiño movió a 30.000 almas para escuchar a The Killers, Franz Ferdinand, Jamiroquai, Two Door Cinema Club, Martin Garrix, Mando Diao y Lenny Kravitz en el Monte do Gozo de Santiago. De repetirse, los organizadores aseguraron que no cabían más personas –lo aseguro yo también, que estaba allí– y que el año que viene el objetivo era mejorar la experiencia de los asistentes.

En las capitales y en las provincias, este año toca volver a recordar a las organizaciones de los macrofestivales que dejen de jugar con los aforos, que contraten a un número suficiente de personas para los controles, que despachen pulseras en menos de media hora y que eviten a toda costa las colas kilométricas que comprometen la seguridad. También es importante que dispongamos de los baños suficientes para no ver a personas en los jardines haciendo cosas que pertenecen al ámbito de la más estricta intimidad –hombres del mundo, esforzaos en mear a cubierto–, y que comer un bocata no sea una odisea que conlleve perderse medio concierto.

Sería tremendo si, además, vemos a más mujeres sobre las tablas de los escenarios principales. Disfruten del verano y de los festivales. Y si pueden, vean a Lenny Kravitz en directo.