Opinion · Dominio público

Cómo acabar de una vez por todas con los malos tiempos

Pedro Ibarra

Catedrático de la UPV-EHU

Malos tiempos. Se consolida la confluencia de los tres: liberales (Cs), conservadores (PP) y ultraderecha (Vox). Se está incrementando el poder -en conjunto- de lo tres, que, en el fondo – y no muy en el fondo-, son uno solo. Ahora, veamos uno a uno lo que son y como se parecen.

Primero, el liberalismo, hoy más conocido como neoliberalismo. A partir, y desgajándose del ideario liberal clásico, se constituye en el campeón del individualismo. Su base es constatar y defender que el individuo es todopoderoso e ilimitado a la hora de decidir y ejercer su libertad. Al tomar una decisión, ésta no está ni debe estar determinada ni influida ni vinculada al otro, a los demás. Actúa y debe actuar desvinculado. Es y tiene que ser libre en el ejercicio de su libertad decisoria y así lograr mayores capacidades y poderes para tener más, para mandar más. Este es el destino del individuo: estar libre de compromisos y exigencias comunitarios a la hora de afrontar y ejercer una decisión para lograr por sí solo -y para él solo- el mayor protagonismo social posible. Ello implica que, para obtener sus objetivos y su estatus de poder, el individuo compite, y debe competir, frente a los otros.

El discurso liberal propone la competición de todos contra todos para lograr el triunfo individual.   Y afirmará que quienes han alcanzado un estatus de superioridad frente a los otros, se ha debido a su mayor trabajo y capacidades. La igualdad no puede ser un objetivo proveniente de la acción política, en cuanto ello implicaría limitar, ordenar y canalizar la libre competencia.  Quizás, solo quizás, la igualdad pueda ser un deseable imposible; una simpática e inútil utopía, pero en modo alguno puede ser algo a regular, a establecer. Lo proveniente del natural individuo desvinculado, es una sociedad en la unos son diferentes en cuanto que son superiores a otros; tienen más, mandan más. Una sociedad jerárquica consecuencia de esa naturaleza humana, que por tanto bajo ningún concepto debe ser impedida.

El modelo económico de esta “filosofía” es el que hay. La conducta individualista aplicada –traducida- al mercado.  El objetivo del capital es y debe ser adquirir más poder y beneficio económico. Para ello debe competir  y  si esa competición tiene efectos negativos frente a otros  consumidores y trabajadores la culpa es de éstos. Los liberales modernos nos recuerdan que todos tenemos las mismas condiciones de libertad para decidir. Si unos han decidido trabajar y no ir más allá (tener más, mandar más) y otros han decidido no trabajar, es su libre opción. Desde un común punto de partida igualitario en libertad, son ellos -los perdedores- los responsables de esa su desigualdad sobrevenida. Y, por supuesto, en modo alguno  la política -el Estado-  debe  interferirse  y cambiar en  favor de la igualdad las consecuencias de ese libre  pacto entre capital y trabajo.

El segundo,  el conservadurismo. Lo que sin más llamamos la derecha. Incorpora  a la filosofía individualista  el discurso y la correspondiente estrategia, del no…cambio. Así mantener las estructuras, instituciones, escenarios, competitividades  y mercados que generan,  permiten y mantienen la potenciación del individuo -de determinados individuos-  y que a su vez generan la desigualdad.  El conservadurismo intensifica un poco más que el neoliberalismo la afición por la desigualdad; ahora la misma es considerada como constitutiva de una sociedad armónica.  Además, desde su posición conservadora entienden que deben ser preservadas las tradiciones en conductas y prácticas culturales que expresen y potencien esas instituciones y escenarios. Como consecuencia de todo ello argumentarán que todo intento de cambiar una sociedad desigual, naturalmente jerarquizada entre diferentes, con su equivalente política autoritaria, conduce al desorden… al mal.

Hoy en día ha aumentado sensiblemente  el proceso de diferenciación en la sociedad.  Ahora nos interesa considerar a los sectores o grupos sociales que son diferentes porque están fuera del sistema.  Ni tienen, ni mandan, ni quieren obedecer. Pobres, parados, precarios, emigrantes, disidentes, mujeres desobedientes y protestonas  y reivindicativas, etc.

Los liberales, aunque al admitir el principio de diferencia no son partidarios de una genérica política represiva frente a los diferentes, sí proponen que los diferentes por desigualdad tengan un papel marginal en la gestión social y política de la nación.  Entienden que una sociedad inevitablemente jerarquizada debe ser protegida a través de un Estado con prácticas autoritarias. La situación de jerarquía y desigualdad establecida genera protesta, lo que exige severidad en el control de esa disidencia. No conviene olvidar, en ese sentido, que el principal principio liberal es el mantenimiento…. del orden establecido; la más pura expresión de la libertad humana.

La posición de la derecha cara a los diferentes es más dura. Los que  están fuera de sistema y se oponen al mismo,  se entiende rechazan sus dimensiones constitutivas – desigualdad y autoridad – llamadas a toda costa a ser defendidas. Por tanto el acceso de esos diferentes marginales a esa verdadera superior sociedad deberá ser impedida y  su critica sin mas …eliminada.

El tercero es la extrema derecha o neofascismo. Es una filosofía (solicito perdón por utilizar esta hermosa palabra para tal basura) que implica una intensificación -y, en determinados extremos, una radicalización de los idearios y opciones estratégicas de liberales y conservadores.  Defensa del sistema económico actual  productor de la desigualdad,   matizando  y reforzando algunas propuestas de  los otros dos. Así, protagonismo individual retórico, autoritarismo político extremo, y especial radicalización en el tratamiento de los otros… diferentes.

La función del nacionalismo -que sobre todo aparece cuando se cuestiona el Estado jerárquico desde la disidencia- es bastante similar en los tres (les llamaremos el tripartito). Pretende mantener la cohesión para que la sociedad no sea sólo descarnadamente la lucha de todos contra todos; que exista un cierto sentido de pertenencia que, por otro lado, no cuestione las estrategias de individualismo y competitividad. Especialmente para los neofascistas, la nación la componen sólo aquellos que asumen la superioridad de la nación. Como participan de la nación se supone se sienten triunfadores. Han llegado a la plenitud en el ejercicio de su individualismo al pertenecer y mimetizarse en un ente triunfante y superior: la comunidad nacional. El neofascismo promete – y lidera esta promesa respecto a los otros miembros del tripartito- que serás de los elegidos de sentirte miembro de un extraordinario y superior -y se supone que emocionante- proyecto nacional.

Frente a los diferentes, su posición, comparativamente a liberales y conservadores, es más radical. Los que están fuera del sistema y además fuera de la nación, no sólo deben ser controlados y despreciados, sino también tratados con una diseñada y directa estrategia de marginación,  y aún de expulsiones  en algunos casos, para mantenerles en la desigualdad y la sumisión.

Lo descrito respecto a estas tres corrientes evidencian no sólo su cercanía sino su compartida concepción de aspectos centrales que dirigen la acción política. Misma concepción del individuo, especialmente en su relación con el otro y con la comunidad.  Muy parecidas prioridades en el papel otorgado al poder político -de retiro del mercado y al tiempo de prácticas autoritarias-, en el absoluto respeto a intereses y estrategia de lo poderes económicos, en el tratamiento a los diferentes desiguales. Este compartir produce en la vida política, distintos procesos de articulación en las relaciones entre las diferentes formaciones.  Varían porque también varía el nivel de radicalización con el que cada grupo defiende sus objetivos. Las diferencias no  están en el cuerpo doctrinal y estratégico de fondo, sino en las distintas intensidades  de específicas propuestas.

No podemos seguir creyendo que estamos ante una confluencia ocasional de tres grupos algo parecidos; y que, por tanto, es muy posible que se enfrenten entre ellas, y que de ahí surgirá un esplendoroso triunfo para la izquierda. Ahora estamos en una coyuntura (me temo que en una nueva época) en la cual existe un incremento de confluencia operativa entre las tres opciones; un incremento significativo de la fuerza política de las tres opciones consideradas en su conjunto; un incremento de radicalización de las que presentaban un perfil más moderado; y finalmente un reajuste de liderazgos entre las tres formaciones.

Confluencia no tiene porque implicar la formalización de alianzas.  Implica una intensificación -cada uno dentro de sus tradiciones-, de las políticas de desigualdad, de autoritarismo, de nacionalismo reaccionario, de marginación de los diferentes (de los que están abajo). Confluencia quiere decir que, aunque estos tres frentes vayan a seguir presentando discrepancias, de hecho existe una convergencia y una relación positiva circulando en la raíces de su proyecto ideológico y estratégico.

Hay ideario y estrategia compartida.  Ciertamente no siempre  surgen  estas uniones. Hasta que ven necesario el hacerlo. Ahora lo ven y  han decretado  el estado de necesidad. Necesario y oportuno. Los tres han descubierto la necesidad de confluir más expresamente en una respuesta contundente. También han considerado la existencia de mejores condiciones para lograr sus objetivos, que no son sólo los de mantener las dimensiones fundamentales del sistema, sino de darle mayor fortaleza, mayores garantías de continuidad.

Y tienen mejores condiciones para hacerlo.  Así a destacar que  han  adquirido una mayor legitimación social, un mayor apoyo  electoral en el conjunto de las tres. Eso quiere decir que ha aumentado sensiblemente el número de personas que han asumido y que apoyan las convicciones y propuestas -en lo fundamental- del tripartito.  Eso quiere decir que esos  sus votantes  creen que van a estar mejor con la practica del (de su) individualismo competitivo, cuando se eliminan o impiden políticas a favor de la  igualdad, cuando se marginen a los diferentes desiguales, cuando el autoritarismo político les mantenga alejados de los desórdenes provenientes de los disidentes  ( de los que están fuera del sistema ), cuando además se crean -sin que ello implique compromiso personal alguno- que pertenecen a una estupenda nación.

Sin duda crece el malestar social desde el que surgen estos apoyos a estas nuevas/viejas, más o menos impresentables, derechas.  Pero la cuestión es que este malestar se canaliza en estos apoyos,  a partir de la conciencia de que la felicidad de cada uno se logra en un escenario regulado por las reglas del individualismo competitivo, diferenciación y desigualdad y autoritarismo. Creo que hay que fijarse más en esa cultura social y política que existe y que… crece. Ella es la que está por debajo, marcando las batallas diarias de la política.

Parecería, en consecuencia, que para resistir primero y disolver después (no lo veré) esta obscura ola reaccionaria, deberían extenderse otras convicciones y miradas sociales basadas en que el otro no sea un competidor sino alguien con el que queremos hacer -y hacemos- cosas juntos. Aquí,  en el País Vasco desde donde escribo, parecería que lo tenemos mejor, por lo del microclima y porque la cuadrilla tripartita notiene demasiados apoyos. Pero conviene prevenir.  Por ejemplo, blindarnos para que no vengan.  En todo caso y mas allá de que probablemente sean partidarios de venir y que va a ser difícil disuadirles, la “solución” en última instancia -a la larga- pasa por el reforzamiento y en muchos casos la puesta en marcha de una  construcción nacional  basada en unas relaciones sociales- en todos los espacios y niveles sociales- asentadas en la  solidaridad, cooperación, igualdad y decisión colectiva. Frente al conjunto de individuos que compiten entre sí para ver quién tiene y manda más frente a lo otros, se trataría de construir una comunidad soberana en todos sus ámbitos, compuesta por ciudadanos que, con sus diferencias, confluyen -se unen- para construir una sociedad de iguales.