Opinion · Dominio público

Sombras del caso Alsasua (I): planteamiento inicial y dudas sobre el relato ‘oficial’

Jaime Montero Román

Miembro de la Asociación Libre de Abogados y profesor de Derecho Penal en el Centro de Estudios del Ilustre Colegio de Abogados de Madrid @MonteroJaime

La serie de artículos iniciados con el presente sobre el denominado “caso Alsasua” está escrita por uno de los abogados de la defensa de los encausados; no pretendo, ni podría hacerlo, ser imparcial.

No ser imparcial, sin embargo, no implica mentir, u omitir extremos relevantes del caso, para favorecer las tesis que sostengo; supone, simplemente, que puedo poner el acento en aquellas cuestiones que quiero trasladar, pero siempre tratadas desde el rigor y mediante razonamientos sometidos, cómo no, a la confrontación y sana crítica de cualquier otra persona conocedora del proceso, o del Derecho, o sencillamente que aplique el sentido común.

El objetivo de esta serie de artículos, por otro lado, es tratar de acercar al público interesado las razones por las que las defensas creemos que no hemos tenido un juicio justo y equitativo; pretendo en estos artículos desgranar las irregularidades a las que las defensas nos hemos enfrentado a lo largo de un proceso que, desde el primer momento, hemos percibido como una historia con el final ya escrito.

Antes, sin embargo, de entrar en dicho análisis, quiero aprovechar esta suerte de introducción, y declaración de intenciones, para hacer una primera mención a los hechos objeto de enjuiciamiento, y resaltar la primera gran duda que presenta este caso, ajena a las circunstancias del proceso que se analizarán en los siguientes artículos, pero que adquiere una importancia capital para comprender no sólo lo sucedido en aquella  madrugada del día 15 de octubre de 2016, sino el devenir posterior de los acontecimientos, como pronto podrá apreciar el lector.

Sobre las 4 horas de la mañana del sábado 15 de octubre de 2016, en un bar de la localidad de Alsasua, una serie de jóvenes, que en número llega a ascender hasta 25 personas aproximadamente, según refieren las víctimas y registra la sentencia, golpean brutalmente a dos guardias civiles que estaban fuera de servicio, y a sus parejas, propinándoles repetidos puñetazos y patadas por todo el cuerpo mientras les increpan por su presencia en el establecimiento.

Cuando estas personas logran salir del bar (tras hacerles dentro del mismo lo que las propias víctimas denominaron como el “pasillo de la muerte”), a los aproximadamente 25 agresores de dentro del bar se le sumarán otros 25 agresores que estaban esperando fuera, de modo que estas 50 personas, siempre en términos aproximados, continuaron golpeando con patadas y puñetazos a los perjudicados, “con gran saña y virulencia”, según manifestaron éstos, agresión “salvaje y brutal” que sólo cesó cuando se personó en el lugar de los hechos una patrulla de la Policía Foral de Navarra.

Los entrecomillados utilizados en los párrafos anteriores responden a expresiones empleadas por las víctimas al relatar lo sucedido, y permiten poner el acento en la intensidad de la agresión que relatan, durante la que llegaron a “temer por sus vidas”, según manifestaron en el juicio.

Sobre este relato, cabe hacer dos apreciaciones:

La primera tiene que ver con el contexto en que se produce la agresión relatada: Ninguno de los presuntos agresores ha declarado que participase en la misma, y (como pueden entender los lectores) ninguna otra persona fue voluntariamente a la comisaría a decir: “yo participé de aquella pelea y los hechos no ocurrieron como se ha relatado, sino que fueron los agentes los que…”

Por ello, no existe una contextualización de los posibles motivos de la presunta agresión, ni una versión alternativa a la expresada por las víctimas de cómo se suceden los hechos, cuál es el inicio del conflicto, qué actitud o papel desarrollan ambas partes, si la agresión es unidireccional o reciproca, etc.

En este sentido, las únicas personas que afirman haber participado, siquiera pasivamente y como víctimas, niegan tanto la existencia de un incidente previo que permita contextualizar la agresión, como la reciprocidad en los golpes, algo por lo demás habitual en los juicios seguidos por peleas y demás incidentes violentos, pues normalmente los partícipes en una pelea siempre descargan toda la responsabilidad del conflicto en sus oponentes. Como en este caso no existe un oponente que se identifique como tal, no contamos más que con una versión del incidente.

La segunda cuestión sobre la que me gustaría llamar la atención del lector es el alcance de las lesiones que deberían de padecer las víctimas de una agresión multitudinaria tan salvaje y brutal como la relatada, y confrontar este relato con las heridas que se reflejaron en los partes médicos que se extendieron ese día consecuencia de la atención de los mismos en urgencias.

Piense el lector en decenas de personas (entre 25 y 50) agrediéndole salvajemente, con patadas y puñetazos, durante un intervalo de tiempo considerable, y las heridas que debería presentar, en caso de que fuese afortunado y siguiese con vida, al finalizar lo que las acusaciones definen como un linchamiento salvaje perfectamente premeditado y organizado: la cara completamente desfigurada por los golpes (ojos hinchados, nariz rota, pómulos contusionados, si no fracturados, labios partidos, dientes sueltos o arrancados), posiblemente algunas costillas rotas, y por supuesto incontables hematomas por toda la espalda, tórax y abdomen, si allí se han recibido impactos, al margen de las previsibles heridas defensivas en brazos y piernas, al emplear estos miembros para tapar “zonas vitales” como manifestaron las víctimas.

Y contraste a continuación el lector dicha previsible y esperada consecuencia lógica de un agresivo linchamiento multitudinario como el relatado, con la información contenida en los partes médicos expedidos ese mismo día, consecuencia de la asistencia hospitalaria a las víctimas. Con el fin de no resultar tedioso, reproduciré a continuación el contenido de dichos informes médicos que resulte relevante, omitiendo las partes que reflejan una absoluta normalidad:

Víctima nº 1:
EXPLORACIÓN FÍSICA.
Abdomen:
Dolor a la palpación de hemiabdomen derecho.
Espalda: Columna vertebral: Dolor generalizado a nivel paravertebral cervical y dorsal.
(Esta víctima acudirá el día siguiente a urgencias nuevamente por dolor en el hombro, y se le diagnosticará una “tendinitis en el hombro izquierdo”)

Víctima nº 2:
EXPLORACIÓN FÍSICA:
Cabeza: Boca: Herida en labio de unos 0,5cm en labio superior con aparente pérdida de sustancia.
Extremidades: Articulaciones: deformidad evidente de tobillo derecho.
Rx tobillo derecho: fractura de peroné y de maleolo tibial.
(Esta fue la víctima con heridas de mayor gravedad: rotura de tobillo por la que debió ser intervenido y una herida en el labio que precisó un punto de sutura)

Víctima nº 3:
EXPLORACIÓN FÍSICA
Cabeza: Cefalohematoma en región mastoidea izquierda.
Espalda: Erosiones múltiples en espalda.
Extremidades: Articulaciones: Contusiones en codo izquierdo, con erosión asociada. Muñeca derecha: edema con dolor intenso y ligera limitación de la movilidad en la región radial.
(Cefalohematoma es el término técnico del vulgar “chichón”)

Víctima nº 4:
EXPLORACIÓN FÍSICA
Cuello: Contractura paravertebral izquierda. No limitación a los movimientos. No rigidez nucal.
Extremidades: Hematoma en región central de muslo izquierdo.

Como ha quedado dicho, se han eliminado de los informes médicos aquellas partes que no revelan ningún tipo de afectación, como pueda ser la exploración neurológica, que es negativa en todos los casos; radiografías que no muestran hallazgos de interés; o el examen físico de distintas partes del cuerpo, que contienen los informes citados, pero no se recogen en este extracto por resultar completamente normales.

Y cabe afirmar, a la vista de los partes médicos reseñados, que éstos no evidencian la agresión multitudinaria y salvaje que relatan las víctimas, pues las consecuencias lesivas hubieran sido mucho más serias en tal caso, y podemos concluir que lo ocurrido, a tenor de las lesiones físicas reflejadas en los partes, ha sido magnificado por las víctimas, hasta el punto de haberse construido un relato que ha perdido toda correspondencia, por desproporcionado, con la realidad de lo sucedido.

Las razones de tan radical exageración en el relato pueden ser varias; desde la posible distorsión del recuerdo de la propia vivencia, especialmente si es traumática, como lo puede ser un episodio violento, hasta la necesidad, consciente o inconsciente, de justificación de la propia condición de víctima ante la relevancia mediática alcanzada por los hechos, y especialmente ante la subsiguiente magnificación del propio proceso judicial.

En efecto, no debe ser fácil participar como víctima de un proceso en el que se piden penas de hasta 62 años de prisión para cada uno de los acusados, y parece lógico que, incluso de modo inconsciente, se tienda a adecuar de algún modo el recuerdo de lo sucedido a tan desaforadas peticiones de pena.

Más allá, en cualquier caso, de cuáles sean las razones de tan radical discrepancia entre el relato de las víctimas y las consecuencias lesivas que revelan los partes hospitalarios, lo cierto es que la misma adquiere una importancia vital, como podrá comprender el lector, pues pone en entredicho la credibilidad de todo el testimonio de las víctimas, tanto en lo que concierne a lo sucedido, como a las concretas actuaciones que atribuyen a cada uno de los acusados, al resultar dichas atribuciones irremediablemente contaminadas por la señalada magnificación del relato.

En definitiva, de este primer acercamiento a lo sucedido, y más allá de las vicisitudes del proceso que abordaremos en sucesivos artículos, podemos concluir que se ha obviado que el resultado lesivo de la agresión, expresado a través de los partes médicos de urgencias, no se corresponde con el relato de las víctimas que sirve de base tanto a la sentencia como a la (re)construcción mediática del episodio de la agresión que fue objeto de enjuiciamiento, que resultó magnificado, como ha quedado dicho, hasta el punto de quedar, a mi juicio, completamente desnaturalizado.