Opinion · Dominio público

El monstruo en el escenario

Alika Kinan es sobreviviente de trata con fines de esclavitud sexual después de 16 años. Recibió el reconocimiento a los Héroes contra la esclavitud moderna 2017, por el Departamento de los Estados Unidos durante el Encuentro Internacional Contra la Trata
de Personas, realizada en el Capitolio de Washington. Recibió una propuesta de reconocimiento a su labor por el honorable Congreso de Diputados de la Nación Argentina en 2017, el reconocimiento al mérito 2016, por el Concejo Deliberante de la ciudad de Ushuaia y el reconocimiento Mujer Destacada del año 2015, por el Senado de la Nación. 
Su lucha ha servido para condenar a tres personas, de las cuales dos están presas actualmente, más una instancia residual en la que se esperan tres condenas más por el delito de trata.

En segundo plano, Alika Kinan, víctima de trata, mientras se lee su acusación en el juicio. MICAELA CANTERO
En segundo plano, Alika Kinan, víctima de trata, mientras se lee su acusación en el juicio. MICAELA CANTERO

Esta semana se leía en redes que “la prostitución no se debate, se combate”. El lema representa un punto de vista crítico sobre un tema que afecta a la vida y la seguridad de tantas mujeres en el mundo.

El debate sobre la prostitución ofrece tantos puntos de vista como se nos permita conocer, ya que tiene aspectos bastante herméticos. Aunque en una situación tan polarizada hemos encontrado el consenso de que, al proxeneta, ni agua.

En países como Argentina, que tiene una ley de trata desde hace 10 años y el abolicionismo tiene una historia de más de 30, la discusión se centra en estas cuestiones: ¿Qué hacer con los bienes de los proxenetas? ¿De qué manera extinguir sus bienes obtenidos de manera ilícita mediante la explotación de miles de víctimas? El debate gira alrededor de condenas efectivas y en animar a que las propias víctimas denuncien y declaren para obtener condenas más contundentes. Existe también la oposición a juicios abreviados donde se les permite ” negociar” a proxenetas y fiscales unas condenas mínimas con compromisos insuficientes.

Nadie defiende a un proxeneta más allá de su abogado y quien está interesado en lucrarse económicamente a través de un tercero.

Nadie quiere al proxeneta en sus filas. No al menos al criminal real, con su condena, aunque breve, y sus testimonios sobre romper a mujeres. Ellos son los auténticos esclavistas de este siglo, una especie que, por desgracia, no está en extinción. Son unos monstruos que trascienden la barrera de la ideología y convierten el rechazo que causan en terreno común para posturas enfrentadas.

Nadie defiende a un proxeneta.

Pero aunque una lacra, también son el centro de atención. Es el caso de la película documental de Mabel Lozano El Proxeneta basada en el libro, también de Mabel Lozano, titulado igual. Acaba de estrenarse, y habla de un ídem que cuenta como traficó con unas 1.700 mujeres. Más gente de la que llena las salas en las presentaciones.

En una de ellas se encendieron las luces del cine y apareció un proxeneta en el lado abolicionista.

Es real. Estaba ahí subido en el escenario, embutido en una camisa calada de sudor rancio y con un micrófono en la mano. ¿Qué hacía ahí arriba? ¿Cómo se había colado? Resultó que era un invitado especial. El Músico, lo llaman. Es un esclavista arrepentido que ahora se rodea de activistas abolicionistas del mundo de la política o las redes sociales.

¿Y las víctimas? Pues ni se las ve ni se las espera, pero El Músico dijo que estaba muy triste porque traficó con casi 2.000 mujeres y, claro, se arrepiente. Casi parece que le cuesta sonreír en las fotos que circulan en redes con figuras públicas del panorama español.

El Proxeneta es real. Es un monstruo subido al escenario con todos los focos apuntando hacia él, ¿quién mejor para hablar de prostitución?

Por suerte o por desgracia, las víctimas que siguen esclavizadas, no suelen tener acceso a redes sociales. Si no hubieran visto a Dolores Delgado, ya saben, ministra de justicia, la que alabó al excomisario Villarejo por su “éxito asegurado” por aquel puticlub que abrió. Porque ahí estaba, en el photocall.

Las víctimas de trata no vieron a El Músico, pero cuando se les prometió que se pondría en el foco al putero seguramente no sospecharan que iba a ocurrir esto.

¿Dónde estaban? Encerradas en locales de alterne sin licencia que todavía operan. ¿Qué locales? La clase política es la más untada por esto, ¿y qué hacían? Mirar al escenario. Mirar al proxeneta. Ahí, bajo los focos.

Al tipo le pega más estar en prisión, no entre abolicionistas, no pidiendo perdón. Y no recibiéndolo, desde luego. Pero ocurrió.

A unas cuantas víctimas y amenazadas se les heló un poco la sangre al verlo. Quizás para él toda esta atención se trataba de un caramelo demasiado goloso y que limitarse a ser una silueta de voz ronca en la pantalla se le quedaba un poco corto. Pero quizás un escenario era mucho más de lo que merecía el tipo.

Quizás un sistema que hace protagonistas a proxenetas no sea el contexto más fiable para perder el miedo a ese cliché de que el cómplice es el propio sistema. Perdonen la repetición pero la imagen era histórica: había un proxeneta subido al escenario y un proxeneta en el photocall.

El muy cínico hablaba de prostitución y de trata mientras las prostitutas reclaman una voz propia y un mínimo de seguridad. Les decimos que la seguridad viene de no ceder ante peticiones que favorezcan a criminales, pero entonces se abre el telón y aparece El Músico en nuestro lado.

Es como tener a un terrorista en un evento para víctimas del terrorismo ¿entienden? Es pura violencia.

No es bonito compartir causa con el enemigo. ¿Por qué pedíamos un boicot para los medios que entrevistasen a La Manada? ¿Por qué decimos que un maltratador nunca podrá reformarse pero un hombre que ha traficado con 1.700 mujeres sí?

Esto no va de masculinidades tóxicas pero es innegable que la trata no entiende de sexos. Aunque en este crimen con tantos cómplices y tan pocas cifras fiables podemos afirmar que una abrumante mayoría de las víctimas son mujeres. ¿Va a recibir un hombre proxeneta toda la atención? Es muy probable, porque en una entrevista a doble página en el diario 20 Minutos la directora del documental lo definía como un hombre “comprometido con la trata” o “arrepentido y dolido”.

Es un buen giro narrativo de todos modos: los viernes por la noche están saturados de reportajes de investigación sobre mujeres migrantes en polígonos con el rostro emborronado. A veces es curioso oír la historia de la parte del malo. Pero de ahí a pasearlo con fines promocionales hay un trecho.

Debería plantearse al público si esto va a ser el próximo tabú que se rompa: proxenetas arrepentidos, ¿les perdonamos? A veces el fin no justifica los medios.

Por poner un caso más mediático: imaginen que Torbe se arrepiente de hacer porno y decide volverse feminista, de corte abolicionista además. Ahí, con sus imputaciones por negocios a costa de mujeres en Ucrania. Imagínenlo ocupando los espacios de las víctimas, hablándonos por ellas, contándonos cómo se sentían. Plantéense por un momento que Torbe, el productor porno, es una especie de estrella que representa los mismos valores que ustedes defienden.

Es decir, Torbe y los puteros podrían decir misa, pero concederles ser el centro de atención es de dudoso criterio.

Hay alternativas, una es rascarse un poco los bolsillos y dejar que sean ellas quienes cuenten su historia, quién las trataba y cómo funciona ese sistema. Se les podría conceder una escolta que garantice su seguridad. Pasa en otras partes del mundo con todo tipo de activistas. Sin ir más lejos, Nadia Murad acaba de ganar el Nobel de la Paz. Una esclava sexual del ISIS que cuenta su historia sin miedo. Imaginen a sus explotadores dando la cara en su lugar.

En Argentina, por ejemplo, también se lucha para que los bienes de los proxenetas no vayan al Estado sino a quienes los sufrieron ¿Dónde está el dinero de El Proxeneta? A estas alturas estaban muy interiorizados eslóganes del tipo “con la trata no hay trato”. Este es el único trato que las víctimas esperan, junto con unas leyes más duras.

¿O les perdonamos?