Opinion · Dominio público

Aunque el BBVA se vista de seda verde…

El 15 de marzo el BBVA celebra su Junta General de Accionistas. El banco se ha labrado una imagen de sostenibilidad cincelada a base de adhesiones a programas de finanzas sostenibles y financiación de energías renovables. Por mencionar algunos de estos hitos, el BBVA es parte del foro de finanzas sostenibles de Naciones Unidas (UNEP-FI), participa en el Carbon Disclosure Project (para informar de su huella de carbono), emplea los Principios de Banca Responsable y se ha incorporado al Task Force on Climate-related Financial Disclosures (TCFD), aunque esto último está más orientado a evaluar la exposición de los activos del propio banco ante los riesgos del cambio climático y no tanto a combatirlo. El buque insignia de la entidad en el terreno de la sostenibilidad son los 22.132 millones de euros de inversión en “finanzas sostenibles” de los que el banco presume en su Estrategia de cambio climático y desarrollo sostenible. Compromiso 2025, que incluye préstamos para financiar proyectos energías renovables, emisiones de bonos verdes, hipotecas “verdes”, etc.

El BBVA es el líder en España, y de los primeros a nivel mundial, en todo lo relativo a financiación “verde”. Es importante señalar que en ese sentido el banco ha sido hábil en posicionarse bien pronto frente a un filón de negocio emergente y al que otros bancos intentan también acceder. Pero entonces, ¿podemos decir que el banco está comprometido con la lucha contra el cambio climático? Nada más lejos de la realidad. A pesar de toda la retórica anterior, el BBVA es, junto al Santander, el banco español que más contribuye al cambio climático. Es más, el BBVA está entre los 35 bancos del mundo con peor comportamiento climático según un informe de próxima aparición. Para empezar, el propio banco reconoce que a día de hoy tiene una exposición a los combustibles fósiles por valor de 23.370 millones de euros, una cifra mayor que la que esgrime en su cara amable de la financiación “verde”.

Podría pensarse que el banco está en proceso de cambio, y que esta inversión en combustibles fósiles es una rémora del pasado de la que el banco está firmemente decidido a librarse. Pero observando la evolución de las inversiones en los últimos años no parece ser así. La inversión en algunos de los combustibles más sucios del planeta, como el gas y el petróleo de fracking, el gas natural licuado, o la minería de carbón, ha aumentado desde la firma del Acuerdo de París.

Pero además resulta que cuando se hurga en sus compromisos climáticos estos resultan bastante tibios. Atendiendo a los criterios concretos de exclusión de financiación y/o inversión en sectores contaminantes, por ejemplo, el banco tiene adquirido el compromiso de no financiar a compañías energéticas cuya producción de electricidad provenga en más de un 35% del carbón. En relación a las compañías mineras el umbral es aún mayor, y solo se excluye a clientes cuya actividad provenga en más de 40% de la minería del carbón. Hay que señalar con rotundidad que un 40% es un porcentaje enorme, en absoluto alineado con las recomendaciones científicas que hablan de la necesidad de dejar prácticamente todo el carbón en el subsuelo, sin extraer, si queremos cumplir con los objetivos climáticos..

Asimismo el banco ofrece una vía de escape al permitir a compañías cuyos negocios en el carbón superen ese porcentaje, recibir igualmente financiación del banco “siempre y cuando” tengan una estrategia de diversificación en marcha. ¿Qué implica esa estrategia? ¿A qué ritmo de bajada en ese porcentaje obliga el banco a sus clientes? ¿Con qué calendario? El banco no lo aclara. Por otra parte establecer un umbral en términos de porcentaje puede ser engañoso: si una compañía aumenta su volumen de negocio en otros sectores puede seguir manteniendo o aumentando su inversión en carbón en valor absoluto siempre que el valor relativo esté por debajo de ese 40%, a pesar de que su contribución al cambio climático haya aumentado en términos totales.

No es este el único punto débil en sus compromisos. El banco, en su documento Compromiso 2025, asegura que no financiará nuevos proyectos de minas de carbón, de centrales eléctricas de carbón, nuevos proyectos en el Ártico, o nuevos proyectos de arenas bituminosas. Sin embargo no dice nada del gas y petróleo de esquisto, extraído mediante la técnica del fracking, que en países como EE UU ha dejado un reguero de contaminación de las aguas, del aire, muerte del ganado, destrucción de la paz social y el modo de vida de muchas zonas rurales, y que ha alimentado las emisiones de metano (un gas de efecto invernadero mucho más potente que el CO2) de forma alarmante en aquel país. Tampoco dice nada del Gas Natural Licuado, una fuente energética en alza cuyas emisiones son aún mayores debido al consumo energético y las fugas añadidas de todo el proceso de licuefacción, transporte y regasificación del combustible.

Y ni una palabra, en los compromisos de exclusión relativos a la inversión en infraestructuras, de la mayoría de aquellas que hacen posibles los combustibles fósiles. Por ejemplo los gasoductos y oleoductos. Es decir, que el BBVA no “ayudará” a extraer algunos de los combustibles más sucios, pero en ningún sitio pone que no pueda “ayudar” a transportarlos desde el lugar de extracción, lo cual es de un cinismo terrible (con excepción de las arenas bituminosas, a las que el banco se ha comprometido recientemente a no transportar). Cabe recordar la participación reciente del BBVA como financiador en la construcción de algunas de estas grandes tuberías como el Atlantic Coast Pipeline en Estados Unidos para gas de fracking, o el más conocido Dakota Access Pipeline, un oleoducto para petróleo de fracking que provocó una oleada de protestas sin precedentes en EEUU, liderada por poblaciones nativas cuyas reservas se veían afectadas, y que fue aplastada por la fuerza y sin miramientos por el gobierno de Trump..

Pero sigamos con las grietas en la fachada sostenible del banco. Los compromisos mencionados son explícitos para sus negocios de inversiones corporativas, pero el banco gestiona otro buen pellizco de inversiones milmillonarias a través de sus divisiones de fondos y pensiones y de seguros. El BBVA no tiene una política explícita que aclare que a la hora de gestionar los activos de sus clientes, de decidir en qué se invierten los fondos de pensiones o las primas de los seguros, se excluyen compañías o sectores que contribuyen al cambio climático. Los compromisos expuestos parecen afectar solo a una parte de sus negocios, con lo que el banco nos está enseñando solamente una parte de la verdad.

En resumen, el esfuerzo del banco por presentarse como una entidad financiera sostenible hace aguas cuando se examinan a fondo sus compromisos y se contrastan con el escenario climático en el que nos hayamos. A finales de 2018 el IPCC publicó un crudo informe que nos hablaba de un tiempo de reacción de poco más de una década si no queremos sobrepasar el aumento de 1,5ºC de temperatura a final de siglo respecto a la temperatura preindustrial, en línea con lo establecido en el Acuerdo de París. Esto exige un giro contundente en el que los bancos fósiles como el BBVA no pueden tener cabida. No hay tiempo que perder y los accionistas deberían exigir menos postureo y más acción real.

Por último, el BBVA no debe desinvertir en los combustibles fósiles únicamente por responsabilidad y justicia. También existe un riesgo financiero real para el propio banco derivado de la creciente ola de demandas legales que particulares y gobiernos emprenden contra los responsables del cambio climático. Es cuestión de tiempo que estas demandas empiecen a afectar a las instituciones que financian los combustibles fósiles. El tiempo de actuar es ahora.