Opinion · Dominio público

Epistemicidios

Antoni Aguiló

Filósofo del Centro de Estudios Sociales de la Universidad de Coímbra

En las últimas semanas hemos conocido tres noticias distintas, dos buenas y una mala. La primera buena noticia es la retirada de su pedestal en el Central Park de Nueva York de la estatua del doctor James Marion Sims, recordado por la historia oficial de la medicina como el padre de la ginecología moderna. Sin embargo, esta historia no cuenta que en 1845, en respuesta a las quejas de los dueños de esclavos sobre la infertilidad de las mujeres negras esclavizadas, Sims desarrolló prácticas pseudomédicas violentas y carentes de ética. Sims creo el espéculo vaginal para la observación de la fístula vaginal y sometió a dolorosos procedimientos quirúrgicos experimentales a esclavas afroamericanas. Sims fue uno de los muchos profesionales médicos racistas que utilizaron las diferencias coloniales entre los cuerpos blancos y los cuerpos negros para llevar a cabo experimentos horripilantes y cometer auténticas atrocidades sobre los cuerpos africanos: cuerpos manipulables, cuerpos esclavizados, cuerpos esterilizados, cuerpos, en definitiva, despojados de su condición humana.

La segunda buena noticia es la aprobación en el Ayuntamiento de Badalona por una amplísima mayoría (solo con los votos en contra del PP) de la moción que sustituye el nombre de la calle dedicada al general Valeriano Weyler por el de Neus Català, la última superviviente catalana del campo de concentración de Ravensbrück, fallecida el pasado 13 de abril. La moción argumenta que Weyler diseñó por primera vez en Cuba los campos de concentración como método de castigo de los prisioneros enemigos, provocando miles de víctimas. Posteriormente fue capitán general de Cataluña y, como tal, responsable de la represión ejercida durante la Semana Trágica en 1909. Una vez más, la sociedad racista y colonialista situaba a los africanos y afrocubanos en los niveles más bajo de la escala social y humana.

La mala noticia es la decisión del Gobierno de Jair Bolsonaro en Brasil de, entre otras medidas, recortar la inversión pública en las carreras de filosofía y sociología por considerarlas materias inútiles y poco rentables. El argumento es mezquino. Lo que de verdad se pretende es castigar la visión crítica de la sociedad, la política y la justicia, criminalizar los estudios que permiten poner en cuestión el sentido común heredado, ese mismo sentido común elitista, individualista, mercantilizado y disfrazado de neutralidad que viene imponiéndose en la educación: competitividad bajo la retórica de la excelencia, meritocracia, emprendedorismo, educación financiera, inglés, competencia digital, etc. La educación transformadora, emancipadora y centrada en la vida no solo no interesa, sino que además se la margina y deja morir.

Las tres noticias tienen más puntos en común de lo que a simple vista puede parecer. De una manera u otra, son el reflejo de lo que Boaventura de Sousa Santos llama “epistemicidio”: un producto del colonialismo como proceso social y cultural ininterrumpido hasta hoy que implica la destrucción sistemática de conocimientos, saberes y culturas no asimiladas por la cultura blanca occidental dominante, por un saber que históricamente ha cometido los peores crímenes en nombre del progreso, el desarrollo, Dios, la ciencia, los derechos humanos y la democracia. El epistemicidio presenta tres características básicas. En primer lugar, no cree en el intercambio de saberes, sino que ignora, desacredita o elimina por completo los conocimientos ajenos que no convergen con el sistema de conocimiento colonizador. En segundo, establece una jerarquización autoritaria entre saberes que justifica actitudes discriminatorias como el racismo, el machismo, el clasismo y la homofobia al imponer los saberes y experiencias del varón blanco, burgués, cristiano y heterosexual. Por último, crea un determinado tipo de injusticia, la injusticia epistémica, a la que todavía se enfrentan en todo el mundo los pueblos y colectivos cuyos conocimientos y formas de vida son negados y descalificados: mujeres, negros, indígenas, LGTBI, personas con capacidades diversas, etc.

En virtud de la estrategia epistemicida de negación del conocimiento y las experiencias de los dominados, se afirmó el patriarcado y la supremacía cultural de los propietarios de esclavas, que contrataban a médicos como Sims para aumentar la tasa de natalidad de las mujeres esclavizadas con métodos que perpetuaban la violencia sexual. Esas mujeres eran portadoras de saberes vinculados al cuerpo, la salud y la enfermedad heredados de sus antepasados y transmitidos a través de la oralidad. Saberes que, por ejemplo, incluían pasar las manos con aceite por la barriga de la parturienta para ayudar en la hora del parto, así como los diversos usos de las hierbas preparadas por las parteras. Del mismo modo, se negó el derecho a ejercer las religiones de ascendencia africana practicadas en Cuba, que las élites coloniales blancas consideraban una aberración o expresión de brujería. De manera análoga, el Gobierno de Bolsonaro acomete su ataque contra la filosofía y la sociología en nombre de una jerarquía de saberes supeditada al mercado capitalista y al epistemicidio del pensamiento crítico.

¿Por qué las ideas de los varones blancos de Reino Unido, Francia, Italia, Alemania y Estados Unidos han llegado a dominar globalmente el mundo del conocimiento? ¿Cómo y cuándo se crearon las estructuras de conocimiento que decretan lo que es verdadero y lo que es falso, lo correcto y lo incorrecto, lo normal y lo anormal? ¿Cómo descolonizar, desmercantilizar y despatriarcalizar los legados intelectuales heredados? ¿Qué es la justicia epistémica?

Son algunas de las preguntas que De Sousa Santos aborda en su último libro en castellano, El fin del imperio cognitivo. En él, en continuidad con su obra precedente, sienta las bases de un nuevo proyecto civilizatorio a partir de la propuesta de las llamadas epistemologías del Sur, que buscan escuchar las voces silenciadas, rescatar saberes sometidos, tender puentes entre las experiencias del mundo y están convencidas de que las suposiciones del poder occidental que históricamente han justificado la violencia, la esclavitud, la conquista imperial, la explotación de clase, el despojo, el racismo, el sexismo, el epistemicidio, la homofobia, la actitud instrumental hacia la naturaleza y la lucha global por los recursos del planeta, además de indeseables, son cada vez más insostenibles.