Opinion · Dominio público

Un trágico ‘Dejá vu’

Gaspar Llamazares

Candidato a la Presidencia del Gobierno por Actúa

Nos hemos vuelto a sobresaltar con otro caso de suicidio asistido y de nuevo ha sido como un mazazo. Un golpe helado, que diría el poeta.

A mi primera impresión, tristeza ante lo inevitable de la muerte de María José, le ha seguido la empatía con la angustia de Ángel. Finalmente se ha instalado, como congelada, una profunda amargura.

Ángel Hernández ayudó a su esposa María José Carrasco, afectada por esclerosis múltiple, a morir dignamente. EFE
Ángel Hernández ayudó a su esposa María José Carrasco, afectada por esclerosis múltiple, a morir dignamente. EFE

María José, con una enfermedad degenerativa e invalidante de décadas y Ángel, su compañero y cuidador, obligado al auxilio, aún ilegal, de facilitar la muerte de su compañera, un último gesto de cuidado. Un doloroso acto de amor sobre el que se cierne la sombra de un proceso penal, y la incertidumbre del encarcelamiento (por breve que sea es encarcelamiento) que se suma al duelo de la pérdida irreparable.

Me doy cuenta ahora, que hablo de ellos como si los conociera de siempre, y lo cierto es que no he sabido de ellos y de su drama íntimo hasta antes de ayer, de que su historia, además de personal e irrepetible, es la historia también del desamparo, del prejuicio y de la hipocresía. También la historia de la mala política, del marketing, la cicatería y la cobardía de los unos y el ensañamiento dogmático y sectario de los otros.

Me viene a la mente Ramón Sampedro y su calvario mar adentro. Entonces también nos conmovió su historia, su denuncia y su valentía hasta el final. También entonces la solución parecía evidente, pero también el escándalo inicial se diluyó en la impotencia y el olvido. Su testimonio se transformó en una obra de arte y cambió probablemente para siempre la percepción mayoritaria sobre la eutanasia.

Desde entonces, la gran mayoría de los ciudadanos, de los profesionales sanitarios y de los operadores jurídicos hemos sido conscientes de que el derecho a una vida digna conlleva el derecho a una muerte con dignidad. Hemos reconocido que el esfuerzo terapéutico de la nueva muerte tecnológica y hospitalaria tiene límites y que el encarnizamiento no tiene justificación científica ni humana alguna.

Pero luego, como si no fuera suficiente con el olvido, vino la infamia: El caso del linchamiento político y público del doctor Montes nos mostró que en política la inmoralidad y el ensañamiento siguen sin tener límites. Hoy incluso parece que se amplían aún más con las llamadas fake news o bulos, con la crispación y el insulto y con el discurso de odio de la extrema derecha patria.

Lo que era una unidad ejemplar de cuidados paliativos se convirtió en un laboratorio macabro de eugenesia en las manos, la mente y el falso relato de un gobierno de inquisidores y desaprensivos que no dudaron en mentir y difamar para doblegar la resistencia de profesionales íntegros a sus oscuros negocios de privatización económica y refundación dogmática de la sanidad. Menos mal que salieron derrotados en los tribunales, entre los profesionales y en la sociedad. Pero la guerra privatizadora bajo bandera religiosa tuvo víctimas, entre ellas el doctor Montes, sus colegas y los pacientes que sufrieron el retroceso.

También entonces pensamos que la sociedad estaba madura para superar prejuicios y apoyar la despenalización total de la eutanasia. Lo que no sabíamos entonces y sí sabemos hoy es que quien no estaba madura era la política, que de nuevo cedió ante el prejuicio religioso y dejó el debate en una despenalización parcial, pero que mantuvo la eutanasia en el Código Penal.

En otras ocasiones recientes, ahora con una respuesta menos frontal y más elaborada, se elude el debate de fondo sobre el suicidio asistido y se camufla con la necesidad de mejorar los cuidados paliativos, precisamente por parte de los mismos que los calificaron de eugenesia encubierta.

En la última legislatura, el sucedáneo de los cuidados paliativos primero, la renuencia del PSOE, la competencia entre las izquierdas y el adelanto electoral han dado al traste con las expectativas de María José y de Ángel, entre otros. Lo único positivo es que esta última tragedia parece haber consolidado por fin una posición mayoritaria entre los grupos políticos, dejando en soledad la resistencia numantina del PP.

Cada vez que un nuevo caso como el de Ramón o el de María José y de Ángel nos asalta, aquí, en Italia y en otros lugares del mundo, mi sensación amarga es la del fracaso de la razón y la de una triste derrota de la política a manos del prejuicio religioso. Lo peor es que hay sufrimiento humano y humillación de por medio. Espero, pues, que la próxima legislatura sea la vencida y que veamos al fin una Ley de Muerte Digna, que es también de vida digna.