Opinión · Dominio público

Cambiar el rumbo, no el clima

Irene Landa, Martín Lallana e Irene Gómez-Olano

Impulsores de esta convocatoria #JusticiaClimatica

A día de hoy, en pleno 2019, difícilmente podemos afirmar que no disponemos de información sobre el cambio climático. Las diversas cumbres, informes y artículos se suceden a modo de crónica de una muerte anunciada. Se han escrito ya cientos de páginas entorno a qué estamos haciendo mal y, sin embargo, toda esta información no genera ni el debate ni las acciones que, desde luego, serían necesarias.

Las nuevas técnicas comunicativas de cambiar las imágenes de inundaciones y tornados por carteles verdes con mensajes positivos debían traer la solución. Sin embargo, eso no convirtió los informes en leyes, las cumbres en debates televisivos en prime-time y los artículos en discusiones masivas por redes sociales. Por no hablar de medidas y cambios reales que frenen esta emergencia.

Probablemente, este desinterés tenga que ver con cómo se percibe la emergencia climática. Seguimos hablando del “mundo que dejamos a nuestros hijos” cuando ese mundo ha llegado ya a nuestras vidas. La aparente ausencia de conflicto entre el cambio climático y nuestros cuerpos y nuestras vidas nos hace percibir el problema como lejano y ajeno. La subida de los alquileres, los despidos y el acceso a la educación son cuestiones a las que nos enfrentamos con mayor cotidianidad.

Desde luego, la ausencia de conflicto es solamente aparente. El cambio climático tiene ya unas consecuencias directas sobre la vida de millones de personas en todo el mundo. Hemos experimentado durante cuatro años seguidos las temperaturas más calurosas jamás registradas en la Tierra. La subida del nivel del mar y la desertificación asociada a esto amenaza a comunidades en todo el mundo. En la península Ibérica, el 11% del territorio corre un riesgo muy alto de convertirse en un desierto.

Cuando hace unos meses se iniciaron movilizaciones masivas contra el cambio climático en países como Australia y Bélgica sorprendió el perfil puramente juvenil y estudiantil. Desde luego, nadie preveía un estallido de estas características. Sin embargo, siguiendo el enfoque del conflicto tiene una explicación clara. Somos las jóvenes quienes nos vamos a enfrentar de manera directa en el futuro a las consecuencias de los excesos del presente. Para nosotras hablar de 2050 es pensar de un período maduro de nuestra vida, no de una cifra en un informe internacional.

El cambio de rumbo que es necesario para reducir las peores consecuencias del cambio climático pone en cuestión los cimientos del sistema. Reducir en 15 años las emisiones al 50% y lograr alcanzar emisiones cero dentro de 30 no se logra con reformas parciales. Greta Thunberg pronunció en la cumbre de Katowice “si las soluciones dentro del sistema son tan imposibles de encontrar, tal vez deberíamos cambiar el sistema en sí mismo“. Es aquí donde las movilizaciones juveniles y estudiantiles juegan un papel imprescindible.

Las cumbres internacionales y los gobiernos se han mostrado incapaces de responder a la emergencia climática con la seriedad y la firmeza necesarias. Esta inacción nos condena a un futuro ecológicamente devastado. Las reformas parciales teñidas de legislación ambiental no son suficiente. La autoorganización y movilización de jóvenes y estudiantes es fundamental para lograr un cambio de rumbo. Una suerte de intercambio de papeles entre Dédalo e Ícaro.

La historia de Ícaro, según la mitología griega, cuenta que se encontraba encerrado con su padre, Dédalo, en el laberinto del rey Minos. El padre, fabricó unas alas con plumas y cera para poder escapar. Cuando empezaron a volar, Dédalo le advirtió a Ícaro que no debía volar muy cerca del sol, ya que la cera de las alas podría derretirse. Sin embargo, Ícaro se sintió fascinado y poderoso con la idea de volar cada vez más alto hasta que sus alas se derritieron y murió ahogado en el mar.

En esta ocasión, parece que los papeles se invierten. Somos las jóvenes quienes tratamos de gritar con fuerza a aquellos mayores que no quieren escuchar que no deben perderse en lo fascinante que es acercarse al sol. Un Dédalo que sale a las calles para advertir que no podemos seguir manteniendo los actuales niveles de emisiones ni consumo de energía y recursos naturales. Un Dédalo que le grita a Ícaro para que deje de ascender y cambie el rumbo. Sabemos que la energía ilimitada, el transporte a gran velocidad y conseguir productos del otro extremo del planeta fascinan y nos hacen sentir los dueños del mundo. Pero también hacen que corramos el riesgo de derretir nuestras alas. Ícaro quizás ya no nos oye, por eso Dédalo tiene que actuar con más firmeza.

Las jóvenes somos conscientes de la necesidad de pararle los pies a un sistema que se niega a aceptar sus límites. Tomar las medidas necesarias para reducir las peores consecuencias del cambio climático es una cuestión de justicia ya que estas consecuencias no las vamos a pagar todas por igual. Por ello, siguiendo la estela de nuestras compañeras en toda Europa, queremos empezar a construir espacios de auto-organización que nos permitan llevar a cabo movilizaciones climáticas fuertes. Solo nosotras podemos sentar las bases del cambio de rumbo necesario para evitar que Ícaro termine bajo el agua.

Por todo ello, este viernes 22 de febrero nos vemos a las 19:30 en C.S. La Ingobernable para decidir juntas formas de impulsar y fortalecer las movilizaciones climáticas que cada vez se convocan desde más lugares.