Opinion · Dominio público

Reforzar la OIT, ganar en justicia social

Jesús Gallego

Secretario de Política Internacional de UGT

Desde finales del siglo XIX, con una revolución industrial que sorprendía por la rapidez de sus logros, posibilidades de crecimiento económico y transformaciones brutales en el mundo del trabajo y en la sociedad, la vida de la clase trabajadora, lejos de mejorar, se veía afectada por condiciones de trabajo deplorables, salarios de miseria y por un crecimiento paralelo de la pobreza y la desigualdad frente al de las primeras fortunas a las que la burguesía tenía acceso. Nacen las primeras confederaciones obreras inspiradas por las ideas de, entre otros, Karl Marx (TUC en el Reino Unido, UGT en España…), se intensifica la represión contra éstas, y la intensificación de los conflictos políticos y económicos desembocan en la I Guerra Mundial.

Tras finalizar ésta, y como parte de los acuerdos que contenía el Tratado de Versalles, el 11 de abril de 1919, hace exactamente cien años, se fundaba oficialmente la Organización Internacional del Trabajo (OIT). El propio tratado, en su artículo 427 recoge principios (hasta hace poco) universales como la abolición del trabajo infantil, la jornada de ocho horas, el descanso semanal, el salario justo e igual para hombres y mujeres que realicen igual labor, el derecho a afiliarse a organizaciones sindicales y patronales o la consideración de que el trabajo no es una mercancía.

El que un acuerdo de paz y contra la guerra incluyera cláusulas específicas sobre los derechos de los y las trabajadoras (algunos de los cuales ya se habían sido recogidos por la Asociación Internacional para la Protección Internacional de los Trabajadores en 1901, y que incorporará la OIT como propios) no fue cuestión menor en su momento ni debería serlo ahora.

El secretario de Política Internacional de UGT, Jesus Gallego, interviene en la OIT.
El secretario de Política Internacional de UGT, Jesus Gallego, interviene en la OIT.

Por un lado, son muchas las organizaciones obreras que reconocen la consecución de la paz como uno de sus objetivos, como es el caso de la Unión General de Trabajadores (UGT), organización que con motivo de su centésimo trigésimo aniversario celebrado el pasado 2018 enunció un manifiesto en el que declaraba la plena vigencia de su declaración de sus históricos principios fundamentales, entre los que uno de ellos, la paz, se ve amenazada por un capitalismo que “(…) ha evolucionado hacia nuevas fórmulas de negocio más globales y especulativas que difuminan el proceso productivo, lo que le permite condicionar y eludir el marco normativo nacional e internacional y determinar los resultados de las políticas aplicadas en su favor, en contra de los intereses del bien común, poniendo en riesgo el Estado de Bienestar y la convivencia pacífica de los pueblos (…)”.

Por otro lado, el progreso y bienestar de los y las trabajadoras, la justicia social, se entendía era un instrumento de reparto de riqueza que contribuía en sí mismo, a prevenir la acumulación codiciosa que pudieran desembocar en conflictos bélicos como el que tan infausto recuerdo dejaba la Gran Guerra.

Este organismo de Naciones Unidas, la OIT, nace pues con el fin esencial de mantener la paz (“universal y permanente”) por medio de la adopción de normas internacionales del trabajo, respaldadas por gobiernos, organizaciones sindicales y patronales (o de empleadores, en lenguaje de la OIT) que condujeran a una mejora de las condiciones laborales y la consecución de la justicia social.

A lo largo de estos cien años, el fruto del trabajo de la OIT y la propia naturaleza y funcionamiento de la misma han supuesto un avance histórico en el desarrollo de la democracia moderna, en el respeto de los derechos humanos y en el desarrollo y garantía de derechos laborales mientras se da respuesta a importantes los distintos retos económicos, sociales y laborales (y, a veces, equivocadamente o no, políticos como son el fomento del empleo decente y el respeto de los derechos laborales fundamentales (entre los que se encuentran el derecho a la sindicación y la libertad sindical, el derecho a la negociación colectiva, la protección social y la mejora de ésta, el fortalecimiento del dialogo social, la erradicación del trabajo infantil y el trabajo forzoso; la promoción de la seguridad y salud en el trabajo o la promoción de la igualdad entre mujeres y hombres en el mundo del trabajo.

Sin embargo, aunque el contexto político, social y económico en el que nos encontramos es muy diferente a aquél que dio lugar a la fundación de la OIT y los avances desde su creación sean evidentes, UGT y el conjunto de los sindicatos de clase observa hoy, con incertidumbre y desconfianza, la manera en la que la última y revolución industrial, la tecnológica y digital, está trasformando el mundo del trabajo.

El debilitamiento de las organizaciones sindicales, al que han contribuido causas endógenas y exógenas, sumado a la desregulación hecha a medida para una economía global que, como a finales del siglo XIX, sigue estando controlada por un grupo de capitalistas que mantiene el control de los medios de producción, sus instrumentos y los recursos financieros pero sostenida y mantenida por una clase trabajadora que conforma la mayoría social y que, pese al avance, sigue estando en condiciones de inferioridad con respecto al primer grupo, están teniendo como consecuencia unos cada vez más extendidos cambios en la producción y la organización del trabajo que están empeorando las condiciones de vida y de trabajo de millones de trabajadoras y trabajadores, provocando el aumento de la inseguridad económica, el incremento de la desigualdad y de caer en la pobreza laboral y económica.

Las mismas causas que dieron origen al nacimiento de la OIT ponen hoy en peligro los avances logrados en justicia y cohesión sociales y también, cómo no, la paz (en todos los sentidos) en el mundo.

UGT y la OIT tienen una estrecha e histórica relación (y muy especialmente desde que su antiguo secretario general, Francisco Largo Caballero, fuera elegido miembro de su Consejo de Administración, el órgano de gobierno de la OIT, en 1928), por lo que para ambas la conmemoración del centenario de la fundación no sólo debe ser motivo de celebración para toda la sociedad, sino además –y sobre todo- motivo de reflexión y discusión sobre las respuestas que gobiernos, organizaciones sindicales y empresariales de todo el mundo, de manera reglada y tripartita, debemos  proporcionar frente a los retos y desafíos que nos lanza un mundo del trabajo que está en la transformación más rápida que hayamos conocido.

En este sentido, Guy Ryder, antiguo dirigente obrero y hoy director general de la OIT, lanzaba varias iniciativas entre las que destacan la relativa al futuro del trabajo (“El futuro del trabajo que queremos”), la destinada a para poner fin a la pobreza y la de mujeres y trabajo. La primera de ellas pretende hacer una “profunda reflexión” sobre un futuro del trabajo que, a juicio de UGT, no es ni puede ser sobrevenido, sino que tenemos que construir entre todas y entre todos. Y que obliga a pensar de qué manera podemos crear un futuro más justo, más sostenible, más igualitario y mejor. Un futuro que garantice la justicia social, el progreso, un mundo más salubre y limpio y en paz.

Proyección sobre la sede del la OIT de la identidad visual con la que el organismo internacional celebra su centenario
Proyección sobre la sede del la OIT de la identidad visual con la que el organismo internacional celebra su centenario

La globalización desregulada, el neoliberalismo voraz, y la economía depredadora ven en la OIT un enemigo a batir. Un espacio multilateral de debate, trabajo y acuerdos de los pocos que siguen vivos y que sigue poniendo en riesgo la ley del más fuerte con la que quieren gobernar el mundo. El futuro. En una ocasión discutía con un eurodiputado sobre un acuerdo comercial que la Unión Europea estaba a punto de firmar con un país en el que la mano de obra infantil sigue siendo una desgraciada realidad. Tras mencionar a mi interlocutor el convenio 182 de la OIT, sobre las peores formas de trabajo infantil y el que la UE no podía establecer acuerdos bilaterales con países que vulnerasen el mismo, el eurodiputado me sentenció: “sí… la OIT lastra el progreso”. Aunque con otras palabras, lo mismo vino a decir una muy seria embajadora de otro país al que denunciábamos ante el Comité de Libertad Sindical de la OIT por los continuos asesinatos de sindicalistas en su país: “A lo mejor habría que dejarse de tanta OIT ¿Cómo quiere que progrese mi país y atraiga inversión si seguimos teniendo huelgas todos los días?”. Efectivamente, hay algo que molesta a los que quieren un mundo sin reglas o con reglas que les permita actuar de manera impune. UGT ha reiterado que los acuerdos comerciales y de inversión de nueva generación tienen que volver al multilateralismo y no pueden obviar los convenios de la OIT. Así lo hizo con el CETA o denunció con el TTPI cuando estaba a punto de firmarse. La OIT, como las organizaciones de la sociedad civil que reclaman un mundo más justo, son contempladas como un obstáculo que es mejor ignorar. O derribar.

Por ello, la sociedad del siglo XXI no se puede permitir prescindir o infrautilizar una organización internacional dirigida a través del dialogo y el consenso (siempre difícil como necesario) entre los gobiernos, y las organizaciones que representan a los y las trabajadoras y al empresariado, y que lucha tanto por la promoción de los derechos humanos como laborales.

Ni la OIT ni sus mandantes (gobiernos y organizaciones sindicales y patronales) son perfectos. El consenso suele tener como consecuencia tibieza en los pronunciamientos, lentitud en la toma de decisiones y respuestas que suelen dejar descontentas a las tres partes. UGT ha criticado el informe sobre el Futuro del Trabajo que Queremos por, entre otras, su falta de ambición normativa, uno de los más valiosos instrumentos con los que cuenta la OIT. Hemos sido y somos también críticos con alguno de los debates y trabajos que se están produciendo durante los últimos años. Sin embargo, una sociedad que avanza a un ritmo tan rápido y en la que se está poniendo en riesgo la centralidad del trabajo de las personas, su naturaleza y contribución al progreso humano, el trabajo decente, con condiciones y salarios dignos, con derechos, con seguridad y protección, no puede prescindir de una organización como la OIT. Muy al contrario, una sociedad que quiera (y por exigencia, por pura supervivencia tiene que) ser justa, sólo podrá serlo si la OIT se refuerza y si otorgamos a ésta cada vez más relevancia y eficiencia. Una OIT que, enriquecida con la contribución de más agentes (pensadores, universidades, grupos sociales…) lidere un futuro del trabajo en pro de la justicia social y el trabajo decente que logre el más justo ideal de todos que promovió su fundación hace hoy cien años: la paz en el mundo.