Opinion · Dominio público

Saber ganar con el bipartidismo muerto

Ana Pardo de Vera

Directora de Público

Nada debería haber en los partidos de izquierda que pueda sorprendernos ya a sus maltratados votantes, pero dejarse conquistar el terreno por la derecha y la ultraderecha de la que abominan (y con cuya abominación hicieron campaña y pretendieron hacer debate), colma todas las expectativas de los penantes izquierdólogos. El PSOE ganó el 28 de abril las elecciones generales y, el 26 de mayo, las elecciones europeas, autonómicas y municipales con una clarísima ventaja respecto al segundo, el Partido Popular, que cosechó sus peores resultados históricos con Pablo Casado a la cabeza. El líder del PP solo lleva un año como tal, pero qué gran regalo le supone ir contemplando el goteo de capitales que van entrando en su redil conservador de la mano de la ultraderecha.

Con todo, el presidente en funciones, Pedro Sánchez, ha seguido empeñado en atraerse a Ciudadanos -y la abstención del PP, si sonaba la flauta- para conformar gobiernos autonómicos, locales y hasta el central. Esos Ciudadanos que, desde la foto de Colón, dejaron muy claro en qué bloque estaban y lo poco que les importa fotografiarse y pactar (sí, PACTAR) con la ultraderecha machista, homófoba y xenófoba de Vox. Los de Abascal, por cierto, que sí tienen muy claro dónde están y lo que quieren: tocar poder, ese sitio desde donde sí se pueden cambiar las cosas, para bien o para (muy) mal. Los recién llegados de Vox en absoluto se andan con melindres y llegan incluso a facilitar gobiernos del PSOE porque el PP y/o Ciudadanos no les da lo que quieren (Burgos) Ni que llevaran toda la vida en esto…

Mientras tanto, la desmoralización socialista, en particular, y de la izquierda, en general, va desparramándose por el mapa territorial de España a la vez que merman sus posibilidades de gobernar proporcionalmente al cómputo de sus resultados y dejando en la mínima la celebración de la contundente victoria en Ferraz durante las dos noches electorales. Sí, aunque hoy nos aparezca una imagen difuminada de aquello, el PSOE fue la primera fuerza electoral en 11 de 13 comunidades autonómas el 28-A (Comunitat Valenciana) y 26-M (las diez restantes) Ganó, además, en la Comunidad de Madrid, en Murcia, La Rioja o Castilla y León, todas ellas (salvo La Rioja, y veremos) que serán gobernadas por el PP gracias a Ciudadanos. Además, el PSOE ganó unas elecciones municipales cuya victoria no olía desde 2003, 16 años atrás, aunque el millón de votos logrado por encima solo le suponga gobernar en dos capitales de provincia más que en 2015.

¿LA CULPA SOLO ES DE CIUDADANOS?

El PSOE culpa al cordón sanitario de Ciudadanos de impedirles formar gobiernos alternativos a los de PP-Cs-Vox. No piensa lo mismo Emiliano García-Page, presidente de Castilla-La Mancha electo con mayoría absoluta, que consiguió atar un «acuerdo integral» con Albert Rivera en hasta 23 municipios. Un pacto, además, cuya ventaja para Cs nadie ve por lo que los de naranja se dejan de poder en la gatera; poder presente y poder futuro.

En Navarra y en Canarias, los socialistas se debaten entre sus complejitos de derechas con Bildu, en el primer caso, y su maldición asociada a Coalición Canaria en las Islas, un partido al que necesitaría en Madrid (si descarta a ERC definitivamente) y al que repudia sobre el terreno propio, ya que CC tiene a un candidato y presidente canario, Fernando Clavijo, que se empeña a estar en el próximo Gobierno aunque esté imputado, el colmo de la responsabilidad política.

Todo se resolvería rápido (o algo más rápido) si Sánchez desplegara el pragmatismo de la derecha que, ganando o perdiendo, acaba logrando siempre mucho más de lo que parecía que iba a conseguir con unos resultados que ni el PSOE igualó en su fatal marca en el Congreso (84 escaños en 2016): de entrada, el PP va a gobernar Madrid, comunidad y ayuntamiento, con sus peores resultados. Y Castilla y León. Y Murcia.

Al presidente en funciones apenas le quedan ya Navarra y La Moncloa para dar un puñetazo encima de la mesa y decidir qué quiere ser de mayor: el jefe de un Ejecutivo secuestrado siempre por los reproches de una derecha que no tiene reparo alguno, en cambio, en saltarse los derechos humanos para pactar con Vox o el líder de un Gobierno progresista y razonablemente estable con Unidas Podemos, dispuesto a romper la dinámica de bloques independentista y no independentista (pese a la cerrazón incomprensible del PSC en el ayuntamiento de Barcelona), negociando con madurez e inteligencia con ERC y Bildu, dos formaciones de izquierdas democráticamente ajustadas a la ley de Partidos (2002) pactada entre PP y PSOE cuando existía ETA y ratificada con los votos de ambos grupos y los de CiU, CC y Partido Andalucista.

La confrontación que busca Cs en Catalunya y que tantos réditos ha dado a la ultraderecha en España -destapada, además, burdamente con la expulsión de Valls del partido naranja por apoyar a Colau- no es ni será la solución de un conflicto cuya profundidad expulsa a las piedras. Es la convivencia en los gobiernos, la obligación de hablar y pactar para legislar y resolver los problemas de la gente la que empieza a minar la desconfianza instalada entre electos, en las instituciones y en las calles. Cuanto antes empiecen a trabajar, mejor.