Opinion · Dominio público

Dejar de estar solos, entre tanta gente

Ione Belarra Urteaga

Psicóloga, activista y diputada en el Congreso

Cada cierto tiempo medios de comunicación con tendencia amarillista publican noticias alarmantes y trágicas sobre el número cada vez mayor de personas que mueren solas en sus casas, sin que nadie se dé cuenta hasta pasados varios días. Noticias similares han sido utilizadas por neoliberales y conservadores de derechas para justificar el aparente fracaso de los fuertes estados nórdicos del bienestar. Las elevadas tasas de suicidio y de muertes en soledad de países como Finlandia sostendrían la tesis de que los estados sociales y proteccionistas están condenados al fracaso. Sin embargo, creo que nos corresponde mirar un poco más allá de lo evidente si queremos entender (y sobre todo abordar) lo que está pasando a nuestro alrededor.

La soledad de las personas mayores parece haber sido incorporada con normalidad a las nuevas formas de vida profesional y personal urbanas y capitalistas. Poca gente ha conectado esta problemática con la percepción de muchos de nuestros profesionales de la educación que señalan que cada vez más jóvenes están deprimidos o sienten que su vida no merece la pena. El programa de Jordi Évole titulado La Mala Educación, donde varios adolescentes hablaban sobre el amor y el sexo lo dejaba claro: se sienten esclavos de Instagram porque “si te lo quitas, te sientes fuera de todo”.

Se trata de una generación de jóvenes criados por sus padres para conseguirlo y aprenderlo todo (inglés, deporte, música, mates o chino) y que se han encontrado una adolescencia que les presenta un futuro de trabajos precarios y vidas estrechas donde debes aparecer constantemente en redes sociales mostrándote feliz. Nadie sale en su Facebook, ni en su Instagram llorando desconsolado en su habitación abrazado a la almohada. Una pena, porque quizás ayudaría a otras personas a saber que no están solas cuando lloran, cuando tienen miedo de no tener relaciones de pareja o amistad como las de las series, de no tener jamás un trabajo que les guste o de que la sanidad cada vez más recortada no detecte a tiempo la enfermedad de sus padres. A lo mejor se darían cuenta de que nuestros miedos no son sólo nuestros, son de todos. Y que sólo entre todos vamos a poder hacerles frente.

Hace unos días celebramos en el Congreso unas jornadas para repensar el modelo de Servicios Sociales que queremos para nuestro país. María José Aguilar, una de las ponentes, exponía con acierto que España nunca ha logrado salir de una lógica asistencialista y que básicamente los trabajadores/as sociales se ven obligados a convertirse en algo así como la policía de lo social, comprobando datos y más datos sobre personas en situaciones límite que les autoricen o no a recibir a menudo ridículas prestaciones o servicios.

Es cierto que la situación de nuestros Servicios Sociales es crítica y que los recortes de siete años de Partido Popular, en el momento en que la gente más los necesitaba, han dejado a nuestro cuarto pilar del Estado de Bienestar temblando. No obstante, esto abre un escenario también lleno de oportunidades para cambiar el paradigma del modelo, evitando caer en los errores de los países del norte de Europa y sin darle la razón a los políticos neoliberales que quieren un país de “sálvese quien pueda”.

Necesitamos unos Servicios Sociales y unas políticas públicas que apuesten por el comunitarismo. Ya hemos visto que sacar a las personas de su entorno, por ejemplo llevándolas a residencias de ancianos, no funciona. Tampoco ofrecer únicamente prestaciones materiales que pueden hacer que una persona acabe muriendo sola. La apuesta tiene que ser por crear comunidades fuertes. Eso pasa por reducir los tiempos de trabajo asalariado y repensar el modelo de cuidados, para que empecemos a entender que ninguna persona puede ser autónoma. Todos somos seres interdependientes y nos necesitamos unos a otros. Para cubrir nuestras necesidades materiales, pero también para atender nuestras necesidades emocionales. Tenemos derecho a estar tristes y también a ser felices. El reto es construir una sociedad que fortalezca los lazos de vecindad, que no deje a nadie atrás y permita a la gente recuperarse de los baches. Pero en su barrio, con su gente, partiendo de sus potencialidades, esas que todas tenemos y no siempre están a la vista. Frente a su país del sálvese quien pueda, yo quiero el país que cuida y que protege. Uno en el que los vecinos y vecinas se conocen por su nombre y se preocupan unos de otros.