Opinion · Dominio público

¡Es supremacismo machista, estúpido!

Antoni Aguiló

Filósofo político del Centro de Estudios Sociales de la Universidad de Coímbra

El ascenso global de la extrema derecha ha vuelto a poner en el punto de mira la cuestión de género. La ofensiva antifeminista de la ultraderecha se sirve de la manida estrategia discursiva que usa el término “ideológico” en un sentido peyorativo con la intención de desacreditar la posición rival, calificándola de extremista, radical y particularista, en contraste con la posición propia, que se presenta como una postura universal, imparcial y de sentido común. Se trata de una argumentación torticera, pues no reconoce la legitimidad de las posiciones adversarias en el debate político por cuanto las coloca en un nivel inferior y se sitúa en una posición incontestable.

De acuerdo con esta estrategia, Jair Bolsonaro prometió en su discurso de investidura “liberar a la patria del yugo de la sumisión ideológica” y construir un Brasil “libre de amarras ideológicas”, entre las que mencionó la llamada “ideología de género”. El objetivo es presentar el feminismo como una ideología sectaria, excluyente e incluso diabólica, propia de feminazis o mujeres rabiosas que pretenden inocular el virus de la igualdad de género en la sociedad. Las declaraciones trasnochadas de Damares Alvares, la ministra brasileña de Familia, sobre el color azul para los niños y el rosa para las niñas, la cosificación que Trump hace de las mujeres y la inquina de Vox respecto a las políticas de igualdad y los movimientos feministas, a los que perciben como un lobby profesionalizado que parasita las arcas públicas, son expresiones distintas de un antifeminismo reaccionario basado en una escala de valores que legitima la dominación masculina.

Manifestación contra la violencia machista, en Madrid. AFP/Curto de la Torre
Manifestación contra la violencia machista, en Madrid. AFP/Curto de la Torre

Es precisamente esta cultura patriarcal que sataniza la “ideología de género” y radicaliza la supremacía masculina la que enseña a los hombres a mandar, a competir, a destruir, a reprimir los sentimientos, a violar e incluso a matar. Cuando en 1989 Marc Lépine asesinó a 14 mujeres en la Escuela Politécnica de Montreal, afirmó en su nota de suicidio que estaba luchando contra el feminismo, al que culpaba de arruinar su vida. Cuando en 2011 Anders Breivik asesinó a 77 personas en Noruega, fue en gran parte debido a su odio al feminismo, que consideraba una amenaza para el futuro de los hombres europeos. En su manifiesto titulado 2083: Una declaración de independencia europea, Breivik arremete contra la “feminización de la cultura europea”. El odio respecto al feminismo y las creencias misóginas salpican todo el texto, plagado de referencias a la propagación de la inmoralidad sexual (asociada a la promiscuidad atribuida a las mujeres), al “capital erótico” que estas utilizan para manipular a los hombres y a la decadencia de la civilización occidental. Breivik concluye que “el destino de la civilización europea depende de que los hombres europeos se resistan firmemente al feminismo políticamente correcto”. Cuando en 2014 Elliot Rodger mató a seis personas en la masacre de Isla Vista, en California, declaró en las redes sociales que lo hizo en respuesta a un deseo de castigar a las mujeres por haberlo rechazado.

Entender estas masacres solo como actos aislados de locura perpetrados por lobos solitarios aboca a una explicación sesgada que olvida su componente misógino y antifeminista. Sin embargo, tampoco constituyen únicamente actos de virulencia misógina. Son algo más: son actos supremacistas para subordinar y reprimir a las mujeres con el fin de mantener el poder masculino en todos los aspectos de la vida. Todos ellos tienen en común los dos grandes principios característicos de la cosmovisión supremacista masculina: el deseo de dominar a las mujeres y la creencia de que la sociedad oprime a los hombres (y en particular a los blancos) a favor de las mujeres, vistas esencialmente como una forma inferior de humanidad.

Sin embargo, estos no son sus únicos principios. Junto con el racismo, la xenofobia, la homofobia y el clasismo, el supremacismo machista aboga por un retorno a lo que considera el orden natural de las relaciones de género a partir de una jerarquía que reduce a las mujeres a su función reproductiva; culpa al feminismo del declive de la civilización occidental; ridiculiza a las feministas o asume la tesis del “feminismo exacerbado de la izquierda”, defendida recientemente por el vicesecretario general del PP, Javier Maroto; finge respeto para las mujeres que puede controlar y representa al resto como criaturas ambiciosas, mentirosas y manipuladoras a las que hay que conquistar (como parte de ese plan de “reconquista” trazado por Santiago Abascal, el llanero de Vox que pide la abolición de la Ley contra la Violencia de Género); y considera que cualquier logro que las mujeres han conseguido no es más que una usurpación indebida.

El supremacismo machista se manifiesta con múltiples rostros, se mueve en distintos terrenos y utiliza varios métodos. Puede hacerlo en forma de organizaciones por los derechos de los hombres que se sienten amenazados por el feminismo, como Return of Kings y A Voice for Men en Estados Unidos, entre cuyas tácticas habituales se encuentran la difusión de discursos extremistas, de información falsa y de memes de carácter difamatorio. Se puede manifestar a través del movimiento de célibes involuntarios (o incels, por sus siglas en inglés) que, al no haber encontrado mujeres dispuestas a mantener relaciones sexuales con ellos, transforman su frustración en un llamamiento a la violencia. Otros rostros del supremacismo son los llamados Píldoras Rojas (una referencia tomada de Matrix), hombres que dicen ser conscientes de la existencia de una conspiración feminista; los miembros de credos fundamentalistas que recurren al creacionismo patriarcal para reforzar las tesis sobre la subordinación de la mujer; y los grupos de mujeres reaccionarias cómplices.

Pero sin duda, la cara más visible del supremacismo machista es la campaña global orquestada contra la “ideología de género”. En la lógica de los principios de propaganda de Goebbels, lo que se busca es la creación de un enemigo social y político común contra el que descargar odio y explotar el miedo. Lo que no se dice es que el combate contra la “ideología de género” en verdad pretende combatir conquistas como la educación para la igualdad de oportunidades, el matrimonio igualitario, los avances en materia de derechos sexuales y reproductivos, etc.

La “ideología de género” no es más que un artificio discursivo promovido por los sectores integristas de la Iglesia católica y los grupos fundamentalistas evangélicos. Recuerden, si no, los pronunciamientos del papa emérito Benedicto XVI sobre la “nueva filosofía de la sexualidad” en su discurso de 2012 a la curia romana con motivo de las felicitaciones navideñas. Es por ello por lo que quienes abrazan las tesis del supremacismo machista se sentirían más cómodos en la puritana república de Gilead imaginada por Margaret Atwood que en la antimisógina Ciudad de las damas de Christine de Pizan. En El cuento de la criada, Atwood crea una teocracia patriarcal militarizada en la que las mujeres han sido privadas de sus derechos. Las que son fértiles se ven obligadas a ejercer la servidumbre sexual con la finalidad de tener descendientes sanos para la clase dominante. Las feministas, los rebeldes y cualquiera que no se ajuste a las normas sexuales y de género establecidas son duramente castigados, incluso con la muerte. Se trata de una distopía de género en la que los militares (tan apreciados por Trump y Bolsonaro) son el brazo ejecutor de un orden totalitario cuyas élites dirigentes deciden que la mejor manera de honrar a las mujeres es devolverlas a la Edad Media.

Patriarcado y misoginia son dos conceptos fundamentales del activismo feminista para denunciar las violencias contra las mujeres. Estos conceptos siguen siendo aportaciones cruciales, aunque el activismo feminista de los próximos tiempos tendrá que prestar especial atención a los diversos rostros del supremacismo machista para desarmar lo que Adrienne Rich llamó las “mentiras, secretos y silencios” del patriarcado.