Opinion · Dominio público

Villanos y chacales: el verano del odio

Alessandro Faggiano

Politólogo y redactor jefe de ‘Termómetro Político’

El derrumbe de un puente en Génova – que ha acabado con la vida de más de 40 personas – ha generado una oleada de comentarios que abarca una amplia gama de los sentimientos humanos: la tristeza y la desesperación, por la tragedia acontecida; la rabia, porque la solidez del Ponte Morandi ya había sido cuestionado por varios ingenieros y estuvo en el centro del debate público local por años; la esperanza y la fe, por el gran trabajo cumplido por los rescatadores. Los comentarios de la élite política no han faltado en llegar con tempestividad y, otra vez, se re-presenta el abominio del je accuse en tiempo real, cuándo las heridas todavía sangran y duelen. El Movimiento 5 Estrellas señala el Partito Democratico, responsable de la privatización de las carreteras y de la consecuente concesión al grupo Atlantia, de la tanto criticada familia Benetton. Por otro lado, el PD acusa tanto el histórico fundador del M5S (el genovés Beppe Grillo), tanto los consejeros pentaestrellados de la ciudad. Una acusación procedente de una serie de declaraciones sobre la supuesta inutilidad de construir una variante para reducir la carga sobre el Ponte Morandi (considerada como la enésima gran infraestructura útil sólo y únicamente para rellenar los bolsillos de los corruptos). Por parte del PD, de sus aliados y de los enemigos de su enemigo, llegan precisas las acusiones de especulación sobre una tragedia que, en lugar de unir en la solidaridad, divide en la sospecha. Un intercambio de ataques que se verifica mientras se siguen contando los muertos, los heridos, los dispersos. Mientras M5S y PD pelean sobre la paternidad de la triste fatalidad – buscando descargar toda responsabilidad sobre el otro y sin hacer la más mínima autocrítica -, la Liga sigue con su obra incesante de especulación y propaganda. Salvini se supera a si mismo y en el día de la tragedia, afirma que – por lo menos – hay una buena noticia: los migrantes rescatados en el barco Aquarius serán repartidos entre otros Países europeos -. Una celebración inoportuna – aún más si procedente del Ministro de Interior – en un día de luto nacional.

Trabajadores de la Cruz Roja de Italia buscan desaparecidos entre los escombros del puente Morandi en Génova, Italia. / EFE - OFICINA DE PRENSA DE LA CRUZ ROJA
Trabajadores de la Cruz Roja de Italia buscan desaparecidos entre los escombros del puente Morandi en Génova, Italia. / EFE – OFICINA DE PRENSA DE LA CRUZ ROJA

Nadie cede ni un  solo centímetro, en la larga itálica campaña electoral permanente: tampoco ante las grandes tragedias que golpean centenas de familias. Cualquier ocasión, hasta la más incómoda, la más cruel, puede ser utilizada para fines electorales inmediatos y para reforzar el propio discurso. Parece imposible llegar a un armisticio, a un brevísimo “alto al fuego” éticamente necesario, por respeto a las víctimas y por la misma imagen del País. Una deprecable caza de brujas que acaba con las ventanas de diálogo, y que reafirma con contundecia la supremacía de la retórica sobre la dialéctica.

Destacan las declaraciones del día después del derrumbe del puente: el M5S quiere la resolución del contrato con la gestora de las autopistas italianas, Atlantia, responsable principal (según el Gobierno) de la tragedia. El mismo líder del M5S, Luigi Di Maio (Ministro del trabajo), ha pedido las dimisiones de los altos cargos de la empresa. Una condena que se sustenta en la emotividad del momento, en cuanto faltan todavía análisis técnicas (que puedan comprobar las responsabilidades de cada uno) y aún no hay sentencias. El ejecutivo se eleva a juez y justiciero, reclamando la cabeza de un responsable que, hasta el momento, sigue siendo sólo un sospechoso. Ahora bien, este Gobierno ya nos ha acostumbrado a declaraciones de impacto que luego, con el tiempo, se matizan y toman formas más idóneas y respetuosas del estado de derecho. Es plausible que se forme una Comisión urgente para determinar cuales han sido las causas del derrumbe, quienes son los responsables y en que medida hayan contribuido al desastre.

No obstante, la comunicación política del ejecutivo verde y amarillo fomenta, y aboga por el justicialismo. Si, en pasado, la mayoría de los Gobiernos buscaba ampliar sus competencias hacia la esfera legislativa – abusando del utilizo de decretos y mociones de confianza -, Salvini y Di Maio lideran una cruzada de elevación moral del ejecutivo, apelando tanto al “senso común” como a una más que idealizada voluntad popular. Así, los Ministros asumen el papel de jueces (sentenciando con antelación respecto a la magistratura) y de portavoces de la opinión pública. En este sentido, se observa el intento – por parte de M5S y Liga – de hacerse con unas funciones propias del poder judiciario. Todo, en nombre de la regeneración y del cambio.

El hilo del odio

Hay un hilo que une el caso Aquarius (que tanta repercusión ha tenido en España) y la tragedia de Génova: la espasmósdica necesidad de encontrar un enemigo común. Que sea el migrante o la multinacional; que sea el PD o la Unión Europea: el odio y el miedo son emociones determinantes para reforzar la narrativa del nuevo gobierno, que consigue captar tanto a la derecha (con la Liga que domina esa parte del espectro ideológico), como a la izquierda (con un M5S que, a pesar de acercarse rápidamente a Liga, aún no tiene competidores reales en el centro del tablero, tras el declive del PD). Nos encontramos ante la constante exaltación del peligro, que no considera datos reales y pruebas evidentes, y que genera más y más inseguridades en la población (amplificando el impacto de las emociones sobre el contenido lógico-racional del discurso). En este marco, ningún partido de izquierda ha sido capaz de reaccionar y proponer algo rompedor que acabe con la narrativa del odio y de la sospecha, echando en falta caras nuevas y, sobre todo, ideas nuevas.