Opinion · Dominio público

Identidades de frontera: el caso de Mallorca

Antoni Aguiló

Filósofo del Centro de Estudios Sociales de la Universidad de Coímbra

Antoni Aguiló

Vivimos en tiempos de memorias olvidadizas. Ya lo denunció Walter Benjamin en 1940: la historia que aprendemos en los libros es la historia de los vencedores, cuya memoria está monumentalizada y documentada en textos y obras de arte.

La historia de las Islas Baleares, y en concreto la historia de Mallorca, no es una excepción. Conmemoramos la tradición que ensalza la figura de Jaume I, conocemos las gestas de grandes colonizadores mallorquines como Juníper Serra, las aportaciones de cartógrafos ilustres como Felip Bauzà y de eminentes filósofos como Ramon Llull y Anselm Turmeda. Sin embargo, tenemos importantes lagunas en lo que al conocimiento de la historia subterránea isleña se refiere. Es una historia que habitualmente no aparece en los manuales escolares (o si lo hace, suele ser en alguna breve referencia a pie de página), que apenas se enseña en las escuelas y que remite a la memoria de los vencidos, a representaciones del pasado que fueron silenciadas o marginadas: los chuetas asesinados por la Inquisición, las aportaciones judías e islámicas, la revuelta de les Germanies en 1521, la Mallorca republicana de Emili Darder y Aurora Picornell o la represión franquista en la isla, son algunos ejemplos, pero hay otros.

Como ha puesto de manifiesto la historiografía balear contemporánea, en Mallorca y las costas del Mediterráneo Occidental se practicó la esclavitud, mucho antes incluso de que se pusiera en marcha el sistema de esclavitud colonial con las navegaciones ultramarinas. Estudiosos como Antoni Planas Rosselló, Antoni Mas Foners y Onofre Vaquer explican que, tras la conquista de 1229, Mallorca se convirtió en un importante centro esclavista que suministraba esclavos a Cataluña, Valencia, Sicilia, Génova y Marsella. Además, a partir de 1263 Jaume I autorizó la importación de esclavos de cualquier lugar. La mayoría eran musulmanes del norte de África o descendientes de musulmanes que vivían en la isla en los tiempos de la conquista, aunque también había esclavos con otras procedencias geográficas y culturales, entre ellos prisioneros de guerra cristianos sardos y genoveses, canarios, griegos, armenios, turcos, rusos y esclavos del África subsahariana.

El tema de la esclavitud medieval en Mallorca suscita aún hoy debates sobre la importancia de leer en las entrelíneas de la historia oficial, la descolonización de la memoria y, por supuesto, a propósito de la celebración de la Diada de Mallorca, sobre la cuestión de la identidad, en este caso de la mallorquinidad.

¿Qué significa en las primeras décadas del siglo XXI ser o sentirse mallorquín? ¿Defender retóricamente lo nostro (lo nuestro) desde un escenario repleto de sobrasadas y apostar por la derogación de la Ley de Normalización Lingüística, como en su día pretendía el expresidente balear y hoy senador José Ramón Bauzá? ¿Asumir las posturas antisoberanistas y antiindependentistas del sector gonellista más escorado hacia la extrema derecha? ¿Convertir una caja de ahorros como Sa Nostra en un montón de escombros en la memoria? ¿Puede el polémico proyecto de carretera Campos-Llucmajor previsto por el Consell de Mallorca considerarse una aportación importante al sentimiento de mallorquinidad? ¿Y la defensa de la lengua y la cultura propias de Baleares que hacen los castellanohablantes de la plataforma Plural? ¿Qué mallorquinidad construir frente a la hegemonía de los relatos históricos que legitiman el predominio de la memoria blanca, masculina y heterosexual de los vencedores de la historia?

Estas y otras preguntas en la misma línea forman parte del actual debate público, una de cuyas expresiones más recientes se encuentra en la cordial polémica mantenida en clave soberanista entre el historiador Antoni Trobat y el periodista Antoni Riera. En su libro Un país anomenat nosaltres, Trobat apuesta por un soberanismo no identitarista, popular, transversal, inclusivo y lo suficientemente permeable como para acoger lo que califica como nueva “mallorquinidad líquida”, en referencia a una cierta identidad mallorquina que pivota sobre valores paisajísticos, gastronómicos y determinados elementos culturales. Por su parte, Riera, si bien concuerda, en general, con el planteamiento de una mallorquinidad plural y transversal, expresa su escepticismo sobre el grado de compromiso e identificación de esta mallorquinidad líquida (que podría llegar a transformarse en una mallorquinidad evanescente) para adherirse a un proyecto soberanista y progresista.

A primera vista, hablar de una “mallorquinidad líquida” podría parecer que remite, por contraposición, a una especie de mallorquinidad sólida, como si existiera una identidad genuina y tradicionalmente mallorquina. Sin embargo, esta dicotomía es tan solo aparente, puesto que lo sólido (en el sentido de lo tradicional) no es incompatible con la apertura al cambio y a la renovación. Hay tradiciones conservadoras y replegadas sobre sí mismas, pero también hay tradiciones abiertas y flexibles. Cabe recordar que tradición deriva etimológicamente del latín tradere, que significa legar, transmitir, y ese legado no remite necesariamente a la continuidad de contenidos inmutables entre generaciones. No en vano, Ebrahim Moosa, uno de los pensadores más innovadores y sugerentes del mundo árabe contemporáneo, se refiere a la tradición como un “conjunto de prácticas dinámicas” sometidas a una evaluación crítica y a un cuestionamiento constantes. La tradición, en este sentido, se parece al martillo del que metafóricamente habla Baruch Spinoza. Podría pensarse que el martillo utilizado para forjar el hierro ha sido fabricado por otros instrumentos, hechos, a su vez, por otras herramientas previas, y así se corre el riesgo de perderse en una sucesión infinita hasta concluir que el ser humano carece de poder para forjar el hierro. Precisamente, el hierro puede trabajarse y dar lugar a nuevas creaciones gracias al conocimiento y a la experiencia que se tiene de las técnicas anteriores (la tradición).

Cabe, pues, preguntarse cómo renovar las herencias del pasado a partir de las experiencias y necesidades del presente en lo que respecta a la identidad mallorquina. Preguntarse también cómo rehabilitar las memorias oprimidas y olvidadas de nuestra historia y cómo desbordar creativamente la tradición para dar lugar a nuevas configuraciones identitarias abiertas a las experiencias de mallorquinidad de, por ejemplo, figuras como la de Robert Graves (“bajo los olivos, nuestras manos enlazadas”) o de nombres como Guillem d’Efak, Cecili Buele, los Balboa Buika y Youba Sissokho.

Quizá una respuesta se halla en la identidad de frontera de la que habla Boaventura de Sousa Santos. Dice el sociólogo que las identidades culturales son el resultado transitorio de procesos de identificación, de negociaciones de sentido, de hibridaciones y juegos de polisemia que en una determinada época se realizan en identidades concretas. La frontera no se entiende aquí como una línea de demarcación infranqueable, sino como metáfora de un lugar de contactos, de intercambios materiales y simbólicos, de encuentros entre tradición e innovación, de resignificación de elementos culturales y de enredamientos desde el que producir colectivamente tejido comunitario en torno a causas, identidades e intereses.

Pensar las identidades desde la frontera permite concebirlas como un producto inacabado. Además, implica el desafío de crear nuevos espacios de articulación; espacios de conocimiento mutuo, pero también de reconocimiento de los privilegios (de clase, de género, de etnia, etc.) y de las heridas aún abiertas; espacios que permitan captar la relación entre la diversidad de identidades y de opresiones en toda su complejidad: por ejemplo, ser varón (y por tanto pertenecer a un género privilegiado), pero al mismo tiempo ser hablante de una lengua minorizada y ejercer una sexualidad subalterna.

¿Acaso Mallorca, por su condición insular, no constituye una frontera geográfica, pero también lingüística y cultural? ¿Acaso el mencionado tráfico medieval de esclavos no reprodujo en la isla, mucho antes que el boom turístico de los sesenta, el modelo de una cultura de frontera? Fernand Braudel dice en sus trabajos sobre el Mediterráneo que las islas situadas en lugares de tránsito e intercambio constituyen elementos de conexión abiertos al mundo.

Es necesario que quienes sienten Mallorca como propia y se sienten interpelados por reflexiones como esta hagan oír su voz en la frontera, un lugar de encuentros y desencuentros, de aprendizajes y desaprendizajes, de ruidos y silencios, de procesos de identificación colectiva capaces de forjar alianzas y conectar luchas. Me parece la única manera de dar voz a ese nosaltres (nosotros) plural e inclusivo capaz de reconstruir lo común; un nosotros, recordando el memorable y fresco verso de Bonaventura Carles Aribau, abierto “a los propios, a los extraños, a la posteridad”.