Opinion · Dominio público

“Ir de putas” como ritual grupal masculino

Beatriz Ranea Triviño

Investigadora especializa en prostitución

Según la Encuesta Nacional de Salud Sexual de 2009 se estima que en el Estado español un 32,1% de los hombres mayores de 16 años han acudido al menos una vez en su vida a la prostitución. Desde ese año no se ha vuelto a encuestar a nivel estatal sobre sobre prácticas sexuales y, por tanto, desconocemos cifras actuales de consumo de prostitución. No obstante, la magnitud de la industria de la prostitución sirve como indicador que muestra que el porcentaje de hombres que acude a la prostitución hoy en día podría ser mayor. Según el propio Ministerio del Interior en 2013 la trata de mujeres con fines de explotación sexual movilizaba unos cinco millones de euros al día (Atencio, 2015), por ello, es necesario plantear que la industria de la prostitución estará invirtiendo esfuerzos en generar demanda; y a su vez el incremento de la demanda de prostitución seguirá alimentando una industria que percibe la explotación sexual como un negocio altamente rentable. Además, la demanda de prostitución no es sólo autóctona sino que, en distintas webs internacionales España ocupa uno de los puestos principales como destino preferido de turismo sexual.

De toda la demanda, es difícil saber cuántos hombres acuden en grupo a la prostitución, pero los estudios al respecto nos permiten afirmar que en muchas ocasiones es el grupo, o algún referente masculino, quienes actúan como elementos “facilitadores” del acceso a los espacios de prostitución por primera vez. Este hecho se convierte en un ritual grupal de iniciación que genera lazos masculinos a través de compartir experiencias y prácticas de instrumentalización y subordinación de las mujeres.

En la actualidad, el elemento grupal es especialmente significativo entre los hombres jóvenes que normalizan la prostitución como una opción de ocio masculino. Incluso siendo menores de edad nos encontramos con grupos de chavales que acuden a pisos de prostitución o calles, porque en los clubes de alterne aún no les permiten entrar. Se banaliza el consumo de prostitución mientras se busca reproducir un imaginario sociosexual aprendido de la pornografía hegemónica a la que acceden también siendo cada vez más pequeños.

Una vez que un hombre se ha iniciado en el consumo de prostitución es factible que siga acudiendo a la prostitución en grupo y/o en solitario. Si nos centramos en el ritual grupal, hay muchos motivos o excusas que hacen surgir la prostitución entre diferentes grupos de hombres: con relativa frecuencia un hombre propone ¡Vámonos de putas!, y lo más probable es que no se encuentre con oposición por parte de los individuos que conforman el grupo. También es habitual la celebración de despedidas de soltero en clubes de alterne. Incluso previo a la celebración de la “despedida”, en los grupos de Whatsapp se harán bromas sobre “ir de putas” sin que ninguno de los integrantes del grupo critique estas actitudes: algunos jalean la propuesta, otros se ríen y otros guardan silencio.

Hay más ejemplos que motivan este ritual grupal masculino como: terminar las cenas de empresa; cerrar un pacto empresarial o político en el prostíbulo; ir a burdeles tras un Congreso internacional científico o tecnológico; continuar o acabar una noche de fiesta; o simplemente acudir con el grupo de colegas para desconectar de lo que catalogan como “complicadas” relaciones con las mujeres fuera de los espacios de prostitución.

Historias y anécdotas masculinas en contextos de prostitución hay muchísimas que no suelen ser compartidas con mujeres. Para ilustrar el grado de confraternización masculina que se produce en los clubes de alterne comparto una de las muchas historias que he ido encontrando en estos años de estudio de la demanda de prostitución*: en un club de alterne en el que se encontraban arriba las habitaciones, una noche mientras baja las escaleras un hombre se cruza con su yerno (el compañero afectivo-sexual de su hija) que sube esas mistas escaleras. Suegro y yerno se miran sin sorpresa y uno le dice al otro mientras le toca el hombre: “lo que ocurre aquí, se queda aquí”.

En este sentido, los contextos de prostitución se constituyen como espacios masculinos y masculinizantes donde la fratría no es interpelada, sino que se mueve de forma cómoda. Es decir, son refugios de la masculinidad hegemónica como explica Beatriz Gimeno. Estos espacios se rigen por un principio claro de exclusión y segregación: son espacios para hombres en los que las mujeres solo pueden aparecer con un carácter marcadamente instrumental, para cubrir deseos masculinos. Estos deseos que tendrán un carácter sexual, siendo su concepción del sexo claramente patriarcal, heteronormativa, androcéntrica y falonarcista -que diría Bourdieu-; pero también pueden proyectar sobre las mujeres en prostitución otros deseos como ser escuchado, ser complacido o agradado de distintas maneras. En el imaginario colectivo muchas veces aparece el estereotipo del “pobre hombre” que acude a la prostitución porque no le queda otra o porque “necesita” hablar. Estas representaciones patriarcales se cimientan sobre la idea de que las mujeres han de satisfacer los deseos de los hombres sin reciprocidad, es decir, la vida de las mujeres no tiene la misma importancia y ellas han de presentarse como buenas oyentes del hombre sin desestabilizar la relación jerárquica porque, por contrapartida, ellos no desean escuchar a las mujeres en prostitución. De hecho, si ellas muestran su humanidad, la relación de prostitución (que implica deshumanización del putero hacia la prostituta) se quiebra para ellos. Son espacios donde los puteros son sujetos y las mujeres aparecen representadas únicamente como cuerpo-objeto: ellos pagan por el acceso a su corporeidad y por la performance de hiperfeminidad que ellas representan.

Así, se buscan espacios masculinos y masculinizantes como los contextos de prostitución, o también, las comunidades virtuales que generan en algunos foros. Es decir, la práctica de consumir prostitución adquiere un carácter colectivo no sólo cuando se acude a los espacios de prostitución acompañado de otros hombres; sino también cuando se narra la experiencia con otros hombres ya sea en persona o en foros de internet.

El carácter grupal en estos contextos puede derivar en que cada uno elija a una o varias mujeres y vaya con ella/s a la habitación; o que entre varios hombres se elija a una prostituta y suban con ella a la habitación. Toda esta performance grupal tiene el carácter expresivo al que se refiere Rita Laura Segato en su libro “La guerra contra las mujeres” (2016) cuando aborda la cuestión de la violencia sexual en grupo. El cuerpo-objeto de las mujeres no es más que un instrumento para que los hombres se comuniquen entre ellos expresando su masculinidad. Es decir, se busca el reconocimiento del estatus de masculinidad (hegemónica) de los unos a los otros. Están agrediendo sexualmente a una mujer entre varios hombres porque el deseo sexual y la excitación se produce mediante la agresión colectiva y los cuerpos violentados de las mujeres son significados como elemento para reforzar el vínculo grupal masculino.

Además, tenemos que reflexionar acerca de las representaciones masculinas de lo que es una prostituta: muchos hombres identifican a la prostituta como aquella a la que es legítimo violar y agredir tanto física como verbalmente. Cuando nos acercamos a los espacios es frecuente que las mujeres en prostitución expresen que muchos hombres cuando pagan se sientan con el derecho incluso de agredirlas y de imponer prácticas sexuales que ellas en un principio habían dejado claro que no iban a realizar.  Hace unos meses, un grupo de hombres identificados en los medios de comunicación como “La manada de Murcia” justificaron y legitimaron una agresión sexual a una mujer en prostitución justamente por esto: porque ella era prostituta. La prostituta es imaginada por ellos como un deshecho (y la sociedad contribuye a reforzar este imaginario estigmatizante), un cuerpo-objeto para uso y abuso por parte de los hombres. Esta es una más de las ficciones que se construyen los agresores sexuales para no reconocerse como agresores: desde que las mujeres consienten la agresión, pasando porque las mujeres disfrutan las violaciones, hasta afirmar que hay mujeres que pueden ser violadas porque son prostitutas. La masculinidad hegemónica se sostiene sobre diversas ficciones que legitiman y justifican la violencia contra las mujeres.

Es por esto, entre otras razones, por lo que la prostitución se encuentra en la encrucijada entre la violencia sexual y las lógicas neoliberales y consumistas. Sobre la violencia sexual: los hombres de forma individual o en grupo consiguen acceder al cuerpo de mujeres que no les desean, algo que fuera de la prostitución se consigue mediante la violencia o la intimidación. Por otro lado, las lógicas neoliberales –que tanto han colonizado el imaginario colectivo- nos presentan todo objeto, persona o relación, como mercantilizable; y las lógicas consumistas refuerzan la idea de que los cuerpos de las mujeres pueden ser representados como bienes intercambiables (sin subjetividad) en un mercado que satisface los deseos masculinos con inmediatez y ofreciendo una amplia gama de “productos” entre los que elegir.

Por todo esto, la masculinidad hegemónica y su carácter grupal pueden ser catalogados como un problema social que ha de ser abordado con urgencia; un problema que forma parte y sostiene la estructura patriarcal. Es probable que al afirmar esto, alguno esté pensando contestarme un not all men, “no todos los hombres”. Aquellos que no se identifican con este modelo de masculinidad no necesito/necesitamos que nos señalen que ellos no realizan estas prácticas (quizá a la espera de un aplauso o un agradecimiento por no agredir a las mujeres) sino que necesitamos que sean capaces de interpelar a sus iguales. Necesitamos hombres disidentes del patriarcado que interpelen al resto de hombres que ejecuta y reproduce el terror sexual dentro y fuera de los espacios de prostitución.


Bibliografía

  • Atencio, Graciela (2015): “La cultura putera mata mujeres en España” en Feminicidio: el asesinato de mujeres por ser mujeres. Madrid: La Catarata.
  • Bourdieu, Pierre (2000): La dominación masculina. Madrid: Anagrama.
  • CIS (2009): Encuesta Nacional de Salud Sexual. Madrid: CIS.
  • Gimeno, Beatriz (2012): La prostitución. Aportaciones para un debate abierto. Barcelona: Bellaterra.
  • Segato, Rita Laura (2016) La guerra contra las mujeres. Madrid: Traficantes de sueños.
  • Sobre turismo sexual: http://www.elmundo.es/sociedad/2016/10/13/57fe88b2e5fdea63208b4583.html