Opinión · Dominio público

El bilingüismo estable no existe y por eso necesitamos inmersión

Sònia Farré Fidalgo

Exdiputada en el Congreso de los Diputados y profesora de secundaria

Las personas que nos dedicamos a la docencia estamos acostumbradas a que se utilice la educación con intereses electoralistas y partidistas. Acostumbradas especialmente a que la derecha proponga cambios en la escuela pública siempre dedicados a recentralizarla y reducirla, negándose siempre a comprometerse con un mínimo de inversión que nos acerque a los niveles europeos. Y por supuesto sin cuestionar una LOMCE que se aprobó en solitario, impuesta, sin ningún tipo de consenso y sin escuchar a la comunidad educativa.

Las que vivimos en Catalunya estamos además acostumbradas a qué cada vez que se convocan elecciones estatales, planee sobre nuestras cabezas una amenaza clásica desde la derecha: la erradicación de la inmersión lingüística de la escuela catalana.

Ahora tenemos un partido político más pero sobretodo tenemos tres partidos de la derecha de ámbito estatal absolutamente escorados hacia el ataque contra la escuela catalana, además de contra los medios de comunicación y la Administración.

A lo que no estamos tan acostumbradas es que a estos mal autollamados constitucionalistas les eche una jarra de agua fría el Tribunal Constitucional, con su aval a la inmersión lingüística. Aquí nos cae como agua de mayo: hoy ha resuelto sobre un recurso presentado hace diez años por el PP que a pesar que ha anulado algunos artículos de la ley mantiene los que tienen que ver con el régimen lingüístico.

En Catalunya llevamos años repitiendo obviedades que me dispongo a esgrimir una vez más y que “aojalá”, que decía mi abuela, sea la última. Como profesora de secundaria, y exmonitora de tiempo libre del área metropolitana de Barcelona os aseguro que la socialización en la escuela entre alumnado se da básicamente en castellano. Da igual si son o no catalano-hablantes; que además en la etapa infantil tardan en diferenciar en qué están hablando y van cambiando de una lengua a otra sin más, aunque lo de cambiar sin más de lengua, lo seguimos haciendo de mayores; que si en edades tempranas aprendes una segunda lengua, después, el aprendizaje de las siguientes es mucho más fácil.

He tenido alumnado castellano hablante de nueva llegada, que a pesar de que tiene dos años de exención para que se les evalúe de lengua catalana, se lanzan en seis meses a hacer los exámenes y cometen menos errores ortográficos que algunos de los oriundos.

Y todo eso lo sabemos todas: profes, familia y chavalada. Y lo vivimos sin estrés, porque, tal como nos toca repetir una y otra vez, la inmersión lingüística forma parte de uno de los consensos básicos de la sociedad catalana de las últimas décadas.

Como filóloga, me cuesta entender la manía de quienes quieren hacer bandera del ataque a las lenguas. Supongo que son las reminiscencias de la educación de regímenes anteriores las que a algunos no les impiden ver las lenguas como lo que son: herramientas de comunicación y una riqueza cultural, que nos muestra maneras diversas de entender el mundo.

Al final, lo que ocurre es que a la derecha española le falta más conocimiento, más empatía y más capacidad para valorar la diversidad lingüística. Y es que el bilingüismo estable no existe, para mantenerlo es necesario que haya medidas que corrijan lo que sucedería en caso contrario: la desaparición de la lengua minorizada, el catalán (la que tiene menos hablantes, la que se habla en menos estados, la que se usa en menos ámbitos…). Como catalana, me cuesta entender que quieran erradicar una de las herramientas de convivencia e integración más útiles de los últimos tiempos.