Opinion · Dominio público

El éxito es para compartirlo

Miguel Alba

Responsable de desigualdad y sector privado de Oxfam Intermón

Las empresas son proyectos colectivos a cuyo éxito contribuyen muchas personas. Los trabajadores de los diferentes niveles profesionales aportan su talento y esfuerzo. Los accionistas e inversores proveen del capital necesario y asumen el riesgo de la inversión. La sociedad garantiza un entorno propicio, mediante marcos legales estables y justos, niveles adecuados de infraestructuras, educación y sanidad de calidad que garantiza un capital humano cualificado y sano, y un largo etcétera. Y no nos podemos dejar fuera a clientes, proveedores, comunidades locales y muchos otros.

Por ello, lo razonable es que el resultado de ese éxito se reparta de forma ecuánime y equilibrada para retribuir de forma justa a todos los actores que lo hacen posible.

Lamentablemente, la mayoría de grandes empresas no parece entenderlo así y se centra de forma preeminente en gratificar generosamente a sus inversores y altos ejecutivos. Así lo pudimos ver incluso en plena crisis económica. Entre 2007 y 2009 las empresas españolas aumentaron un 28,3% lo que pagaron a sus accionistas, en un contexto de caída de beneficios empresariales y fuerte contención salarial.

Desde entonces, hemos superado la crisis y llevamos ya unos años en la senda de recuperación. Pero no es una recuperación para todos, ya que entre 2008 y 2017 los beneficios crecieron un 11,3%, y en cambio los salarios han perdido un 4,2%. De esto ya alertó el Banco de España, al indicar que las empresas se han centrado en elevar sus márgenes de beneficio a costa de duros ajustes salariales.

En ese período, la brecha salarial entre los que más ganan y los que menos ha aumentado, lo que denota que este ajuste en salarios no ha sido igual para todos. En 2007 la distancia entre el sueldo medio del 10% de la población con mayores sueldos y el del 10% de personas que trabajaban a jornada completa con sueldos más bajos era de 5,88 veces. Tres años después, en 2010, se incrementó a 6,92 veces. Pero aún habría de crecer hasta 7,21 veces en 2017. Es decir, la desigualdad salarial aumentó rápidamente con la crisis, pero aún en la recuperación sigue ampliándose.

Mientras tanto, uno de los principales mecanismos de redistribución de rentas, la dupla fiscalidad-gasto público, se ve lastrada por un impuesto de sociedades que aún recauda la mitad lo que lo hacía antes de la crisis.

Este reparto tan desigual de las rentas empresariales adquiere una dimensión extraordinaria en el grupo de empresas referentes de nuestro país, que son las que se incluyen dentro del índice bursátil del Ibex 35.

En el último año estas empresas aumentaron el sueldo medio de sus primeros ejecutivos un 27%, frente a sólo el 1,6% de aumento del sueldo medio del resto de trabajadores, cuando la productividad de estas empresas creció tres veces más. Esto hace patente que las empresas del Ibex no están trasladando estos incrementos de productividad al conjunto de los trabajadores, sino que son absorbidos por la cúpula ejecutiva de las empresas, altos directivos y consejeros, cuyo sueldo medio creció cinco veces más en 2017 que el del resto de plantilla.

De esta forma se llega a distancias tan abultadas como las que existen entre la remuneración media de los primeros ejecutivos en promedio de las empresas el Ibex, que es 132 veces el salario medio del conjunto de empresas. O 301 veces el sueldo más bajo. ¿Realmente estas diferencias tienen alguna justificación? Eso implicaría creer que el talento y esfuerzo residen de forma predominante en la parte alta de la jerarquía empresarial, cuando lo cierto es que atraviesa cualquier nivel profesional de la empresa. Más bien, estas diferencias establecen una estratificación de la plantilla por nivel de ingresos, que refuerza dinámicas nocivas de desigualdad y desdeña el grueso del capital humano de las empresas.

Da la sensación de que en las grandes empresas replican prácticas del mercado futbolístico, que pone el foco en grandes mega estrellas que cobran cantidades desorbitantes, invisibilizando de ese modo de forma injusta la labor de equipo que resulta clave para tener éxito.

Tampoco se muestran generosas el conjunto de empresas del Ibex 35 en el pago de impuesto de sociedades, ya que en 2017 pagaron un 11% menos que el año anterior, a pesar de que sus beneficios aumentaron un 16%.

¿Y a dónde fueron a pagar esos beneficios? En gran medida a manos de sus accionistas, que vieron aumentar los dividendos que les pagaron las empresas del Ibex un 9%. Más de la mitad de los beneficios obtenidos por las empresas del Ibex se distribuyeron en dividendos. Esta puede resultar una tendencia peligrosa para las propias empresas, ya que de esa forma renuncian a capitalizarse y a reforzar su capacidad de resiliencia ante ciclos adversos, amenazando de ese modo su supervivencia en el largo plazo. Cuando vemos que hay empresas que en 2017 repartieron un importe incluso mayor del beneficio que generaron, parece que la prioridad de crear valor al accionista se convierte en una tiranía a la que se somete todo lo demás.

En definitiva, este tipo de actuaciones, que considera los impuestos y los salarios del grueso de la plantilla como un coste a contener para obtener mayores beneficios, y la retribución a inversores y a altos cargos como una prioridad absoluta, redunda en una amplificación de la desigualdad global. En un momento en que nos enfrentamos a retos globales, expresados certeramente en la agenda de Objetivos de Desarrollo Sostenible, estas prácticas empresariales amenazan seriamente la consecución de un crecimiento económico sostenible, inclusivo y equitativo.

Las empresas pueden ser poderosos agentes de cambio, pero sólo si se comprometen realmente con las sociedades en las que operan y entiendan que su prosperidad pasa por contribuir a una prosperidad compartida. Para ello, han de embarcarse en una profunda reflexión sobre la importancia de medir el éxito en términos de una triple sostenibilidad: económica, social y ambiental.