Opinion · Dominio público

Guerra jurídica y estrategia neoliberal

María José Fariñas Dulce

Universidad Carlos III de Madrid

Una nueva modalidad de guerra híbrida[1] o de conflictos híbridos se ha instalado recientemente en la era de la tensión globalismo versus proteccionismo. Según analistas militares sería una combinación de guerra regular, irregular, asimétrica, con la presencia de guerras financieras, mediáticas y de “memes”, posverdad desestabilizadora, guerras cibernéticas, acciones terroristas, etc., que está cambiando el panorama geoestratégico del siglo XXI. Es un concepto bélico que se está instalando en el ámbito de la lucha política y/o partidista, como mecanismo de desestabilización interna, y en el ámbito jurídico, desembocando en la denominada lawfare o guerra jurídica que pone en marcha una peculiar modalidad de judicialización de la política.

El lawfare supone la utilización espuria del sistema jurídico para desacreditar y/o perseguir a los adversarios políticos (convertidos simbólicamente en enemigos y “objetivos militares” a batir), con la clara intención de que el Poder Judicial intervenga en el campo de las decisiones políticas e, incluso, pueda favorecer “golpes” blandos e internos en los sistemas democráticos. La “guerra jurídica” se hace más evidente en países donde persiste una estructura oligárquica en la Administración de Justicia, como por ejemplo en Brasil, Honduras, Paraguay. Paradójicamente poderes judiciales oligárquicos, que en América Latina tradicionalmente han tenido una actitud de connivencia con la corrupción estructural de sus países, son ahora los abanderados de esta nueva lawfare o cruzada jurídica contra la corrupción de gobiernos progresistas, utilizando una retórica de las llamadas a la honradez política, pero al servicio de la contra revolución neoliberal y neoconservadora.

En ambos casos estamos asistiendo a la consolidación de un lenguaje bélico en la disputa pública-política, cuyo precedente viene de la militarización y/o policialización de los conflictos sociales, presentados ante la opinión pública como conflictos de orden público, que se puso en marcha hace ya algunos lustros, como estrategia neoliberal de división y confrontación social. Todo ello parece responder a un proyecto ideológico, político y empresarial, orquestado por las doctrinas ultra-conservadoras del neoliberalismo global. Tras dicho proyecto están los neo hegelianos defensores de la filosofía del fin de las ideologías, el “fin de la historia” o el fin de las clases sociales. Ellos intentan, ahora, enmascarar sus propias opciones políticas e intereses privados bajo la reificación de unas pretendidas necesidades económicas, presentadas como lógicas, inexorables y derivadas de un supuesto determinismo tecnológico, que pivotan, básicamente, sobre las privatizaciones de los servicios públicos, la deconstrucción de los derechos sociales, la despolitización del derecho al trabajo y el acceso comercial a los recursos naturales: agua, gas, petróleo, biodiversidad alimenticia,…

Estamos en presencia de nuevos mecanismos para eliminar el disenso en el debate político y, en definitiva, para eliminar las discrepancias frente al poder y al abuso del mismo, violentando los límites pactados democráticamente. Supone, pues, una erosión interna a los sistemas democráticos liberales y a los pilares básicos del Estado de Derecho, que hasta ahora han sido los instrumentos para resolver pacíficamente los conflictos. El neoliberalismo está imponiendo una lógica frentista como alternativa al diálogo democrático, enseñando a odiar a sus adversarios e, incluso, a sus víctimas (los perdedores). De esta manera, el debate político se ha ido invadiendo de mensajes, no de ideas, que hace algunos años habrían sido considerados impropios o casi delictivos en las democracias liberales. Pero que ahora comienzan a normalizarse, ante una cierta indiferencia ciudadana que no percibe que se está jugando con la ira de la gente impunemente para obtener réditos electorales.

Vuelven a aparecer en escena mensajes de superioridad y pureza racial: blancos sobre negros, mestizos, moros,… Mensajes de superioridad de género: los hombres sobre las mujeres, criminalizando la lucha feminista como una “peligrosa ideología de género”. Mensajes de superioridad sexual-afectiva: heterosexualidad frente al colectivo LGTBI, con una incitación a la homofobia y ciertas regresiones en la libertad sexual y en los derechos reproductivos. Mensajes de superioridad de clase: los ricos (exitosos) sobre los pobres (fracasados), con la incitación al “odio al pobre” (aporofobia), culpabilizándole individualistamente de su fracaso en la sociedad. Mensajes de superioridad espiritual y religiosa: el cristianismo confesional y el fundamentalismo evangélico sobre las demás religiones, especialmente, sobre el islam, y sobre la increencia. Mensajes de superioridad étnico-nacionalista y anti-globalizadores: supremacía de los “de dentro”, los nacionales, frente a los “de fuera”, sean inmigrantes, refugiados, desplazados bélicos o climáticos, con una vuelta al proteccionismo egoísta y una actitud de rechazo a los modelos de la gobernanza global.

Este tipo de mensajes ponen en marcha lo que yo denomino “la política de las tripas”, que no duda en alimentar el miedo, el odio y el resentimiento entre los ciudadanos, apelando a supuestos valores morales “tradicionales y esenciales”, como Dios, la familia, la propiedad privada, el orden…, pero desenfocando totalmente la realidad y evitando entrar críticamente en la discusión de los verdaderos problemas que nos toca vivir en esta mitad del siglo XXI. Mensajes emotivos que abocan a los individuos a un solipsismo que busca culpable en los otros que responsabilizan de sus pérdidas sociales y económicas.

Este es un juego muy peligroso que se está instalando ya en varias democracias liberales tanto en América Latina como en Europa. Es un juego de suma cero entre la anti política y la agitación de mensajes antisistema en las redes sociales, que pretenden demostrar las ruinas de un Estado de Derecho y un sistema democrático heridos por la corrupción, la inmigración y la fractura social. Mensajes que no entran en el fondo de la argumentación ni construyen ideas, sino que se centran en constatar y/o alarmar sobre los problemas que preocupan a una ciudadanía empobrecida, desclasada y temerosa ante el entorno que le toca vivir. Pero los problemas, cuando son reales, no son fascistas o demócratas, progresistas o retrógrados, ni -como señala Manuel Cruz- “de derechas o de izquierdas. Lo que son de derechas o de izquierdas son las soluciones”[2]. Ahí radica la diferencia.

El lawfare, junto con la utilización fraudulenta de las nuevas tecnologías de la comunicación, las fake news y la whatsApperización de la política[3] (made in Steve Bannon), como instrumentos de la guerra híbrida, tomaron como detonante la lucha política contra la corrupción en las administraciones públicas. Los casos de corrupción generalizada han dejado de ser presentados como una cuestión coyuntural, para convertirlos en un problema que pone en riesgo gravemente la estructuración democrática de las sociedades liberales.

La lucha contra la corrupción y contra el clientelismo político se convirtió así en el leitmotiv del desprestigio de lo público y, en los países latinoamericanos con gobiernos progresistas en las pasadas décadas fue la excusa perfecta para el ataque y derribo de la izquierda, bajo la idea de que los gobiernos de izquierdas han generado una corrupción estructural. También en los países europeos, donde la narrativa de las nuevas derechas ha transmitido el mensaje (que no la idea) de que la socialdemocracia es la responsable del descrédito de lo público, del “derroche” de los Estados de Bienestar, de su ineficacia y, consiguientemente, del descontento socioeconómico y la fragmentación social. El mensaje alternativo era achicar el Estado e introducir la lógica mercantil y empresarial en su gestión. Se vincula la corrupción a lo público para desprestigiar a los políticos y a los partidos tradicionales, sin embargo, la corrupción de los empresarios es frecuentemente blanqueada e, incluso, ocultada, considerándola fruto de acciones simplemente fraudulentas.

En todo este proceso faltan argumentos, razones, conversación democrática, información y pedagogía política. Sobran mensajes virtuales, simbólicos, individualistas, cortoplacistas, muchas veces falsos, incitadores de odio, de resentimiento económico y de menosprecio social hacia los más vulnerables. Sobran mensajes, en fin, que apelan a los sentimientos más oscuros de los individuos. Esto está desembocando en una quiebra del Estado de Derecho y de la estructuración democrática de la sociedad. Pero conviene recordar que, si falla el Estado de Derecho, la situación política deriva en autoritarismo o anarquía; si falla la democracia, la situación deriva en mayor exclusión social, desigualdad socioeconómica e injusticia. Cuando se aceptan y se interiorizan esos mensajes, se está haciendo el juego a los enemigos de la democracia y a un sistema que genera compulsivamente desigualdades de todo tipo. La cuestión es por qué hay tantos ciudadanos dispuestos a creer esos mensajes y a repetirlos miméticamente.

En estos últimos años, desde la nueva derecha fundamentalista global se ha buscado el voto a cualquier precio. Incluso, incardinando y manipulando un cierto conservadurismo de la clase trabajadora y de las clases medias despolitizadas contra los efectos negativos de la globalización neoliberal (paro, precarización, disminución de las rentas del trabajo, privatización de servicios públicos,…) con el conservadurismo cristiano, autoritario y racista, que se manifiesta contra una sociedad caracterizada por una diversidad creciente que ni acepta ni está dispuesta a comprender para no perder su hegemonía social y cultural, pero también económica. Sin duda, una manipulación espuria, de consecuencias todavía no previstas.


NOTAS
[1] Concepto utilizado por primera vez por General Mattis y Teniente Coronel Hoffman, Future Warfare: The Rise of Hybrid Wars, en Proccedings Magazine, nov.2005 US. Naval Institute (disponible en: http://www.usni.org/magazines/proceeding/archive/story.asp?print=..)
[2] Manuel Cruz, La Vox a ti debida, El Confidencial, 03/12/2018
[3] Por ejemplo, Bolsonaro ganó las últimas elecciones presidenciales en Brasil con un 55% de votos y sin participar en ningún debate político con sus contrincantes: las fake news difundidas por mensajería y WhatsApp lo hicieron todo.