Opinion · Dominio público

Nicaragua, otro clamor desoído

Federico Mayor Zaragoza

Presidente de la Fundación Cultura de Paz y ex Director General de la UNESCO (1987-1999)

En las últimas semanas he leído decenas de artículos –con acentos muy discordantes- sobre la situación en Nicaragua. Y he comentado la situación y posibles soluciones con muchas personas, con frecuencia  sorprendidas y agraviadas por el curso de los acontecimientos. Una vez más, pienso que en casos de esta naturaleza –con centenares ya de víctimas- es apremiante hacer una pausa, encontrarse, hablar y conciliar… pensando sólo en el futuro, en todos los nicaragüenses, pero en particular en las generaciones que llegan a un paso de las nuestras y no merecen hacer frente a horizontes tan clamorosamente injustos y ensangrentados.

Un muerto ya son demasiados muertos. Tres centenares es absolutamente inadmisible.

El neoliberalismo ha desplazado –con sus grupos plutocráticos G7, G8, G20- al multilateralismo democrático, cuyo máximo exponente son las Naciones Unidas, y hoy son muchas las situaciones de violencia, opresión y guerra que no hallan los cauces de conciliación adecuados.

El “gran dominio” (militar, financiero, energético, mediático) ha conseguido que la mayoría de la gente no se aperciba de sus responsabilidades y de las capacidades de expresión y participación que hoy les confieren las tecnologías digitales. Es preciso e inaplazable que “Nosotros, los pueblos” -como se inicia la Carta de las Naciones Unidas, entonces y hasta hace poco prematuramente- tomemos la palabra y, mediante grandes clamores populares, presenciales y/o en el ciberespacio, manifestemos abiertamente nuestra opinión, nuestras protestas y propuestas.

Se ha convertido en espectadores impasibles y silenciosos a los que hoy ya pueden alzar la voz y manifestar anuencias o discrepancias. Por eso, cuando, por fin, los pueblos se manifiestan y elevan la voz, es necesario, imprescindible, acuciante, atenderlos. Por primera vez en la historia, nos hallamos ante procesos potencialmente irreversibles, que pueden afectar a la humanidad en su conjunto y, a pesar de las alertas y alarmas, siguen desatendidos y los ciudadanos-actores-activos brillan por su ausencia.

No deben acallar por más tiempo la voz de la gente. Y no deben –sobre todo los que representaron antaño la emancipación popular- usar la fuerza y la violencia. Si alguien conoce los frutos indefectibles de la resistencia es quien hoy se resiste a la conciliación y la palabra, que siempre acaba ganando la partida, pero dejando numerosas víctimas de los “contendientes” en el camino, vidas con frecuencia de los más inocentes, innecesarios sacrificios, los que más duelen, los más indebidos. Así lo he pensado siempre con profundo dolor en los procesos de paz en los que he participado: ¡si se hubiera empezado por la palabra en lugar de por la fuerza!

Es un movimiento no violento, desarmado, que ha pretendido, a través de una Mesa de Diálogo Nacional en el que participan representantes del gobierno, que la sociedad civil pueda expresarse libremente, con la mediación de la Iglesia. Se trata de lograr inculcar en ambas partes actitudes que desarticulen cualquier tentación de dominio y opresión. Directrices que motiven y orienten a la “sociedad civil” (campesinos, universitarios, empresarios…) para lograr restablecer un sistema auténticamente democrático y participativo en Nicaragua. Boaventura de Sousa Santos ha escrito recientemente, con su gran autoridad ética y política, que “la oposición al orteguismo cubre todo el espectro político y, tal como ha ocurrido en otros países (Venezuela, Brasil), sólo muestra unidad para derribar el régimen, pero no para crear una alternativa democrática… En las alianzas alcanzadas con la Iglesia y los grandes empresarios se consiguió un considerable crecimiento económico basado en la receta neoliberal: gran concentración de riqueza, dependencia de los precios internacionales, megaproyectos, monopolio de los medios masivos, instrumentalización del sistema judicial y reelección indefinida”…

Desde hace muchos años he colaborado intensamente con el Instituto Martin Luther King de la UPOLI y deseo sinceramente poder seguir haciéndolo durante muchos años más, trabajando en favor de la cultura de paz y no violencia. Fue Martin Luther King quien nos advirtió de la improcedencia de guardar silencio.

La cultura de paz consiste, precisamente, en facilitar la transición desde una cultura de dominio, imposición, violencia y confrontación a una cultura de encuentro, diálogo, conciliación, alianza y paz. ¡De la fuerza a la palabra! Esta es la transición histórica que debe ahora mismo, sin mayor demora, ponerse en práctica en Nicaragua.

En los últimos días el propio Papa Francisco ha intervenido para facilitar una inflexión que permitiera recuperar la total vigencia y posibilidad de éxito del Diálogo Nacional. También el Secretario General de las Naciones Unidas ha abogado para que “se logre un nuevo consenso”.

La violencia no tiene disculpas, la ejerza quien la ejerza. Lo acaecido en la Universidad Nacional de Nicaragua y en Masaya no puede a continuación describirse en términos patrióticos ni reduccionistas. Es necesario que la gran fractura social que existe en estos momentos pueda restañarse a través del encuentro y del buen sentido. Las resoluciones de instituciones como la OEA deben ser tajantes  y claras. El Presidente Ortega debe adoptar decisiones que permitan recuperar el sentido democrático sin demora. Y esto se consigue con propuestas concretas y convincentes en la Mesa del Diálogo y no con escuadrones de paramilitares.

En el diálogo habrá, lógicamente, disidencias y discrepancias, pero nunca deben mantenerse posiciones inamovibles. Es preciso establecer con claridad que –como acaeció en Argentina y en otros casos recientes- la presión internacional no se halle influida por grandes consorcios mercantiles.

Hay que lograr la reconciliación. La reconsideración del Sistema de las Naciones Unidas es, vuelvo a repetirlo, absolutamente indispensable para que la humanidad pueda hacer frente a los grandes desafíos –cambio climático, pobreza extrema, nuclear- que le afectan de manera apremiante en su destino común.

Serenidad y buen juicio para, en pocos días, aclarar y reconducir  la deriva de este queridísimo país, símbolo de tantas cosas positivas. Diálogo, diálogo, diálogo para lograr la reconciliación nacional imperativamente, sin un muerto más, sin acciones de fuerza que conduzcan a situaciones irreparables.