Opinión · Dominio público

Conocer el pasado es Democracia

Rosa Toran

Historiadora. Amical de Mauthausen y otros campos

Después de los resultados de las elecciones al Parlamento andaluz, la extrema derecha, encarnada en Vox y sus cómplices, se ha apuntalado también en España. Quizás considerábamos a estos enemigos de la libertad y la democracia como una minoría insensata o como un fenómeno pasajero, cuando su objetivo era formar parte o condicionar gobiernos y parlamentos para acabar con los avances conseguidos tras décadas de lucha ¿Lo veíamos venir? ¿Hemos atendido a las lecciones de la historia? ¿Se habían curado las heridas del pasado?  La llegada al poder de Donald Trump en el estado más poderoso del mundo lo anunciaba y le han seguido Austria, Italia, Brasil… y ahora España, con sus proclamas insolidarias ante la frustración y los efectos de la globalización que sufren las clases medias y populares.

Steve Bannon y su “Movimiento” irrumpen cual cruzados en Europa para arremeter contra los derechos y libertades, en un universo demencial que no conoce fronteras entre verdad y mentira, en base a ideas simples que encienden fuegos, no incitan a pensar y niegan el valor del conocimiento. Demagogia y propaganda al puro estilo que marcó la estrategia de Goebbels para sumir al pueblo alemán en la ignorancia y hacerlo susceptible de manipulación, en la carrera destinada a la muerte y al desastre.

Malos tiempos para la democracia, ante el auténtico desafío de los neofascismos, que ponen en grave riesgo el futuro del bienestar en continua construcción, y entre cuyos bienes se halla el de la memoria reflexiva y ejemplar, un derecho innegociable. El ataque del tridente que aboga por una Ley de Concordia frente a Ley de Memoria Histórica -insatisfactoria, pero con visos de avances- no significa otra cosa que una contrarrevolución en el largo camino de dignificación y conocimiento, cuando no una regresión hacia el ignominioso régimen franquista, que causó estragos sociales, económicos y políticos. Tras el sangriento golpe militar del 18 de julio de 1936, ejecuciones, exilios, ilegalización de partidos y sindicatos, concentración de poder, incautaciones, condenas, negación de la diversidad religiosa, sexual, nacional y cultural… , en base a una legitimidad basada en su origen violento, en una victoria por las armas que desarrolló el terror durante cuarenta años. Ningún maquillaje logró borrar las esencias de aquel régimen, perpetrador de matanzas bajo un infame manto legalista, y ahora tildado de benévolo por las voces indecentes y prepotentes de quienes buscan su resurgimiento bajo nuevas fórmulas que beben del desconcierto ideológico y político de los hijos de la democracia.

Democracia y franquismo implica trazar una sólida frontera entre ambos, insistir en el conocimiento del pasado y dilucidar entre los logros democráticos y las perversiones autoritarias, no tan sólo como un ejercicio intelectual, sino como una postura ética en defensa de los valores de la libertad, la igualdad, la fraternidad y la justicia social. Con diferencias y matices cabe indagar y profundizar en los puntos comunes en la lucha contra el neofascismo y en favor de la democracia, porque el recurso fácil a la convivencia no puede convertirse en un argumento artificioso y benévolo, ni dar paso a  reconciliaciones forzadas, porque si a partir de 1936 la frontera entre rebeldes y leales marcó el asalto o la defensa de la democracia, y a partir de 1939 la existencia de colaboracionistas y opositores supuso la aceptación de la dictadura o la lucha en la consecución de las libertades, ahora cabe reconocer el abismo  entre Democracia y Neofascismo.

La verdad factual de la Historia es indiscutible y la memoria, a pesar de su carácter pluridireccional y transversal, sin duda, transmite valores, entre ellos la lucha por las libertades que en el pasado siglo se encarnaron en los movimientos antifascistas en el conjunto de Europa, sujetos, en las circunstancias actuales, a revisionismos y negacionismos que orillan el peligro de la denigración o el olvido. En  nuestro país, superada la etapa de la transición en la cual, en aras a la reconciliación, se evitó o deformó la realidad del pasado inmediato, ahora el combate por la memoria antifascista y antifranquista debe cobrar nuevas dimensiones, sin circunscribirse a la esfera privada, ya que forma parte de un proceso histórico reciente y ha de contribuir a cumplir con el deber cívico y ético de conocimiento que exige la Democracia.