Opinion · Dominio público

No recuperamos su memoria, sólo consumimos su imagen

Helena Maleno

Defensora de los DDHH, periodista e investigadora

Tengo un hijo y una hija.

Mi niño es rubio con ojos azules.

Mi hija es una niña racializada.

En estos días me he puesto a pensar cómo el cuerpo de mi hija, mujer además, está mucho más expuesto que el de mi hijo.

A imaginar que si ambos se estuviesen ahogando en el mar, mi hija tendría muchas más posibilidades de ser grabada echando espuma por la boca, exponiendo su cuerpo inerte y, si es el caso, desnudo. Es mestiza y es mujer.

No es una opinión, es desgraciadamente una realidad.

Cuando siento el terrible dolor que me produce este pensamiento imagino a muchas personas explicando que el cuerpo inerte de mi hija sirve para sensibilizar a los espectadores. Personas que consumen sus últimas bocanadas de aire para empatizar con su humanidad.

¿De verdad necesitan ver sus convulsiones, sus ojos, su piel inerte, para plantearse hacer políticas, acciones o incluso donaciones para que no muera más gente como mi hija? Me parece una idea absolutamente perversa y, lo que es más grave, totalmente racista.

Si alguien necesita esas imágenes obscenas del dolor para reaccionar contra la muerte de las personas en las fronteras o para pedir responsabilidades a los gobiernos es que su conciencia está enferma.

Las políticas de la compasión ya se inventaron hace décadas. En ellas se enmarca la imagen de una Europa racista que necesita seguir siendo buena.

Europa, responsable de construir grandes fortalezas, de expoliar y de hacer negocio con las muertes en las fronteras, necesita seguir siendo inocente.

Necesita salvarse a sí misma a través de la exposición cruel de los cuerpos de “las otras”.

Cuando se publican las imágenes de las muertes, ¿quién se lleva el rédito mayor? ¿Deja Europa de ser racista? ¿Dejan de existir los negocios de la guerra en las fronteras? ¿Piensa Europa en quiénes eran las víctimas? ¿Se inician procesos para buscar justicia, verdad, reparación y no repetición a través de la exposición de los cuerpos de “las otras”? No, es una terrible falacia; en lugar de dignificar su memoria, las imágenes de esos cuerpos inertes sirven para afianzar el buenismo de los salvadores, de una Europa que, como he dicho antes y lo reitero, necesita salvarse a sí misma.

Desde luego esta reflexión no me pertenece. Es el grito de muchas personas a las que he acompañado durante estos años y que pasado el tiempo me explicaban el dolor que les provocaban las imágenes constantemente repetidas.

Una madre me dijo un día: “Era como si mi hijo se estuviese muriendo cada vez que alguien inicia el vídeo”. Judith Butler en su libro Marcos de guerra: Las vidas lloradas viene a decir que las imágenes expuestas constantemente hacen que el hecho nunca deje de suceder, como si estuviese pasando todo el tiempo. Inmediatamente entendí el dolor de esa madre.

“Si pudiese borrar ese vídeo para siempre, lo haría”, me explicaba.

En el vídeo de su hijo nadie le puso nombre, ni contó su historia, ni aparecieron imágenes de él cuando estaba vivo. La mayoría de los que le vieron flotando en el mar, torso desnudo y la boca blanca de espuma, no sabían quién era.

No recuperamos su memoria sino que consumimos su imagen.

Otra amiga, mucho tiempo después de haber cruzado a España, me explicaba que había huido a un país del Norte de Europa, porque ella, víctima de trata, había sido fotografiada a su llegada repetidas veces con su hijo en brazos. “Acababa de salir de la patera, estaba cansada, muerta, había vomitado. Llevaba a mi hijo en brazos y sólo pensaba que tal vez en Europa podía huir de la pesadilla. Entonces empezaron a hacerme fotos a mí y a mi hijo. La cámara casi nos tocaba la boca. No podía decir nada, quería explicar a las personas que nos sacaban de la embarcación que no quería, pero no tuve fuerzas. Hoy, años después de estar en Europa, sé que no puedes hacer fotos a un bebé sin pedir permiso a sus padres. A veces me da rabia y me gustaría denunciar”.

En el fondo, lo que estas dos madres ponen sobre la mesa es la imposibilidad de decidir sobre sus cuerpos y los de sus familias, como si ello fuese otra de las normas no escritas de las fronteras. Esta exposición, como otra de las formas de violencia en los espacios de no derecho.

Porque hacemos con el dolor de las fronteras políticas del espectáculo. Y todos sabemos que los beneficios mayores del teatro se los llevan los creadores del mismo, aquellos que nos facilitan tener acceso a esas imágenes que consumimos.

Los barcos procedentes de Italia que llegaron a Barcelona y a Valencia fueron expuestos en un espectáculo en el que la España salvadora y su acogida eran los protagonistas. Por el contrario, durante las últimas semanas cada día llegan a la Frontera Sur personas que son abandonadas, sin acogida. Las políticas de la compasión y del show son así: eligen los momentos y las imágenes más beneficiosas.

Y otra vez me entra un escalofrío al pensar quién decide sobre el cuerpo de mi hija, sobre los otros cuerpos como el de ella. Quién decide sobre cómo usarlos, mostrarlos, desnudarlos, invisibilizarlos, esclavizarlos, victimizarlos.

Me entra la rabia y quiero que dejen de poner sus garras sobre ella, manos sucias llenas de compasión, cargadas de racismo. Necesitan ser cuerpos respetados, reconocidos. Necesitan que ustedes tumben esta mierda de sistema racista.