Opinion · Dominio público

Anarquismo y CNT

JOSÉ LUIS LEDESMA

Tal día como hoy hace un siglo, el día de difuntos de 1910, nació uno de los grandes protagonistas colectivos del siglo XX español. El Congreso Obrero Nacional que se clausuraba esa tarde en Barcelona acordó constituir una federación de ámbito estatal, que habría de denominarse Confederación Nacional del Trabajo. La CNT. Aquel hito no era un parto ex nihilo. A ese congreso envió un mensaje de adhesión un casi septuagenario que arrastraba cuatro décadas de propaganda de “la Idea”, persecuciones e internacionalismo societatario: Anselmo Lorenzo. Entregaba así el testigo que portaba desde la famosa reunión de 1869 con Fanelli, el enviado de Bakunin, que pasa por ser el acta fundacional del anarquismo español.
Anarquismo ibérico y CNT no pueden confundirse sin más. Por un lado, el primero precedía en mucho a la segunda y no se limitaba a ella. Antes y después de 1910, el mundo libertario era un complejo conglomerado en el que, además de sociedades obreras y sindicatos, había otros muchos espacios, como ateneos y escuelas racionalistas, grupos de afinidad y falansterianos, comités de defensa y propresos, periódicos y editoriales, grupos naturistas y nudistas. Pero al mismo tiempo, el anarquismo era menos que la CNT. Si bien en ella estaban casi todos los que eran anarquistas, no lo eran todos los que estaban. Entre los cientos de miles de militantes con que la CNT llegó a contar, la mayoría se afiliaba a ella porque su táctica de la acción directa y autodefensa obrera parecía más eficaz en los conflictos laborales, y se identificaban más con una mezcla de anarquismo difuso y tradición democrático-republicana que con las elucubraciones sobre el comunismo libertario.
Ni siquiera los dirigentes hablaban a una sola voz en clave ácrata. Es posible encontrar una tensión nunca resuelta entre, grosso modo, dos grandes corrientes. De una parte, un anarquismo más individualista y maximalista, que suele identificarse con la FAI, Los solidarios y la familia Montseny, que pretendía dar un contenido “netamente anarquista” a la CNT. Y de otra, uno societario, plasmado en el anarcosindicalismo, que pretendía consolidar las estructuras sindicales y preparar desde ellas la sociedad futura.
Nada de eso implica minimizar la trascendencia del fenómeno. Desde al menos 1917 hasta el final de la Guerra Civil, los anarquistas orientaron la central sindical más poderosa del país, cosa que no ocurrió en ningún otro, e hicieron de ella la organización de inspiración libertaria más importante del mundo. Los historiadores llevan mucho tiempo preguntándose el porqué de esta particularidad española. Se ha interpretado el anarquismo como una forma de rebeldía primitiva y como fruto del atraso socio-económico o se ha aludido a factores culturales e incluso religiosos. Pero eso soslayaba que su principal foco de arraigo –el área de Barcelona– era la zona más industrializada del país. Su éxito fue probablemente el de un ideario y unas prácticas sindicales que se adaptaban bien al Estado ineficaz, represivo y poco integrador de la España de comienzos del siglo XX.
La misma heterogeneidad que lo fracturó de modo recurrente nutrió su arraigo y sus muchos rostros. Ahí está el menos amable, el de los arrojadores de bombas y “reyes de la pistola obrera”, o el de los milicianos justicieros de la Guerra Civil. Alguno de ellos debe de revolverse en su tumba cuando se entiende la memoria como una herencia a beneficio de inventario y se le engloba hoy entre los luchadores por la actual democracia. Pero no fueron los más.
Junto a ellos aparecen otros muchos semblantes sin salpicaduras de sangre: los de individualistas bohemios y organizadores de sindicatos, sesudos escritores utópicos y campesinos sindicados, jóvenes libertarios y milicianas con mono azul. Y los de todos aquellos implicados en los ateneos, escuelas nocturnas y grupos a través de los que se creó una tupida red de ayuda mutua y sociabilidad alternativa a la burguesa y todo un proyecto pedagógico-cultural al margen de Estado. Tal vez sea esa diaria labor de emancipación integral por la cultura, junto a la propia CNT, el mayor haber legado por el anarquismo español.
También a principios de un noviembre, el de 1936, tuvo lugar un hecho sin parangón. Por vez primera en la historia mundial, los anarquistas entraban en un gobierno estatal. En plena Guerra Civil, dos anarquistas puros y dos anarcosindicalistas se incorporaron al gabinete de Largo Caballero. Otro y, para muchos, inicio del ocaso del anarquismo ibérico. La puntilla vendría con la derrota bélica.
Un movimiento tan importante no podía desaparecer de la noche a la mañana, y no lo hizo. Miles de cenetistas siguieron militando y nutrieron la guerrilla antifranquista, la Resistencia francesa, los sindicatos y los comités en la clandestinidad y el exilio. Pero nada volvería a ser lo que fue. El franquismo mandó al paredón a millares de libertarios y aplastó su vasto entramado asociativo. Y si bien pareció resurgir durante la Transición, la sociedad de consumo había laminado sus bases sociales y culturales. Hoy constituyen un movimiento minoritario que mira atrás con nostalgia.
Su historia es de doble derrota, porque son rememorados menos que otros. Pero no pocos de sus valores y demandas de emancipación individual y colectiva, política y social, cultural o sexual son aún retos pendientes recogidos por los nuevos movimientos sociales. Algunos incluso han acabado integrados en los actuales Estados de derecho. Ese es tal vez su legado un siglo después: solo eso, pero nada menos que eso.

José Luis Ledesma es historiador

Ilustración de Miguel Ordóñez