Opinion · Dominio público

Rectificar

Supongo que más de uno se sorprenderá o pensará que, como Saulo de Tarso, me he caído del caballo. No es así. Se trata de un proceso, algo madurado poco a poco, un cierto reencuentro conmigo mismo y con la realidad que me rodea. Se trata de reconocer que mucho de lo que he dicho y escrito hasta el momento está o confundido o de sobra.

Creo, para empezar, que mi idea de lo utópico posee vaciedad o inutilidad. O peor aún, una dosis, más o menos consciente, de vanidad y malevolencia. Y que, en consecuencia, se necesita un realismo a la altura del tiempo que nos ha tocado vivir, una adaptación pragmática del mundo que nos ha tocado en suerte.

En este sentido, voy a modificar lo que he pensado sobre el pasado y lo que pienso sobre el presente.

Critiqué al máximo la transición, que incluso he llamado traición. Reconozco ahora que era una postura infantil. Los hechos son los que son y la salida de una dictadura a la democracia exige correcciones de los propios principios  y concesiones a los de los demás. El momento era difícil, se salía de una dictadura y de una feroz Guerra Civil. Y se logró, si no milagrosamente sí con inteligencia, construir una democracia que en poco o nada desmerece respecto a las que nos rodean.

Hay que reconocer, si no se deja uno dominar por los prejuicios, que el avance fue espectacular. Que la democracia es perfectible, nadie lo duda, solo que pedir una que sea casi perfecta o modelo a exportar sería tanto como reivindicar un platonismo en donde las ideas funcionan como dioses. Se votó una Constitución semejante a otras similares y que rigen en los países más avanzados.

Cierto es que se introdujo la monarquía y los republicanos no la incluimos dentro de las opciones. Pero no es contradicción alguna continuar siendo republicano y no mover una pieza del sistema que podría desbaratar el conjunto si se viene abajo. Desde entonces, y con todas las dificultades que se enroscan en la evolución de una sociedad, se han ido construyendo unas instituciones que han mejorado sensiblemente la sociedad española.

La alternancia en los partidos políticos, aspecto fundamental para el filósofo Popper, ha seguido un cauce normal. Y si ahora pasamos al presente, lo primero que habría que hacer notar es que ante la avalancha de una extrema derecha, dentro y fuera del país, que roza el fascismo, lo que necesitamos es la unión de la izquierda, sin mirar con microscopio unas u otras siglas. Esto es fundamental.

Por otro lado, avanza no menos un populismo que en vez de resolver problemas suma otros, con una palabrería que promete mucho y da poco. Es verdad que la inmigración está planteando cuestiones que desbordan a los gobiernos de turno. En este capítulo, sin embargo, España está dando un ejemplo extraordinario de lo que son los derechos humanos y la apertura que debemos tener a todos los que pueblan este mundo.

No me gustaría dejar de lado, el papel fundamental del movimiento feminista y que ha florecido en esta democracia tantas veces denostada de modo demagógico. No solo está consiguiendo la igualdad de trato entre mujeres y hombres, sino introduciendo una sensibilidad de la que nos resentimos con frecuencia los españoles.

Y cuando me refiero a los españoles me refiero a todos los que se entroncan en la Constitución. Los nacionalismos pueden ser dañinos. O pueden, si son encauzados, enriquecer un país al que la historia le ha dado lenguas y culturas distintas pero no opuestas.

Podría seguir enumerando las razones que me han hecho cambiar de opinión, rectificar y ponerme a trabajar sin mirar para atrás, tratando, por el contrario, de que los pasos que demos tropiecen lo menos posible. Hace falta, sin duda, voluntad. Y hace falta no una inteligencia infantil sino madura. Es la que me gustaría tener y proponer. Es muy probable que más de un amigo se sorprenda de mis palabras. Lo siento, pero es lo que siento.

Nota: Si alguien se ha creído lo que he escrito es mucho más tonto de lo que pensaba.