Opinion · Dominio público

La muerte nos iguala a todos

Javier Sádaba

Filósofo y catedrático honorario de la UAM

Vemos la muerte, lejana o cercana, a diario. Y sabemos que, nos guste o no, es lo que nos ocurrirá a todos. Las promesas de inmortalidad en el mundo de la ficción o en el muy osado campo de la nuevas tecnologías no logran apartar la sombra de la muerte de un  cuerpo. Una costumbre bien establecida en nuestras culturas consiste en alabar, independientemente de lo que haya sido su vida, al que acaba de morir. Se trata del clásico “de mortuis nihil nisi bonum”, de los muertos no se podría hablar sino en términos de alabanza. Y es que aparte de otras razones, el que ha desaparecido de entre nosotros no puede defenderse ya.

Alfredo Pérez Rubalcaba, un más que conocido político de este país, ha muerto. Todo han sido ditirambos hacia su persona y su labor política. Y esas loas no solo han llegado, salvo alguna excepción, de sus compañeros de ideología o de partido, sino de los que todavía no hace mucho han vertido sobre él los juicios más duros que puede recibir un político. Suena, como mínimo, hueco y, como máximo, hipócrita, que lo que ayer se decía se convierta hoy en contrario. Sin ser maleducado, sin tener que restregar la memoria de nadie, se podría, sin embargo, ser mucho más parcos y objetivos. Por ejemplo, dando la condolencia a la familia y hacer un gesto de respeto al que ha fallecido.

Nos podemos preguntar, más allá de esta habitual actitud, que conjuga dolor con convenciones, con las debidas excepciones, si la muerte de los otros no nos produce cierta melancolía. Vistos los que mueren, desde nuestra vida, los contemplamos como compañeros en el tiempo que nos ha tocado vivir, como uno más entre tantos. Y entonces tendemos a desdramatizar los posibles males del fallecido, a relativizar lo que en vida criticamos o, sin más, rechazamos. Decía un conocido teólogo poco antes de su muerte que estaba ya listo para hacer sitio a los que vendrían después. Y es que la muerte es la medida de todos nosotros, el rasero que se nos aplica por igual. Habría, por tanto, que dejar en el aire los juicios negativos que tal vez dimos en vida ante la tierra a la que todos nosotros pertenecemos.

La muerte, en suma, nos iguala. La poesía, mil veces repetida, de Jorge Manrique  nos recuerda que allí, como las aguas de un río van al mar, irán los que, no se sabe bien desde dónde y por qué, han venido a este mundo. Es quizás la ultima razón por la que tendemos a perdonar al muerto e incluso a ensalzarle. Un hilo de hierro ata a vivos y a muertos. Suelo recordar en estas ocasiones lo que leí a la entrada de un un viejo cementerio del Goyerri profundo. Decía, en euskera y a la puerta de la entrada: “Gaur ni, bihar su”; es decir, hoy yo, mañana tú. No es extraño por tanto, que aparte de la incoherencia congénita de políticos y no políticos, nos desbordemos en dar flores a aquellos no hubiéramos estado dispuestos a darles siquiera agua.

Solo vi  una vez de cerca y cambié unas palabras con Rubalcaba antes de comenzar un programa de televisión. Fue  un encuentro fugaz y sin arista alguna. Cuando me entero ahora que ha muerto repito lo anterior dicho. No era de mi ideología ni yo de la suya y tendría que hacerle muchas objeciones, como supongo que el a mí. Era, eso sí, una persona humana como yo. Y como todos los demás.