Opinion · Dominio público

Sin derechos

 

JUANA SALABERT

Gracias, muchas gracias, “señorías”, por dejarnos sin derechos regulados a los creadores, a los artistas, a los productores y trabajadores de una industria cultural amenazada de inminente quiebra económica, intelectual y moral por quienes desde sus casas aplauden y practican el “gratis total” (pero la barra de pan, los filetes y los aperitivos en el bar sí que los pagan, ¿verdad?) descargándose el trabajo ajeno.
Al rechazar la ley antipiratería conocida como ley Sinde (mucho más tibia, por otra parte, que la francesa o la inglesa) han dado ustedes –con la única y dignísima excepción de los parlamentarios socialistas– una lección de populismo y demagogia. Por lo visto, la popularidad importa más que la justicia. “No se le pueden poner puertas al campo”, ha dicho sin rubor uno de ustedes en el país cuyos campos fueron hasta hace muy poco mina de oro para los especuladores del ladrillo. Y otros han pedido vergonzosamente, luego de abandonarnos a nuestro horizonte, quién sabe si inmediato, de futuros “sin techo y sin derechos”, la dimisión de una ministra de Cultura a la que ciertos abogados, de esos que llaman “libertad de expresión” al expolio que ya ha enviado a miles de trabajadores de nuestra industria cultural al paro, acusan de ser “juez y parte” en esta cuestión simplemente porque es “¡creadora!”. ¿Volvemos, acaso, a los tiempos en que se miraba con recelo y sospecha a pensadores y artistas?
“La industria cultural tendrá que reconvertirse”, ha perorado una de esas abogadas del “mundo libre” del “gratis total” a quien, sin embargo y muy lógicamente, no le temblará el pulso a la hora de facturarle a sus clientes por el trabajo realizado. ¿Sabe dicha señora, saben ustedes, señorías, que el pirateo de libros ha pasado de un 19% a casi un 36% en sólo seis meses desde la salida al mercado de los ebooks? Un formato que nada tendría de malo de no ser porque en nuestro país (al revés que en Francia o Inglaterra, donde la piratería es una práctica perseguida y socialmente mal vista) dos personas de cada tres escanean y se descargan sin coste alguno las novedades editoriales de su elección.

Primero fueron la música y la cinematografía (la única suerte de los primeros es que nadie ha podido arrebatarles aún el directo). Cerraron productoras y salas de cine, se perdieron miles de puestos de trabajo y ahora peligra de nuevo otro sector vital, el del libro. Sector este que aglutina a creadores –escritores, traductores, portadistas, diseñadores– y editores y agentes (¿cuánto tiempo podrán resistir esas pequeñas y bellas editoriales montadas con arriesgadísimo y vocacional esfuerzo?), a libreros, impresores y distribuidores, la sal de la tierra del pensamiento y la creatividad no domesticados en la era del usar y tirar y del todo vale. Por si no bastase con el acoso de esos mercados
–que, como los piratas de nuevo cuño, no tienen rostro pero sí el poder de doblegar globalizadamente a nuestros gobiernos de una UE donde los derechos sociales se hallan en franco retroceso y la Alemania de la señora Merkel impuso en el Tratado de Lisboa artículos que propiciaban el saqueo especulativo de la deuda pública de los estados de soberanías de hora en hora más mermadas–, ahora nos enfrentamos a una inminente hecatombe cultural en aras de una falsa “democratización”. Porque sin creación debidamente remunerada retrocederemos al oscurantismo, a la autocensura y a la tiranía. Consumidores entretenidos antes que ciudadanos lúcidos y responsables, perderemos capacidad crítica y ambición estética, seremos dóciles y por tanto manipulables. Y en semejante contexto, dudo mucho que puedan surgir los Visconti, los Marcel Carné, los Buñuel, los Cortázar, los Musil, los Ana María Matute futuros… ¿Quién, en efecto, se arriesgaría a producirlos a sabiendas de que hacerlo sólo le reportaría pérdidas? ¿Y quién entregará su vida, su trabajo y su esfuerzo al arte únicamente por amor al arte?

En un mundo que se transforma a la vertiginosa velocidad de un clic, damos saltos de gigantes hacia atrás. Pagamos ahora en los terrenos económicos y sociales el atroz precio de ciertas políticas económicas neoliberales abonadas por las doctrinas antikeynesianas de la escuela de Chicago, entusiasta de esas desregulaciones que nos están precipitando al caos y la vulnerabilidad sin límites. Las amargas uvas de la ira de nuestra época aún no han sido globalmente cosechadas, pero pronto habremos de vérnoslas con su acidez.
Se avecinan tiempos muy oscuros. Pero si además de sufrir los chantajes de los mercados, entremedias perdemos también la batalla artística, si dejamos que perezcan los sectores y los ánimos de nuestra industria cultural por el simple capricho de algunos consumidores decididos a conseguirlo todo gratis a costa de los derechos fundamentales de aquellos a quienes se les impide vivir de su obra y de su trabajo, habremos empezado a minar las bases mismas de nuestra sociedad democrática.
Piratear la propiedad intelectual no es, como muchos creen ingenuamente, un acto “alternativo” o inocuo. Es saquear al débil y mandar al paro a mucha gente.
Piénsenlo, señorías, la próxima vez que decidan abandonarnos sin red y sin derechos a la inminente mala hora que se nos echa encima. Claro, que a fin de cuentas, sólo somos “cómicos” y cuentistas, en definitiva “gentes de mal vivir”, casi que “vagos y maleantes”, ¿verdad?

Juana Salabert es escritora

Ilustración de Alberto Aragón