Opinion · Dominio público

Raqqa: el aniversario de una liberación fallida

Morir permaneciendo, o morir huyendo”

Por estas fechas se cumple un año desde que algunos raqqawis se vieron obligados a darle el último adiós a su ciudad. Tras ellos dejaban sus hogares y el fruto de toda una vida. Su desconsuelo se convirtió paradójicamente en un alivio, o mejor dicho, en una ceremonia de exaltación para quienes los esperaban al otro lado. Abandonar la ciudad suponía la única carta de salvación tras haber resistido a tres años de maltrato, vejación y sometimiento bajo el yugo de Daesh. Este paso desesperado hacia el abismo, la incertidumbre y la aceptación de pérdida de un proyecto de vida estaba motivado por el asalto de las Fuerzas Democráticas Sirias (FDS) a la ciudad señalada como “la capital de Daesh”. Este conjunto de milicias lideradas por combatientes kurdos y respaldadas por la Coalición Internacional protagonizaba el culmen épico de una batalla denominada “La Ira del Éufrates”, emprendida a inicios de noviembre con un objetivo claro, o al menos a corto plazo: erradicar al autoproclamado califato.

Para muchos de los que lograron escapar, no era la primera vez que se veían obligados a abandonar el techo que les daba cobijo de la artillería y el caos que se había apoderado de las calles de Al Raqqa, por lo que el sentimiento de pérdida y humillación era doble (o triple en algunos casos). Después de experimentar lo que significa el desplazamiento forzado dentro de su propia ciudad (pues Daesh los había desalojado previamente de sus casas)  finalmente pudieron encontrar refugio en barrios periféricos gracias a la acogida de familiares o conocidos.

Posteriormente, con la escalada de violencia alcanzando un estado permanente, un número reducido de originarios logró huir de una batalla de liberación que terminó con la vida de 1873 personas, según fuentes locales. No fue una travesía fácil. A la prohibición de abandonar la ciudad impuesta a los civiles por parte del grupo de yihadista (materializada en la amenaza, la vigilancia, uso de escudos humanos y la colocación de minas) se unió el asedio total de la ciudad durante 90 días por parte de las SDF. Una emboscada mortal acompañada de un bombardeo sin tregua, que empujó a los atrapados a enfrentarse a la disyuntiva de “morir permaneciendo, o morir huyendo”.

Aunque no fue hasta el 20 de octubre que la operación fue considerada completamente concluida, sus consecuencias catastróficas son difíciles de obviar. La guerra de aniquilación contra el Estado Islámico que el Secretario de Defensa de Estados Unidos prometió, resultó ser más bien una exterminación de civiles inocentes. La guerra de aniquilación contra el Estado Islámico que el Secretario de Defensa de Estados Unidos prometió, resultó ser más bien una exterminación de civiles inocentes. El informe de Amnistía Internacional “Guerra de aniquilación“, publicado en junio de este mismo año, refleja su paradoja en dos declaraciones realizadas por altos mandos totalmente contradictorias. Por un lado, Stephen Townsend el comandante de la Coalición, calificara la campaña aérea como “la más precisa en la historia de los conflictos armados” mientras que el sargento mayor del ejército John Wayne Troxell, confesaba como “En cinco meses dispararon 30.000 proyectiles de artillería contra objetivos del Estado Islámico […] Dispararon más proyectiles en cinco meses en Raqqa, Siria, que cualquier otro batallón de artillería de la Marina o cualquier batallón de la Marina o el Ejército, desde la guerra de Vietnam”.

Todo ello acontecía mientras 200.000 personas permanecían sitiadas en la ciudad, sin ningún tipo de protección, atención sanitaria, posibilidad de alimentarse, hidratarse o ser evacuadas. El destino de miles de personas fue permanecer expuestas a sucesivas violaciones del Derecho Internacional Humanitario. En definitiva, no bastó con ignorar sus necesidades básicas, sino que también se evitó cualquier tipo de cálculo accesible, así como el uso de medios disponibles para minimizar los posibles daños en sus vidas y sus bienes. Mientras tanto, una investigación llevada a cabo por la BBC, revela que los enemigos oficiales a batir, con sus respectivas familias, pudieron abandonar la ciudad bajo el amparo de EEUU, Reino Unido y las FDS.

Una vez terminada la operación militar, las FDS tomaron Al Raqqa siguiendo la estrategia de reforzar y unir el control de los territorios capturados a Daesh con el propósito de integrarlos dentro de su propio proyecto político: la región autónoma kurda de Rojava. No obstante, los últimos pasos dados por el Consejo Democrático Sirio (CDS), la rama política de las FDS,reuniéndose con el régimen de Damasco abre las puertas a una negociación sobre el destino del norte de Siria, que pone en duda el discurso inicial (y oficial) de las fuerzas kurdas.

Y tras la batalla..¿Qué?

Un año más tarde, las autoridades locales continúan sin enfrentarse a cuestiones clave que allanarían el terreno a una reconstrucción eficaz. Gestionar una ciudad cuyo 65% de los hogares han sido destruídos, de la misma forma que el 95% de su zona vieja no resulta tarea fácil. Según una testigo que regresó a Raqqa recientemente y que prefiere permanecer en el anonimato “La ciudad se encuentra en un estado caótico, y es alarmante el nivel de suciedad y el olor putrefacto que se respira, la basura se encuentra en cantidades enormes en la calle, que por cierto, no hay ninguna asfaltada, es todo polvo. Vivimos rodeados de escombros”. A todo ello se suma la presencia todavía de cadáveres bajo los cascotes. La testigo señala directamente a “Los responsables de la ciudad” dado que “no están haciendo nada para arreglar esta situación”. El dato de esta mujer de mediana edad, coincide con la información publicada por Raqqa is Being Slaughtered Silently sobre el rescate de 1236 cadáveres en el mes de julio de tres fosas comunes ubicadas en la ciudad (Panorama, Estadio Al Rasheed, Zoo de Raqqa). La situación se complica aún más con la presencia de minas instaladas por Daesh antes de abandonar la urbe. Durante los primeros seis meses del período post-Daesh, más de 700 personas fueron asesinadas a causa de estos y otros explosivos herencia del grupo terrorista.

La presencia actual de estos artefactos también dificulta el trabajo de personas voluntarias así como la asistencia de organizaciones que parecen no tener una hoja de ruta clara todavía.

Según un joven de la ciudad refugiado en Gaziantep (Turquía), miembro de varios grupos de jóvenes originados en Raqqa durante el inicio de la revolución con el objetivo de organizar a la sociedad civil, existen en estos momentos sobre el terreno decenas de organizaciones dedicadas a planificar como paliar esta situación “Aunque el apoyo principal lo está brindando USAID (Agencia de los EE.UU para el Desarrollo Internacional)”. Según este activista los esfuerzos principales se centran en la recuperación y la estabilidad, así como en el diseño de estrategias para “la remoción de escombros, la apertura de caminos, rehabilitación de suministros de agua, la oferta servicios de saneamiento, así como la reconstrucción de escuelas y hospitales”. Aunque para el entrevistado “No existe una reconstrucción real”. También señala que existen organizaciones que trabajan en los ámbitos de los derechos de la mujer y la infancia segura. Para el joven los proyectos más destacados se centran en el ámbito y la agencia local, como por ejemplo el Programa para el Apoyo Comunitario (CSC), El Programa del Éufrates. Entre las organizaciones locales más activas menciona a “Farik Senna’ Al Moustaqbal” y “Emmar AlMansura”. A la falta de medios y de un programa claro, se une la respuesta tardía de organismos internacionales, si tenemos en cuenta que la primera humanitaria de UNCHR se llevó a cabo en abril de este mismo año.

Además de asumir la gestión a niveles técnicos con el fin de ofrecer a los ciudadanos los servicios básicos que a día de hoy siguen siendo escasos, tal y como afirma una fuente local contactada, que niega la existencia de agua potable, son múltiples los retos cuya falta de resolución un año después de “la liberación” incrementan las dudas sobre la efectividad, y en consecuencia posible legitimidad, del nuevo gobierno local, o así lo demuestra el malestar de la población expresado en diversas manifestaciones que se llevaron a cabo en mayo por múltiples motivos.

Por un lado, eludir la responsabilidad de ofrecer, si no la información disponible, todos los medios posibles para la investigación del paradero de las 8,119 personas desaparecidas a causa de Daesh. Familiares de estas mismas, han emprendido una campaña online bautizada con el interrogante “Dónde están los secuestrados de Daesh?” para denunciar esta situación. Por otro lado, el foco recae sobre el destino de refugiados y desplazados Según los datos disponibles, se calcula que 120.000 de las 220.000 que habitaban en la ciudad antes de la “crisis” la abandonaron desde el comienzo de la ofensiva. La decisión de retornar o permanecer en el exilio depende de varios factores: la persecución política, el miedo a la represalia, el legítimo derecho a la inseguridad tras vivencias traumáticas, la caótica gestión del reclamo de propiedades por la falta de digitalización de documentación, la falta medios y ayudas necesarias para reconstruir los daños, o por el simple hecho que supone la ausencia de la infraestructura en sí. “¿Cómo voy a volver, si no hay hogar al que retornar?” comenta un joven con el que converso sobre las recientes llamadas al retorno que autoridades sirias e internacionales han realizado públicamente estos últimos meses.

Asimismo, son innegables las tensiones étnicas existentes. A pesar de los esfuerzos del gobierno en recalcar su composición mixta de árabes y kurdos (como señala este informe publicado por The International Crisis Group (ICG)), los esfuerzos de las SDF por incluir a árabes en los puestos de su modelo de “auto-gestión democrática” se quedan en una intención superficial, que carece de cualquier voluntad de conceder a árabes una autoridad real, más allá de títulos de condecoración. Esto, sumado a las detenciones arbitrarias ejercidas durante y una vez terminada la batalla, no dejan de ser una fuente de crispación entre la población local. Además, los códigos tribales han establecido tradicionalmente la base del orden social entre los habitantes de Raqqa, incluyendo métodos de resolución de conflictos y mecanismos de reconciliación, cuya ruptura durante la guerra ha estado motivada por la flexibilidad de posicionamiento de las tribus con las partes beligerantes. Es incuestionable la desconfianza que ha despertado este hecho entre los integrantes de estas mismas, desintegrando la unidad social en su conjunto. El reclamo de venganza, las disputas son algunas de las consecuencias resultantes de la guerra, y que el marco post-Daesh debería de abordar con el fin de crear un entorno estable e impulsar la confianza mutua entre los raqqawis. Sin embargo, restaurar el orden y la justicia tras más de medio lustro bajo la simbiosis de la dictadura de Daesh y la anarquía interna implícita es una tarea ardua que requiere tiempo y medios específicos.

Por supuesto, los responsables de la ciudad han de lidiar con la amenaza constante del resurgimiento de Daesh. Según un informe de Naciones Unidas publicado en agosto, más de 20.000 yihadistas pertenecientes a la organización continuarían estando presentes repartidos entre Siria e Irak Además, no solo la presencia de combatientes resulta un peligro para la reactivación de la amenaza, sino también el adoctrinamiento que miles de niños y niñas que han recibido durante años bajo el autoritarismo de Daesh. Por lo tanto, combatir la radicalización mediante programas educativos efectivos resulta otra prioridad para las autoridades locales al mando.

Ante tal panorámica, la liberación de Raqqa no se corresponde con la celebración inicial que desde luego supuso la salida de los yihadistas de ella. Ni tampoco con la alegría con la que celebramos que nuestros familiares abandonaran de forma trágica la ciudad, si sabemos que a ella no pueden retornar. Limitar el concepto de “liberación” al ámbito militar es un ejercicio de degradación a la dimensión humana en su totalidad.“Raqqa se liberó” y “Raqqa cayó” depende del contexto, también del tono del emisor del mensaje, de sus matices, pero para la construcción de su significado necesita implícitamente de la empatía del receptor, de su disposición a entender los acontecimientos de una forma multidimensional, y sobre todo, exige una visión sólida de la justicia transnacional y de los derechos humanos, que se aleje de todas aquellas posturas que criminalizaron a esta ciudad, y con ella a sus habitantes, por el oscuro envoltorio impuesto estos últimos años. Y eso que uno de los peores crímenes es el olvido, y junto a él… su impunidad.