Opinion · Dominio público

Más allá del día después

PERE VILANOVA

Las elecciones de hoy no sólo tienen en vilo a Estados Unidos, sino que sus expectativas van mucho más allá, son una especie de test de la Presidencia de Barack Obama. Para evaluar tal hipótesis, hay que tener en cuenta al menos dos aspectos de la cuestión. Uno es el propio sistema político norteamericano, y en concreto su sistema electoral, que en este caso se aplica a las elecciones legislativas. El otro es el envite, o los envites, reales de estas elecciones, de las que ya cabe adelantar que ni son un caso inédito (pase lo que pase) en la tradición de Estados Unidos, ni van a enterrar la actual Presidencia. Pero los resultados sí pueden influir, o incluso alterar, la agenda política del presidente Obama.
El régimen político de Estados Unidos, dentro de las tipologías clásicas de regímenes políticos comparados, es el paradigma del “presidencialismo puro”, basado en una separación de poderes muy rígida en comparación con el régimen parlamentario tan extendido en Europa. La diferencia con nuestro sistema político es muy grande, aun cuando ambos comparten el principio de la separación de poderes. En Estados Unidos, el mandato presidencial dura cuatro años, y se vota el primer martes después del primer lunes de noviembre. Punto. Y lo mismo sucede con las dos cámaras del Parlamento, es decir, el Congreso. La Cámara Baja, o Cámara de Representantes, se renueva totalmente cada dos años, y el Senado, por tercios también cada dos años. En ese tipo de régimen, no hay ni voto de investidura, ni moción de censura, ni cuestión de confianza, ni disolución anticipada de las cámaras (el llamado impeachment presidencial se limita a casos de imputación penal). En este contexto, Obama, o mejor dicho, su partido, puede tener un mal resultado hoy, pero ello no implica necesariamente que esté en riesgo su reelección en 2012. De hecho, desde Truman, todos los presidentes han sido castigados en las primeras legislativas de su primer mandato, con dos excepciones: G. W. Bush en 2002 y Clinton en 1998, pero la lista incluye a Reagan, Kennedy, Bush padre, Nixon. Clinton perdió mas de 50 parlamentarios en 1994 y ganó su reelección cómodamente en 1996.
Ello nos lleva a la segunda cuestión: en unas elecciones legislativas, los candidatos tienen que rendir cuentas (y prometer mucho) a sus votantes en sus distritos uninominales, y en ambos partidos la fragmentación de intereses, grupos, lobbies, e incluso ideologías es espectacular. ¿Cuáles son los envites? Según muchos analistas, los votantes se pronunciarán sobre la crisis económica, pero no desde la perspectiva de si el G-20 tiene que pasar a G-22 o si China e India han de presidir el Banco Mundial. Se trata de los jobs, la creación de empleo (hay un 10% de tasa de paro, porcentaje que en Estados Unidos se considera alto), y en cómo se traduce el déficit (casi el 10% del PIB) en la vida diaria del votante. La reforma sanitaria, el sello personal de Obama en esta primera legislatura, sus costes y sus consecuencias. Aquí es donde florecen estas peculiares acusaciones de que Obama es socialista o comunista, y además musulmán (lo cree el 18% de la población), y donde siembra el Tea Party, que sobre empleo no ha dicho esta boca es mía. Es uno de los temas de la agenda donde hay más agitación ideológica en el extremo derecho del espectro. La inmigración es un tema que ha ido creciendo, hasta el punto de que algún Estado ha definido políticas de control (de hecho represión) que vulneran aspectos clave de la legislación federal en materia de derechos. El cambio climático es otro tema que, en otros sectores electorales, tiene su importancia. La gente ha olvidado que en 2000 la polémica elección presidencial en Florida, que dio de modo dudosamente legal la victoria final a Bush sobre Gore, se debió sobre todo a las decenas de miles que sacó el candidato ecologista (y apolítico) Ralph Nader en Florida. La gestión de la catástrofe de la plataforma petrolera de BP en las costas del Golfo de Mexico, imputable exclusivamente a la compañía, recae electoralmente sobre la Presidencia, pero su alcance es escaso en los estados alejados del lugar. La incógnita es, por ejemplo, si el tema de la Seguridad Nacional, la lucha antiterrorista, le puede costar votos al partido demócrata en general, aunque más bien es un tema que afectaría a la próxima elección presidencial, como el tema de Afganistán o en su día el de Irak.
En otras palabras, ante la heterogeneidad y fragmentación de cada uno de los partidos, tanto el demócrata como el republicano han de afrontar sobre todo sus dilemas internos. Por ejemplo, el establishment republicano está muy preocupado por ese ovni llamado Tea Party, que es ante todo una revuelta interna de la extrema derecha de sus bases, pero en última instancia lleva a muchos candidatos (de ambos partidos) a acercarse a tan estrafalario discurso por si su influencia fuera mayor de la esperada. Los demócratas temen sobre todo la abstención, por fatiga o por escepticismo ante el escaso avance del programa de Obama: los jóvenes y los votos hispano y negro son esa variable.
Que Obama tenga ahora un 47% de aprobación es significativo en relación al 74% que tuvo al comienzo de su presidencia. Pero desde Truman, en el momento de la primera mid-term election los presidentes han estado entre el 65% (Clinton, en 1998) y el 41% (Reagan, en 1982). Es una opinión muy generalizada que la primera elección parlamentaria suele incluir siempre una advertencia, admonición o rapapolvo al presidente. Veremos qué sucede hoy. Hasta las presidenciales de 2012 quedan dos años justos.

Pere Vilanova es catedrático de Ciencia Política de la Universidad de Barcelona

Ilustración de Enric Jardí