Opinión · Dominio público

Extraño estado de existencia

Antoni Aguiló

Filósofo del Centro de Estudios Sociales de la Universidad de Coímbra

El pasado 18 de enero, tan solo cinco días antes de fallecer en su batalla contra la leucemia, el sociólogo Erik Olin Wright dejó escrito un testimonio vibrante sobre las posibilidades de este extraño estado de existencia llamado vida:

Quiero aseguraros que no tengo miedo. Parece del todo banal quejarse por la ineludible disipación de mi polvo de estrellas en el polvo cósmico después de haber vivido 72 años en esta extraordinaria forma de existencia que solo unas muy pocas moléculas en todo el universo llegan a experimentar. […] Formo parte de una de las más avanzadas, privilegiadas, formas de polvo de estrellas de este inconmensurable universo. […] Decidí aprovecharme de este extraordinario privilegio que tenía no para vivir una vida de excesos y hedonismo, sino para dotarla de significado para mí mismo y para los demás intentando hacer de este mundo un lugar mejor. […] Como resultado, he disfrutado de una vida personal repleta de significado e intelectualmente apasionante. Así que no me quejo. Moriré dentro de unas semanas, realizado. No me alegro de estar muriéndome, pero estoy totalmente satisfecho con la vida que he vivido y con la vida que he compartido con todos vosotros”.

En todas las épocas y lugares siempre hubo quienes enhebraron el hilo de la pregunta por el sentido de la existencia. Hace 2.500 años, los antiguos griegos entendieron que la vida es un viaje inevitable, un espacio de paso (y de poso) por el que no podemos transitar de cualquier manera. Pensaban que ese privilegiado y fugaz polvo estelar del que estamos hechos estaba inseparablemente conectado con el cosmos, que en griego significa orden, belleza y armonía. Al observar el cielo estrellado, los griegos percibían una cierta regularidad armónica. El mundo era una estructura ordenada: respondía a ciertos principios racionales que permitían comprenderlo y explicarlo. Todo formaba parte de un complejo baile cósmico al que el ser humano estaba invitado a fin de recrear la situación estelar, reintegrarse en la armonía del todo y hacer de sí mismo un microcosmos dotado de orden y belleza.

Conocer el cosmos era una invitación a descifrar el sentido de la vida, a ser consciente del valor de cada instante en ese complejo entramado cósmico que llamaba a una sabiduría práctica, a adquirir una pauta de vida que ayudara a conocerse, cuidarse y gozar de una existencia plena. Pitágoras recomendaba: “No te entregues al dulce sueño sin haber examinado cada una de las acciones del día. ¿En qué he faltado? ¿Qué he hecho? ¿Qué he dejado de hacer que debería haber hecho?” Sócrates basó su filosofía en la máxima escrita en el tempo de Apolo en Delfos: “Conócete a ti mismo”. Epicuro enseñaba que el secreto de la realización humana residía en el placer moderado, la amistad y la tranquilidad del alma. Para Diógenes, el cínico, la clave estaba en vivir de acuerdo con la naturaleza, lejos de convencionalismos y de los falsos ídolos que son fuente de desdicha: el poder, la fama y el dinero. Cuentan que un día fue invitado a casa de un hombre rico que no paraba de ufanarse del lujo y la limpieza de su hogar. Sin reparos, Diógenes le lanzó un escupitajo en plena cara. En su defensa, alegó que era el único sitio sucio que había encontrado. Con su actitud, Diógenes estaba cumpliendo su particular misión cósmica.

Los griegos nos legaron una lección esencial: el conocimiento, y sobre todo el autoconocimiento, es una actividad terapéutica, liberadora. Tal vez por ello en el siglo XVI Montaigne declaraba: “Yo me estudio más que ningún otro asunto. Soy mi metafísica y mi física”. Esta lección nos enseña que aprender a vivir es la principal ocupación de una existencia con sentido. En De la brevedad de la vida, Séneca afirma que no es la cantidad de días vividos lo que define la calidad de nuestra existencia, sino la forma en que los vivimos. Aprender a vivir significa aprovechar los días, no desperdiciar energía en preocupaciones y ocupaciones vanas, porque “en realidad, no es que tengamos poco tiempo, sino que perdemos mucho”. Muchas personas han permanecido mucho tiempo en la Tierra, pero apenas han vivido, abandonándose a entretenimientos superfluos. Vivir, dice Séneca, significa disponer de todos los días como si fuesen la vida entera. Solo así es posible una existencia plena.

Nietzsche, que fue un gran admirador del mundo griego, compartía que aprender a vivir es una tarea que depende de uno mismo. Lo expresa poéticamente cuando afirma: “Nadie puede construirte el puente sobre el que tienes que cruzar el río de la vida; nadie, solo tú. Es verdad que hay innumerables senderos, puentes y semidioses que querrán llevarte al otro lado del río, pero siempre a condición de que te vendas a ellos, pero te darías en prenda y te perderías. En este mundo solo hay un camino por el que solo tú puedes caminar. ¿Dónde conduce? No preguntes, ¡síguelo!”.

Sin embargo, para Nietzsche, en un mundo como el nuestro, que convierte a los seres humanos en objetos al servicio del capitalismo, no hay cosmos, divinidad o fuerza trascendente que le guíe. La sustancia de la vida es la incertidumbre, la contingencia, el riesgo. Nadie puede dar una respuesta a nuestra vida, nadie puede decirnos cómo debemos vivir, cómo ser felices. Cada uno debe descubrir su propio camino. La vida está hecha de elecciones. Nuestra existencia, a cada momento de su historia, puede ser diferente de lo que es. Todo puede cambiar.

Vivere risolutamente, recomendaba el poeta renacentista Pietro Aretino. Vivir resueltamente no tiene nada que ver con alcanzar la felicidad, que nuestras sociedades han convertido en el estupefaciente de moda: la felicidad se compra, se consume y se exhibe en las redes sociales. Tiene que ver con la capacidad de aprovechar ese “extraordinario privilegio” del que hablaba Erik Olin Wright en su mensaje de despedida para crear un significado para mí y para otros. Para vivir resueltamente es preciso escuchar el caos latente en nuestro interior. Me refiero a esa energía más o menos desordenada que se manifiesta en un deseo de libertad, de acción, de creación y superación.  Esa energía que nos permite hacer de la existencia un ejercicio de lucha contra la inercia y el conformismo. Como dice Nietzsche: “Es necesario llevar dentro de sí el caos para poder dar a luz una estrella danzante”.

Tal vez el secreto de vivir esté en aprender a fluir entre el caos y el orden, en saber dar a luz una estrella que ilumine ese caos interior. Sea como sea, estoy convencido de que, como escribió Rilke en las Elegías del Duino: “Este haber estado una vez, aunque solo haya sido una vez (el haber tenido una existencia terrenal), no parece que pueda revocarse”.