Opinion · Dominio público

Subrogación, adopción y unicornios

Alicia Murillo

Activista feminista

El debate sobre la gestación subrrogada está lleno de fobias sociales. Tanto desde un lado como desde otro no hago más que escuchar frases que rezuman insensibilidad y odio hacia los colectivos más desfavorecidos, en especial al de los/as menores. Esto es lo que ocurre cada vez que las discusiones se separan en binarismo simplistas. Ahora bien, eso no significa que este vaya a ser un artículo poco posicionado, postmoderno o relativista. Quiero dejar constancia en este primer párrafo que estoy absolutamente en contra de la subrogación. La cuestión es que eso no me impide darme cuenta de la falta de profundidad en el análisis de la problemática de la que tratamos, incluso en personas que, como yo, están en contra de la gestación subrogada.

¿Y por qué no adoptas?

Me duele que la compra-venta de bebés haya interesado al feminismo sólo cuando ha implicado el alquiler de vientres de mujeres. Las adopciones internacionales llevan décadas legalizadas y reguladas por los estados y son un nido de tráfico de seres humanos. De hecho, ahora que el negocio de las adopciones se ha venido abajo (porque los países de origen han empezado a legislar  para proteger a las criaturas), el mercado vira hacia un nuevo baby boom, el de los vientres de alquiler. Incluso hay quien dice que las agencias de subrogación son las antiguas de adopción pero renovadas y adaptadas al nuevo mercado.

Pero, cuando invitamos a alguien a adoptar en vez de a acudir a la maternidad subrogada, ¿realmente sabemos de lo que estamos hablando? Y, por otro lado, ¿por qué debería ser responsabilidad exclusiva de las personas no fértiles o de las parejas homosexuales hacerse cargo de los menores en desamparo? Cuando mandamos a alguien a adoptar entiendo que es porque ya nos hemos hecho responsables de la parcela que nos toca a nivel social en materia de menores. El “¿Y por qué no adoptas?” me recuerda mucho a cuando a las madres sobresaturadas de trabajo nos preguntan eso de “¿Y dónde está el padre?”. La pregunta que yo lanzo en cambio en ambos casos es: ¿Y dónde está la corresponsabilidad social hacia los menores?

La m/paternidad no es un derecho, es un deseo que no se tiene por qué cumplir. En cambio, crecer en una familia es un derecho fundamental de la infancia que nos estamos pasando por el arco del triunfo. Hay gente gastando miles de euros en adoptar bebés de la otra parte del mundo cuando los centros de acogida en nuestro país están abarrotados sólo porque quieren criaturas para estrenar y no de “segunda mano”. ¿De verdad no os dais cuenta de que es la misma mierda?

La adopción no es una medida para dar una criatura a una familia, sino para dar una familia a una criatura. La adopción no llega para suplir frustraciones de hijos/as biológicos/as no nacidos, llega para poner en funcionamiento la máquina de cuidados, protección y amparo de la que cualquier niño/a es merecedor/a.

En el “¿Y por qué no adoptas?” caemos además en una clara expresión de  homofobia disfrazada de la clásica caridad a la criatura de hospicio.  Pensemos: animamos a las personas no heterosexuales (que se interesan por la maternidad subrogada o reproducción asistida) a luchar por formar nuevos modelos de familia sin pensar en que ellas también sufren la presión social por tener descendencia. ¿Por qué no planteamos eso mismo a las parejas heterosexuales que conforman familias tradicionales? ¿No son esas familias justamente las que más refuerzan estos estereotipos? Si todas las personas nos esforzáramos por crear nuevos modelos de familia la responsabilidad dejaría de caer sólo sobre quien se sale de lo normativo. Cambiar el mundo no es responsabilidad de quien sufre opresiones, más bien de quien las ejerce (las parejas heterosexuales, en este caso concreto).

Sobre el ego y el ADN

Otro argumento de fobia revestida de integridad moral es esa que alude al ego de la perpetuación de los genes de las personas que contratan servicios de subrogación. Capacitismo es cuando destacamos el ego que existe en el interés de las personas no fértiles en tener criaturas con su mismo ADN pero, al mismo tiempo, nos parece normal que alguien fértil tenga ese mismo deseo: nunca se nos ocurriría llamar egocéntrica a una pareja que ha concebido a través de un coito, al contrario, le damos la enhorabuena y le decimos que va a ser una familia preciosa.

Y conste que no pongo en duda que nos traicione el ego en el deseo de que nuestras criaturas se nos parezcan o lleven nuestra sangre. Lo que me escama es que, por ejemplo, lo diga alguien con hijos/as biológicos/as que en ningún momento se planteó ayudar a un menor en desamparo, o alguien que nunca recriminó el ego en el entorno heteronormativo y biologicista que nos rodea y se percata de esta cuestión sólo cuando tiene delante, por ejemplo, a alguien no fértil o a dos lesbianas.

La madre santa y el bebé invisible

Desde mi punto de vista, en toda esta controversia, encontramos la madre del cordero en la construcción de la maternidad. Nuestra sociedad tiende a romantizar todo. La razón por la que lo hacemos daría para otro artículo, la cuestión es que, igual que romantizamos las relaciones de pareja, romantizamos la amistad, el trabajo en equipo, la familia y, por supuesto, la maternidad.  La maternidad romántica es una de las bases más importantes en las que se sostiene el maltrato infantil. Dentro de la subrogación no podríamos, pues, librarnos de este constructo social que identifica, indefectiblemente, a quien gesta y pare con un ser amoroso.

Subyace, además, una buena dosis de orientalismo y racismo al meter en el mismo saco a todas las gestantes. Existen enormes diferencias en las circunstancias económicas y legislativas de un país a otro. Por supuesto que existen abusos, mujeres pobres obligadas a hacerlo en Thailandia o India, granjas de gestantes en Malasia o Nigeria y falsa libertad de elección en muchísimos casos. Pero eso no significa que podamos generalizar y dejar de pedir responsabilidades a la totalidad de las mujeres implicadas en esto. Hay que contextualizar el análisis porque cambia muchísimo la realidad de un país a otro. No quiero un feminismo adultocentrista. El abandono es maltrato y la venta de personas un infierno que no debería existir.

Se ha llegado incluso a comparar la compraventa de bebés con la de órganos pero, si analizamos los datos, nos damos cuenta de que se trata de asuntos completamente diferentes: una persona que vende su propio riñón en la India cobra 750 € aprox. (raramente llegan a los 1.000 y poco). Una señora cobra en Ucrania de 15.000 a 37.000 €, no por alquilar su útero (con ese puede hacer lo que le dé la gana), sino por vender el cuerpo entero de un bebé.

Las gestantes como víctimas están siempre en el centro de las reivindicaciones feministas mientras a penas se habla de las criaturas. Lo que yo planteo es que, en un proceso de gestación subrogada, no podemos estar seguras de que estamos robando un bebé a una madre. Sin embargo, lo que es indiscutible, es que siempre le estamos robando una madre a un bebé, así que, como mínimo, ambas figuras deberían estar en el centro de las reivindicaciones de forma igualitaria.

La voz que debería oírse

Si en  cualquier lucha social el reivindicar la voz de las personas afectadas a veces es una utopía, en el caso de bebés es, sencillamente, imposible. Ahora bien, aunque esto es verdad, lo que no podemos hacer es ignorar las voces de las personas adultas que fueron criadas lejos de sus familias biológicas y que hoy luchan por cuestiones como los derechos al conocimiento de los propios orígenes o a la visibilidad de otras muchas violencias vividas. Con respecto a la reproducción asistida, es fundamental que se legisle a favor de las personas gestadas a través de esos procesos para que puedan tener acceso a su historial genético. La ocultación de estos datos es violencia porque, la mayoría de las personas, necesitamos conocer nuestros orígenes para conformar nuestra identidad.

Mis argumentos personales

Por último, y para no dejar duda sobre mi posición, me gustaría dejar claro los argumentos que, personalmente, tengo para estar en contra de la maternidad subrogada. Para empezar creo que este negocio está generando que, en la mayoría de los casos, las mujeres más pobres y vulnerables estén siendo utilizadas de forma cruel por familias de países occidentales. Además, creo que la gestación subrogada está basada, en esencia, en provocar la separación de un bebé de su madre biológica y en el colocarlo en una situación de desamparo de forma artificial. Pero el desamparo es violencia. La adopción debe ser siempre un parche para la tragedia que supone que una criatura no pueda estar con su madre biológica,  no la finalidad del proceso en sí. La subrogación funciona, pues, de forma idéntica a como lo hace el capitalismo: generan la necesidad para vender la solución. La cuestión es que aquí la necesidad es un ser humano declarado en situación desamparo para poder ser adoptado. Los niveles de cinismo se nos están yendo de las manos.