Dominio público

Ossorio, Azaña y la República

ISABELO HERREROS

Para quienes se hayan aproximado a la historia y convulsiones de la Segunda República española, el nombre de Ángel Ossorio y Gallardo les será familiar. Fue un jurista y político, conservador y católico, diputado en las Cortes Constituyentes republicanas con la tarjeta de "monárquico sin rey al servicio de la República". Los lectores de Público han tenido ocasión de acceder a la biografía-semblanza que hizo, ya en el exilio, en homenaje a Lluis Companys, fusilado por Franco en 1940. Ossorio había defendido como abogado al presidente catalán tras la rebelión de la Generalitat contra el Gobierno radical-cedista en octubre de 1934.
Con ocasión de los mismos hechos defendió igualmente a Manuel Azaña, encarcelado también en Barcelona. Por entonces se fraguó entre estos dos personajes una gran amistad, hasta el punto de que cuando Azaña, ya en el exilio, en junio de 1939, decidió volcar en unas cuartillas una reflexión profunda y desgarrada de cuanto había sucedido en España en los últimos meses de la guerra, lo hizo en forma de carta a su amigo Ángel Ossorio, exilado en Argentina, tras ser el último embajador republicano acreditado en Buenos Aires. No es exagerado hablar de documento excepcional, si tenemos en cuenta que buena parte de las citas de Azaña que se utilizan por historiadores y escritores proceden precisamente de este texto; por ejemplo, la conocida frase "el Museo del Prado es más importante que la República y la Monarquía juntas". De la carta a Ángel Ossorio son también estas desoladoras palabras: "Tanto me da vivir en un palacio como en una aldea. Todo lo que soy lo llevo conmigo. Por lo visto, conservo un fondo casticísimo, de indiferencia estoica, y me digo como Sancho: desnudo nací, desnudo me hallo; ni pierdo ni gano".
Se trata de la mejor crónica acerca de los momentos finales de la Segunda República y contiene emociones que sólo se pueden transmitir a alguien muy próximo, como cuando le habla de la lealtad y patriotismo de los soldados republicanos y del momento, para Azaña conmovedor, de la última revista a la guardia presidencial en la localidad fronteriza de La Vajol.
Ossorio y Gallardo fue una personalidad relevante de la Segunda República, aunque hasta la guerra no ocupó cargo político, si bien no dejó de estar en el candelero durante aquellos años. Había vivido como decano del Colegio de Abogados de Madrid los estertores de la monarquía, además de asumir la defensa de Niceto Alcalá Zamora y Miguel Maura en el consejo de guerra que se siguió a los integrantes del Consejo Revolucionario en marzo de 1931.
Tras su destacado papel en las Cortes Constituyentes, en las que defendió de forma ardiente el Estatut de Catalunya, volvió a dedicarse en pleno al ejercicio de la abogacía, su vocación y pasión; sin dejar de dar conferencias y escribir artículos en defensa de las conquistas sociales obtenidas por los trabajadores con el nuevo régimen, así como de la obra educativa republicana.
Durante el llamado bienio negro, al desatarse la persecución contra socialistas y republicanos de izquierda, no dudó en comprometerse en la defensa de estos en los tribunales. Precisamente en el libro Mi rebelión en Barcelona, publicado por Azaña después de ser puesto en libertad tras sufrir varios meses de arbitraria prisión, aparecen los recursos y escritos al Tribunal Supremo de Ossorio, que dan muestra de su sabiduría jurídica. Fue en ese periodo en el que Ossorio se decantó claramente hacia lo que representaba políticamente Manuel Azaña, de quien había sido adversario político leal en las Constituyentes, y de quien pasó a ser fiel e incondicional amigo.
En los diarios de Manuel Azaña aparece reflejada una entrevista entre los dos amigos en plena guerra, en junio de 1937, en la residencia presidencial de La Pobleta, recién nombrado Ossorio embajador de España en Francia: "Ossorio es un caso de estudio. Inteligente, se tropieza pronto en él con la terquedad. Íntegro, de buena intención, con el grano de malicia para no caer en el papanatismo. Chistoso, mordaz, pronto al apasionamiento. Con fuertes nociones conservadoras sobre el Estado, la autoridad, el Gobierno, etcétera, y ganoso de popularidad. La busca, y a veces la encuentra, precisamente por el contraste de su conservadurismo oficial y de abolengo con una manera de democratismo a la madrileña, declarado casi siempre en desparpajo y llaneza".
Por su parte, Ossorio también dedicó en sus memorias unas páginas a su amigo, de quien defendía su capacidad de gobernante, su oratoria e incluso su valentía personal. Para cuando Ossorio escribió sobre Azaña, este ya había muerto en el exilio y, sin ahorrar críticas, que por otra parte siempre se las dijo a la cara, como corresponde a un amigo, nos encontramos con uno de los mejores retratos que se han hecho del presidente de la Segunda República: "¿Tenía corazón Azaña? La leyenda asegura que no. Yo puedo atestiguar lo contrario. No sólo tenía corazón sino que algunas veces usaba de él abusivamente. Ya lo hemos visto en el caso de Sanjurjo, en que el corazón le llevó a cometer un magno error que yo compartí. Pues todavía puedo dar fe de que una vez le vi salirse de la Constitución para amparar… ¿a que no lo sospecha el lector? A José Antonio Primo de Rivera, uno de sus enemigos más encarnizados, pero cuya vida quería salvar a todo trance.
Además, era un hombre de humor y de muchísima gracia. Sus comentarios irónicos son lapidarios. Las cartas íntimas rezuman ingenio. Algunas guardo yo como oro en paño".

Isabelo Herreros es periodista. Autor de la biografía ‘Ossorio y Gallardo, un presidente entre Romanones y Azaña’

Ilustración de Javier Olivares