Opinion · Dominio público

La falacia demográfica

Si en un territorio hay una cantidad dada de gente y una cantidad dada de puestos de trabajo, entonces habrá que priorizar quién puede acceder a esos puestos de trabajo. Esta es una idea estática de la economía, de ahí que pueda pensarse que “los inmigrantes nos quitan el trabajo”, como si los inmigrantes no produjeran nuevas realidades económicas de producción y de consumo y todo se pudiese resumir a un juego de suma cero: él o yo sobre la base fija de un número limitado de puestos de trabajo. La versión izquierda (que no la versión de la izquierda) de esta misma lógica la encontramos disfrazada de jerga marxista, cuando se afirma que la inmigración aumenta el “ejército de reserva del trabajo” por razones demográficas, lo cual provoca el descenso general de los salarios. Más gente disponible para trabajar provoca mayor arbitrariedad por parte del empresario a la hora de pagar salarios, de lo que se deduce que si hubiera menos gente dispuesta a trabajar los salarios subirían. Lo cierto es que los salarios no han subido tras años perdiendo población extranjera; más de un millón en España desde el inicio de la crisis. A esto debemos sumarle que en los últimos 17 años España ha reducido, a causa del envejecimiento y la emigración, un 27% del peso que tenía la población joven sobre el total.

De hecho, el miedo al inmigrante suele tomar más fuerza ahí donde menos peso demográfico tiene la inmigración, porque en las zonas más degradadas opera como una proyección del miedo de los penúltimos a convertirse en los últimos. Los inmigrantes son quienes más sufren los salarios bajos, pero se les acusa de tirarlos a la baja como si no formasen parte de la clase trabajadora, pero ¿no serán las condiciones de inseguridad a la que están expuestos lo que les fuerza a ellos –y a todos- a cobrar salarios más bajos? Ambas lecturas demográficas coinciden en lo mismo desde perspectivas diferentes: exceso de gente. Ninguna tiene en cuenta que los salarios tienen más que ver con el suelo de derechos laborales y con los sectores en los que se trabaja: España es especialista en trabajo intensivo en sectores de muy baja productividad y está a la cola de la OCDE en calidad del empleo, lo que implica salarios bajos. La culpa apunta más a las reformas laborales, la pérdida de peso de convenios colectivos o al modelo productivo, y no a quienes lo sufren, vengan de donde vengan.

Pero al margen de estas cuestiones, o precisamente por ello, de fondo habita una idea que no tiene en cuenta las condiciones específicas que implica la riqueza moderna y recaen en una lectura maltusiana de la población superflua. Se aplica una plantilla abstracta de sobrepoblación para toda forma de sociedad y toda fase histórica. Esta lectura propia de Malthus ya fue rebatida y desmontada por Marx, que se esfuerza en explicar las características propias que tiene el capitalismo de producir sobrepoblación para desmontar la explicación demográfica. Marx observa que el excedente de población no tiene que ver con la carencia de medios de subsistencia para satisfacer las necesidades, sino con la carencia de los medios de empleo que permiten al trabajador acceder a los medios de subsistencia. Así pues, son las necesidades del capital lo que produce una sobrepoblación, y no que haya mucha gente para tan poca riqueza. Marx entiende que la existencia del “trabajador libre” ya presupone la posibilidad de que éste se convierta en pobre, en tanto que como obrero solo dispone de su capacidad de trabajo, únicamente puede conseguir los medios de vida si esa capacidad de trabajo es comprada por el capitalista. Esa posibilidad asume como premisa que el individuo es una mercancía que debe alquilar su tiempo a un tercero por un salario y si no lo consigue se convierte en mercancía obsoleta.

Las razones por las cuales alguien puede convertirse en población excedente dependen de que su capacidad de trabajo no tenga valor para el capital: su existencia solo es necesaria en la medida en que satisface las necesidades de valorización del capital. Esas necesidades no tienen nada que ver con la insuficiencia de medios de subsistencia, sino con la reducción del trabajo socialmente necesario para producir y en consecuencia con el aumento de la población excedente: un aumento de población superflua para la necesidad del capital, y salvo que encuentre nuevas ramas productivas donde extender su relación para absorber a la sobrepoblación, ésta se convierte en crónica; ya no explotada sino redundante. De este modo se da una paradoja; cuanto mayor sea la fuerza productiva del trabajo, más complicada será la reproducción de los obreros en tanto que obreros y más grande será la población superflua: la acumulación de miseria es proporcional a la acumulación de capital.

Por lo tanto, no es que sobre gente en abstracto, sino que sobra tiempo de trabajo humano para valorar el capital, algo muy distinto. La insistencia en la frase “es de aquí todo el que vive y trabaja”, es doblemente perjudicial. Por un lado, le concede a toda la población nacional “ociosa”   que vive de su capacidad de consumir (rentistas, grandes propietarios, especuladores etc…) lo que le niega a la otra población superflua, la obrera, cuando se convierte en pasto de la caridad y mantenida por compasión. El problema tiene lugar cuando el “ser en la vida” se convierte solo en sinónimo del “ser trabajador”, justo cuando lo segundo es cada vez más una barrera para lo primero. Un modelo de riqueza que obliga a la población a ser trabajadores al mismo tiempo que se lo pone difícil o no le da garantías. Únicamente saliendo del cepo proletario se puede salir de la confrontación entre desesperados, únicamente dinamitando la lógica que obliga a trabajar para poder vivir, se puede pensar el acceso a los medios de subsistencia separados del acceso a los medios de empleo. Si el acceso a los medios de subsistencia depende de la capacidad de trabajo requerida para valorizar el capital, el aumento de la sobrepoblación relativa es posible que vaya en aumento. Es justo esa la relación del cepo lo que debe empezar a cuestionarse en este siglo, porque lo superfluo no es la gente ni la riqueza, lo superfluo empieza a ser el trabajo necesario para reproducir la sociedad.